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Blog Julio García Mera: La Ruperta y el fuego

Blog Julio García Mera: La Ruperta y el fuego

El 12/10/2017 a las 19:26Actualizada El 12/10/2017 a las 19:30

Cuando hay un campeón del mundo, se nota. Ese logro acompaña de por vida. Te aporta un sello inconfundible. No te hace mejor, pero te hace indestructible.

Alan, como el resto de sus compañeros y de su jefe en la selección argentina, llegó con el fuego dentro. Sin mucho relumbrón aparente. Casi en silencio comenzaron aquel último Mundial, como un diminuto filamento en mitad de los focos. Y empujados por la locura indomable de Diego y el espíritu de equipo, Argentina destrozó las casas de apuestas, derrocó a las leyendas que esperaban ansiosas y brilló más que nunca. La mecha, que encendió Giustozzi, domesticó el fuego. Y el Mundial fue de ellos. El Mundial fue de Alan Brandi.

Alan es diferente. Tiene algo que le hace especial. Les confesaré que intentamos ficharle. Y cuando estás acostumbrado a llevarte el piso en Torrevieja, Alicante, es una cura de humildad que de vez en cuando te toque La Ruperta. Me senté con él y su padre para ficharle. Pero quiso tomar otro camino. En su cabeza había otras cosas más allá del fútbol sala. El deporte no pasará delante de él y se acabará un día. Él aprovechará el deporte para ser mejor jugador y mejor persona. Y eso se percibe nada más cruzar dos frases con él. Lo tiene claro.

El partido de esta noche, entre ElPozo Murcia y el Jaén Paraíso Interior, tiene tantos puntos de interés que me pierdo. Por eso me aferro a lo que conozco. Y a Alan le he visto jugar desde bien joven. Me fijé en él, al principio, porque sin ser especialmente rápido, siempre llegaba antes que el resto. Y eso tiene que ver con la inteligencia. Es un zurdo con clase, un pívot con recursos, un ala con verticalidad, un cierre con criterio…no se puede ser más completo.

El partido atrae con tan sólo mencionar a los dos grandísimos equipos, pero recuerden: hay un jugador que hizo historia en el último campeonato del mundo. Y eso es un lujo. Y hay que aprovecharlo. Porque nunca sabes cuándo te va a tocar de nuevo La Ruperta.

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