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La última esperanza de reinventar a Melo

La última esperanza de reinventar a Melo
Por Eurosport

El 03/10/2017 a las 11:24Actualizada El 04/10/2017 a las 01:12

Gonzalo Vázquez

A estas alturas, casi década y media después, aún parece mentira que Carmelo Anthony no admita una gloria a la altura de su condición, uno de los anotadores más prodigiosos de siempre, que algo muy central en su figura esté infectado de estigma y que su estrella se encuentre en buen modo vaciada, como si simbolizara el desalojo masivo de una antigua adhesión. La razón es sencilla y se explica a través de una amarga paradoja: el imaginario público reconoce sus fortalezas, en el fondo siempre lo hizo, pero ha terminado cansado de ellas, como harto de comprobar que tanta calidad rara vez sirvió de atajo a la victoria colectiva.

Esta es una lectura muy simple. Elimina toneladas de responsabilidad a los gestores de equipos y escenarios de que Carmelo Anthony ha formado parte. Pero es por desgracia la dominante. Y solo alguna esperanza futura resume la excepción.

No deja de ser revelador que Melo fuera protagonista de uno de los prolegómenos de partido más intensos que haya visto la NBA. Aquella noche de febrero, a su salida a solas del túnel de vestuarios, ni uno solo de los veinte mil testigos pudo permanecer sentado y no pocos cubrían sus oídos por un fervor ciego y ensordecedor, como si el Mesías descendiera por fin a los pies del Madison. Una parte de aquel público, que había cuestionado hasta la víspera el precio del traspaso como el total de la prensa a excepción de Newsday, olvidó de un plumazo el saqueo sufrido, los jugadores y esperanzas perdidas y el aborto de un proyecto joven y sensato, fruto del admirable sacrificio por sanear la ruina legada por Isiah Thomas. Cualquier otro factor palidecía ante el esplendor de la estrella, por fin hecha carne, que devolvía mano arriba toda aquella multitudinaria entrega. Carmelo Anthony era así el nuevo guía de los Knicks.

Pero los síntomas de una imposición tan grande no tardaron en llegar. Y lo hicieron en forma de víctimas. Primero fue Amar’e Stoudemire, después Donnie Walsh, más tarde Mike D’Antoni y su cuerpo técnico, y a la postre, toda jerarquía, todo planteamiento y sistema de juego que no situara a Carmelo Anthony como el monarca absoluto del que todo debía partir y al que toda la estructura quedar sometida. No cabría otra alternativa. Lo demás era negociable. Todo salvo él.

En un sentido drástico no hay mejor resumen de su segunda etapa profesional. En uno metafórico, coinciden principio y fin como el fracaso de una expectativa artificialmente inflada que arrolló lo que hubiese por delante hasta apresurar un entorno improvisado y destructivo, como viene dictando la trama en la interminable era Dolan. Y eso que aún faltaba replicar ese mismo modelo en el despacho principal, cuando la peor versión de Phil Jackson, arrogante, descolgado del baloncesto actual y contrario a la autonomía del equipo, remató el final de una época, una más, que no ha salido bien y cuya víctima más visible fue paradójicamente aquel hombre redentor.

La etapa neoyorquina, especialmente la lenta agonía final, ha causado a Melo un gran daño. Acabando el curso, otro más a la basura, su cotización no podía ser más baja, como si se hubiera disipado el valor de sus virtudes, todavía vivas, para ensañar sus defectos hasta identificarlo como un jugador síntoma, contraproducente y nocivo, como si Melo fuera el problema y no el problema en el que lo habían metido. Aquí también los críticos se entregaron a la lectura más simple. Acentuaban su tendencia a la desmotivación, a la disolución del liderazgo y el esfuerzo, al vacío de un individualismo natural, nunca superado, que parodiaba su anotación solitaria, distante y deshuesada, eso que la analítica refiere hoy como ineficiente.

Carmelo Anthony, en el banquillo de los Knicks

Carmelo Anthony, en el banquillo de los KnicksGetty Images

Y sin embargo, ahora que el cambio ha llegado, corrida ya la treintena, contra la tesis de que su declive arrancó hace años, Carmelo podría seguir intacto, no haber perdido lo más valioso de sí, acaso lo único, un tesoro que en un contexto adecuado aún sea posible liberar. El ejemplo fugaz de 2013 no debería resultar baldío. Arropado e integrado en algo coral y competitivo, y motivado por ello, su eficiencia fue entonces la más alta de su carrera (24.8). Aquello fue breve, como casi toda luz en el Madison. Pero recordaba episodios reales, aún frescos en la memoria, de ajuste de sus poderes a una causa mayor, como vimos en los Nuggets de 2009.

Ahora en Oklahoma recobra la riqueza perdida. Y aún más importante, descubre una oportunidad desconocida: abandonar los barrotes de su hegemonía por primera vez en su vida. Ya no será más el jugador franquicia, esa condición para la que, tal vez por fin lo sepamos, nunca estuvo diseñado.

Esta es ni más ni menos la aventura que explorar, junto a Westbrook y George, en el penúltimo Carmelo Anthony.

Una vez más Sam Presti lo ha bordado. El año pasado, con una nefasta composición de plantilla, solo la obsesiva producción y heroicidad de Westbrook en los minutos finales hicieron rendir a los Thunder por encima de lo previsto. Con él en pista alcanzaron el 11º puesto en eficiencia ofensiva y, sin Russ, se hundieron al fondo (30º) como prometía su backcourt reserva. Por eso Felton será ahora un apoyo clave aliviando los descansos de Westbrook. Con Patterson ganan parte del spacing perdido y ya solo la presencia de George, como un seductor repuesto a Durant y en realidad a Oladipo, dispara las opciones hasta el infinito. Ese pasado año el único trío con diferencial positivo fue el formado por Westbrook, Oladipo y Adams (+6.7 x 100). Toda otra combinación restaba. Ahora, en el centro del trío, tanto disponen de George como de Anthony. Y algo así abre a los Thunder una versatilidad desconocida.

