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El secreto perfecto

El secreto perfecto
Por Eurosport

El 11/07/2016 a las 16:34Actualizada El 11/07/2016 a las 18:27

Para un perfil de Tim Duncan, por Gonzalo Vázquez.

Hace unos días Bill Russell esbozaba a Tim Duncan como "the difference in a whole game: the way Duncan plays determines how the game is played in terms of tempo and what types of shots the other guys get". El subconsciente le hacía escribir su propio epitafio, válido en tan pocos jugadores a lo largo de la historia que, de Mikan a Duncan, podrían caber en una sola mano. Russell no descubría nada. Tan solo recordaba que los jugadores más elevados lo siguen siendo a pesar de que el hábito nos haga situarlos como a ras de vista. Repasar los logros de Duncan está al alcance de todos. Pero situar a este caballero del juego en su preciso lugar ahora que su esplendor sigue vivo, concebir por qué le aguarda una baldosa de oro en la más selecta Avenida de la Historia merece unas líneas algo más delicadas.

Para empezar habría que preguntarse por qué injusta razón la tinta de color mítico corre con menor caudal cuando los mitos atraviesan su esplendor que cuando inician el declive o desaparecen; por qué los mayores elogios son de carácter póstumo cuando el argumento que los motiva lo tenemos delante mismo de los ojos; a qué esa miope necrofilia de la cultura deportiva. Un degustador del juego a salvo de fanatismos no puede estar observando la presencia de Duncan sin verse asaltado por la certeza de que, en efecto, está ante una Leyenda. Un paso, una finta, una falta, otro tablazo, un tapón, un gesto y hasta una protesta, han alcanzado en Tim Duncan ese grado sublime que hace de los planos cortos una divina saturación de pantalla al modo de John Wayne o Michael Jordan. Si Duncan está en juego, Duncan es el partido. Sucede cada año por estas fechas. Pero contra la lógica del tiempo conspira la silenciosa admiración que despierta su reiterada adhesión a la gloria. Porque Duncan es, de los pies a la cabeza, uno de los jugadores más aristocráticos que haya visto el baloncesto, una figura que parece desprovista de toda condición morbosa, extravagante o vulgar, de todo ese excedente demasiado humano que de costumbre engrosa las biografías deportivas. Duncan no da lugar a reconstrucciones, entornos disparatados, vueltas de tuerca o crónica en rosa. Su vertedero está vacío y se antoja un verdadero esfuerzo de exploración referirle algo digno que no tenga al baloncesto de lujo como principio y fin.

De ahí su déficit comercial respecto de otras estrellas. Duncan está pasando de puntillas por toda una generación de chavales que preguntan por Kobe o por Wade, por Bron o Nowitzki. Pero no tanto por Duncan. La hormona juvenil no siente especial predilección por tan refinada academia. Los incondicionales de Duncan son tipos de baloncesto conservador y tradicionalista, de los que mullen el sofá de una sentada o presiden el banquillo de traje con su pizarra a cuestas. Duncan satisface a Wooden y a Frank aun mediando un siglo entre ellos. Duncan satisface al baloncesto con mayúsculas, como si la evolución fuera un capricho que dejar disfrutar a la juventud.

Diez años pero podrían ser quince. 31 pero podrían ser 37. Es lo que tiene haber exprimido el tiempo de esa manera. Recién nacido aumentó en 36 victorias el registro de San Antonio, el mayor salto que dio franquicia alguna en esta liga. Desde entonces se resiste a coger vacaciones en abril y a cumplir con ese principio que dice que todo lo que sube ha de bajar. En su segundo año de vida saboreó como Abdul-Jabbar las mieles del anillo. Aguardó entonces, como le hubiese tocado a cualquier otro, el esplendor de Shaquille y ocupó de inmediato su cetro con el segundo anillo. Sólo el milagro de Fisher pudo con él al año siguiente y no hubo que esperar más para anudarse el tercero. Cuando en mayo pasado caía derrotado por otro milagro, esta vez de Nowitzki, nos cupo la certeza de que cada derrota de Duncan era histórica: que los episodios que las motivaban representaban el momentum de cada edición de playoffs y que, salvo el anillo, nada parecía quedar por encima de su derrota .

Y ahí está ahora, en la habitual primerísima línea, haciendo trizas el magisterio de Karl y D'Antoni, quebrando los sueños de Iverson y Nash, de Melo y Stoudemire, batiéndose el cobre una vez más, como si fuese la primera vez, por la Dinastía que lleva su nombre. Un tipo de dinastía que está dilatando en el tiempo precisamente cuando mayores dificultades encuentra una dinastía para preservarse. Y es que no es posible concebir la envidiable política deportiva de San Antonio, a salvo de prisas, juventudes y dispendios, sin arrancar del pilar principal que la sustenta desde aquella tarde de junio de 1997, una de esas rarísimas ocasiones en que la existencia del draft cobra verdadero sentido.

