Montpellier (Francia), 25 ene (EFE).- La selección española de balonmano arrancó el largo camino hacia los Juegos de Tokio con una actuación en el Mundial de Francia que deja sensaciones agridulces, un gusto amargo por no poder volver a pelear por las medallas, matizado por la dulce irrupción de algunos jóvenes jugadores, que hace pensar que el regreso al podio no está tan lejano.

Y es que por encima del resultado, esa quinta plaza final, el Campeonato del Mundo de Francia será recordado en el seno del equipo español por la irrupción de dos jugadores que parecen destinados a vestir durante muchos años la camiseta de la selección, los extremos Ángel Fernández y David Balaguer.

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Pocos estrenos han sido tan impactantes como el debut de David Balaguer en una gran competición internacional. A sus 25 años, el extremo del Nantes francés, que hasta el inicio del campeonato tan sólo había disputado tres partidos con la selección, los tres de la fase de preparación, se convirtió en la gran sensación del equipo español.

Rápido, fuerte, atrevido y, sobre todo, casi infalible en el lanzamiento, Balaguer aprovechó los muchos minutos que le concedió el técnico Jordi Ribera no sólo para darse a conocer al gran público, sino para cuestionar la primacía en el extremo izquierdo de un Víctor Tomás, al que le ha surgido un temible competidor.

Igualmente sobresaliente fue la actuación de otro de los debutantes en un campeonato del mundo, el extremo Ángel Fernández, que al igual que Balaguer no sólo no acusó los nervios del estreno, sino que mostró su mejor cara cuando el equipo español afrontó los momentos de mayor tensión, como en los cuartos de final ante Croacia.

Más previsible era el buen rendimiento de otro novato, el portero Rodrigo Corrales, decisivo en los triunfos ante Túnez y, sobre todo, ante Brasil en los octavos de final, que demostró que España tiene con su presencia y la de Gonzalo Pérez de Vargas, ambos de 26 años, la portería a buen recaudo durante la próxima década.

Tres caras nuevas a las que unir las de los laterales Iosu Goñi y Alejandro Costoya, así como el pivote Adriá Figueras, los otros tres debutantes en un Mundial y que anticipan el tranquilo pero inevitable relevo generacional que el técnico Jordi Ribera deberá efectuar.

Un cambio de nombres que el nuevo seleccionador español deberá compaginar con la implantación de su sistema de juego, una tarea, que por lo visto en el Mundial de Francia, requiere mucho más tiempo de los cuatro meses que han pasado desde que Jordi Ribera aterrizó en el banquillo de los "Hispanos".

Es cierto que el conjunto español ya ha dejado entrever en este Mundial algunas de las líneas maestras del plan de Ribera, como el dinamismo ofensivo y la velocidad, si bien, por contra, la nueva España de Jordi Ribera no ha mostrado las soluciones que tiene cuando no puede correr, como ocurrió ante Croacia en los cuartos de final.

Uno de los principales problemas que Jordi Ribera deberá resolver, ante la ausencia en el presente y en un futuro inmediato de un cañonero que alivie las carencias en el lanzamiento exterior y en un entorno cada vez más físico, que obligará a España a medirse a rivales todavía más altos y más fuertes.

Tarea a la que Jordi Ribera deberá añadir la asimilación por parte de los jugadores de los nuevos dibujos defensivos con los que quiere trabajar y que en Francia apenas ha podido utilizar ante la falta de tiempo para que el equipo interiorice los múltiples matices que requieren los complejos entramados defensivos que maneja el seleccionador nacional.

Tiempo, mucho tiempo, que Jordi Ribera necesita para construir el equipo que tiene en mente y del que el Mundial de Francia tan sólo dejó intuir algunas pequeñas pinceladas, que el amargo sabor de la quinta plaza no debe impedir contemplar con un más que incipiente optimismo.

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