En manos de Billy Donovan queda la fascinante tarea de integrarlo en el nuevo entorno, tan repleto de posibilidades como inédito en Anthony. “Va a ser nuestro cuatro titular”, quiso zanjar el técnico a la primera. Y sin embargo son tantas las opciones como los recursos hacen presumir. Y en especial, gracias al último en llegar.

Donovan sabe que salir de entrada con este nuevo Big 3 impone a todo rival. Y cuanto antes se creen los automatismos, mejor. La opción de cuatro remite además al Melo más saneado de carrera y casi la única que lo acerca al baloncesto de hoy, sobre todo en formatos pequeños. Donovan puede también emplear a Melo como cinco, a lo Draymond Green, en una versión más feroz del juego pequeño. Con razón decía Kenneth Teape que cuanto más alta su posición menos expuesto en defensa y más sus virtudes al rebote.

En formatos grandes, con Roberson y George batiéndose el cobre al exterior, la presencia de Steven Adams es bendita para Melo, al que ayudará a camuflar en defensa. Adams es uno de los grandes beneficiados por tanto arsenal exterior para volver a agitarse cómodo en los aledaños del aro como dueño y señor. Y tampoco nada impide que Melo aproveche sus minutos de alero, como ha venido haciendo tres cuartos de carrera.

Melo aclaró con la risa una posible condición de sexto hombre. Y sin embargo, puntualmente, esa opción también existe. Porque una línea Westbrook-Roberson-George-Patterson-Adams es lo bastante equilibrada y Melo aportaría por sí solo lo que ni rozaron el año pasado. Hasta podría disfrutar tramos de primera opción de ataque, a la que entregarse a ratos para reconocerse a gusto en su pasado de siempre.

Apenas hay opción, en definitiva, que no suene bien. La suma de George y Melo no solo aliviará a Westbrook de una carga ofensiva que alcanzó un pico histórico el año pasado. Aliviará sobre todo a Melo de la sobrecarga de ayudas y, aún más, de balón.

Por todo ello Melo se enfrenta a su mayor ajuste de carrera. Su perfil anotador de alto volumen debería expirar ahora. Ahora y no antes, cuando nunca tuvo dos opciones por delante. Ni una sola. Y es solo gracias a esta nueva situación que podría asomar, por fin, su eficiente versión olímpica, la más devastadora, y que tan a cuentagotas ha exhibido en la NBA debido, una vez más, a su prisión de jugador franquicia en escenarios incompletos. Solo por esta razón, en los peores momentos de la pasada temporada, la NBA actual parecía incluso haberle rebasado cuando, en realidad, su perfil puede ser un lujo hoy día. Aún ese último episodio Melo estuvo por encima del 42% al triple en catch&shoot, tal vez la propiedad más reconocible del melolímpico. Saber que esto puede servir igualmente a Paul George duplica otro nuevo rango de amenazas en OKC. Y saber que desde 2003 ningún jugador colecciona más canastas que adelanten a su equipo en los últimos cinco segundos de crono, nos recuerda todavía hoy el increíble poder de esas manos.

Carmelo Anthony, Team USA, Rio 2016 (LaPresse)

Carmelo Anthony, Team USA, Rio 2016 (LaPresse)LaPresse

Esta versión ultraligera de Melo la resumía con acierto Fred Katz como la transición soñada. “Pasar del dominio del balón al dominio de la eficiencia, del feliz manejo al feliz acierto”. Es precisamente ahí donde extinguir para siempre su versión de agujero negro para verlo anotar tiro tras tiro tras tiro, como una suerte veterana de Klay Thompson. Porque la clave no reside en reducir tiros. Sino en reducir uso y balón.

De entre el jugoso debate de cómo incorporarlo con éxito a los Thunder tenía su morbo la propuesta de Gideom Lim. A juicio del analista sería ideal replicar a Melo como a Paul Pierce en los Celtics de 2008. Compartiendo ambos perfiles muchas destrezas, su rango de amenaza se estira del triple al poste bajo, pueden penetrar y recibir abiertos, manejan bien el pick-and-pop y saben responder a las ayudas con el pase. Pero la analogía, algo tramposa, no solo hace aguas en defensa. Mucho antes por contexto. Pierce ocupaba tal prioridad en el playbook de Rivers que absorbía grandes dosis de libertad, precisamente lo que debería limitarse en el Melo de los Thunder. Y no como represión, sino para intervenirlo y sanearlo, regular su dosis de balón y potenciar una nueva versión que desnude tan solo su eficiencia, entregando la carga mayor a Westbrook y George. En definitiva, una reinvención de cuanto habíamos conocido de él.

Merece la pena comprobar si es posible. Ya solo asistir a la prueba dignifica el experimento Thunder como uno de los más apasionantes del año en la NBA. Y aun si no hubiera gloria final, por los Warriors u otro rival, porque Melo está de paso o por sí mismo una vez más, habría que empezar a recordar que, pese a todo, Carmelo Anthony cuenta ya con una vitrina propia en el museo histórico de la elegancia y la economía de la técnica para anotar. Pero esta es, por fortuna, otra cuestión.

O tal vez la misma que encajar con éxito de una vez para siempre.


@GVazquezNY

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