Resulta complicado aislar a los jugadores de su entorno. Concebir sus logros por sí mismos. Pero más difícil lo es en Tim Duncan, un tipo de inteligencia que no se puede explicar fuera de la permanente interacción con sus semejantes, algunos de los cuales -de Robinson a Parker- habrían seguido perdidos sin ese ilimitado margen de seguridad que sólo los más grandes proporcionan. Duncan no es el mejor anotador, tampoco el más grande reboteador ni un pasador único. Pero no hay punto, rebote o pase que no encuentre en Duncan su cuota de culpa. Porque hablamos de un sujeto incapaz de hacer algo que no tenga sentido útil de juego, aunque sea un fallo. En sus seis primeros años había logrado dos anillos, dos MVP's (de temporada y playoffs) y había formado parte, simultáneamente, del quinteto ideal y defensivo en todas las ocasiones. Inauguraba con ello una posibilidad hasta entonces inédita.

Duncan ha sufrido problemas de tobillos, rodillas y espalda. Es un rey castigado. Hace tiempo que su edad deportiva rebasó con creces a su edad biológica, muy al modo del futbolista Raúl. ¿Se han fijado en su anatomía? Nunca fue un dechado de agilidad. Es grande, rígido y naturalmente pesado (acaricia a momentos los 120). Su cuerpo está dividido en dos secciones, con las rodillas como eje. El tronco superior parte de ellas y ahí termina todo, como recordándonos el elegante nadador que fue en su adolescencia. Es un ejemplar erecto y, como Yao, arrojarse a por un balón es hacerlo de cuerpo entero, lo que de costumbre tanto hizo sufrir a los mayores tamaños apresurando retiradas. Pero su compromiso puede. "There is nobody that works any harder than he does or gets beat up as much as he does" . Era Duncan quien pedía a Popovich prolongar un entreno si entendía que en la víspera algún sistema flaqueaba.

Fueron muy pocos los jugadores absolutamente responsables de su palmarés. Duncan es uno de ellos. Referir sus virtudes es un ejercicio fascinante. Posee la calidad técnica de Walton o Abdul-Jabbar, la fiabilidad terminal de Miller o Bird y la severa concentración de Moses o King. La mecánica de sus pies nada tiene que envidiar a Olajuwon (tras el nigeriano el mundo no ha conocido mejor Low Post), su defensa vertical remonta a Russell o Chamberlain, su lectura del pase decisivo rivaliza con Daugherty o Sabonis, atrae al rival en grupo como acostumbraba O'Neal y ejerce desde hace tiempo igual majestuoso control sobre el trío arbitral que Michael Jordan. Sus números siguen siendo monstruosos. Y sin embargo Duncan manda la métrica allá donde sólo los más grandes pudieron hacerlo. "His numbers don't reflect his value" . Su sola presencia, año tras año, noche tras noche, pone a buen recaudo a quienes no conocen de la NBA más que el dogma del Baloncesto salvaje. Porque hablamos de la más descollante excepción en medio de una era en que la NBA nos confundió a todos.

Para el liderazgo hace falta demasiado. Para definirlo, muy poco. Basta encontrar al Duncan redentor. Porque de entre los infinitos modos de descifrar el valor de un jugador en su equipo, pocos más precisos que el número de balones que pasan por sus manos. Pero más aún el número de ellos que no espera o recibe cuando las cosas vienen mal dadas. Bird, Jordan y Shaq preceden a Duncan como la solución final incluso en equipos de orden matemático como es éste de los Spurs. La misma carrera de Popovich brilla por su ausencia sin Duncan a su lado.

Repasar a Duncan es, en definitiva, aislar lo más selecto de la última década. Lo mismo vale para Shaquille O'Neal, sólo que con Shaq estamos empezando a mirar atrás con nostalgia. Duncan, sin embargo, no lo permite aún. Es memoria y presente. Y nadie como él representa en la actualidad tan intenso pulso entre ambas fuerzas. Quien esté siguiendo ahora mismo el curso de sus noches, una tras otra, comprenderá el verdadero sentido de estas líneas. Duncan es una leyenda viva, el secreto perfecto para ese destino universal que rara vez se conoce: la victoria. Y cuando la atención parece estar recayendo en otros, ahora que irrumpe el caos y los aspirantes sorpresa, vale recordar la eterna coherencia de nuestro juego y lo que de verdad tenemos ante nosotros, "the ultimate difference maker", tal y como pretendía recordarnos el sabio Russell. Aunque quizá no fuera más que una invitación al goce.

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(Artículo publicado por Gonzalo Vázquez en Eurosport.es el 14 de mayo de 2007)

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