Oslo (Noruega), 1993. Bajo un terrible aguacero un jovencísimo y entonces semidesconocido Lance Armstrong mantiene un pulso titánico contra los grandes clasicómanos y esprínters de la época desde su ataque definitivo en la última subida tras sobrevivir a la fuga del día.

Por detrás, una persecución implacable y a su vez caótica dirigida por Johan Museeuw, Maurizio Fondriest, Bjarne Riis o Andrei Tchmil en un reducido grupo en el que sobresalía la figura de Miguel Indurain. La presencia del navarro siempre era amenazante para perseguir e incluso para que hasta los especialistas al esprint desconfiaran de su propia velocidad y capacidad de resolución. Y como siempre pasa en estos casos, la vigilancia extrema e incluso la racanería para no perder opciones y guardar fuerzas hasta el final primó por encima de cualquier ambición personal.

Ciclismo
La imagen que todos queríamos ver: Evenepoel ya entrena
HACE 4 HORAS

Incrédulo y calado hasta las entrañas y preguntando a gritos dónde estaba su madre para dedicarle esta victoria, Lance Armstrong conseguía levantar los brazos en solitario y sólo 19 segundos por detrás, Miguel Indurain imponía su esprint ante un velocista consagrado como Olaf Ludwig y ante Johan Museuuw, quien más tarde sería el gran dominador de las clásicas de adoquín e incluso arcoiris en el Mundial de Lugano en 1996.

https://imgresizer.eurosport.com/unsafe/0x0/filters:format(jpeg):focal(1189x348:1191x346)/origin-imgresizer.eurosport.com/2017/09/18/2169937.jpg

La medalla de plata que se llevó Miguel Indurain superó su bronce de Stuttgart en 1991 ante Gianni Bugno y Steven Rooks y por supuesto la decepción un año después en Benidorm. Era más que evidente que el navarro, que en 1993 ya lo había ganado todo y aún le quedaban dos coronas más por conseguir en el Tour de Francia, quería ser campeón del mundo. Pero sin tener entre ceja y ceja esa Triple Corona.

Quizá las clásicas de Primavera no fueran su fuerte. El frío y la lluvia del norte nunca fueron sus mejores aliados sobre la bicicleta. Pero Miguel, tras ganar con clase cristalina la Clásica de San Sebastián de 1990, se convenció a sí mismo de que carreras como la Lieja-Bastoña-Lieja o un Mundial dependiendo de la dureza de su recorrido, sí eran objetivos a su alcance. Antes incluso de entrar victorioso en París cada mes de julio desde 1991.

El año mágico de 1992 pudo ser el primero de esa triple corona. Su doblete Giro de Italia y Tour de Francia le abrían de par en par las puertas de emular a Merckx en 1974 o a Roche en 1987. Pero en el trazado de Benidorm y ante un público absolutamente enloquecido y llevando en volandas a su ídolo, nada pudo hacer ante un imperial Gianni Bugno. Acabó sexto y un tanto decepcionado por ser el segundo año consecutivo que se le escapaba la posibilidad de vestir el arcoíris.

https://imgresizer.eurosport.com/unsafe/0x0/filters:format(jpeg):focal(1318x501:1320x499)/origin-imgresizer.eurosport.com/2017/09/18/2169946.jpg

En 1993 repitió doblete Giro-Tour de Francia, marcando su cita grande para el 29 de agosto en Oslo. El circuito noruego no era lo suficientemente duro para él, pero había que intentarlo. La mayor dificultad la marcó la intensa lluvia y lo peligroso que se puso el asfalto, algo que incluso Pedro Delgado llegó a criticar con dureza tras la carrera: “Esto no tiene nada que ver con un Mundial, el recorrido era malísimo y peligrosísimo. Sólo lo hace bueno que Miguel haya conseguido la plata”, aseveró el segoviano.

En cualquier caso, la selección española dirigida por Pepe Grande hizo un trabajo de control absoluto para tumbar fugas y movimientos peligrosos, como un intento final de Claudio Chiapucci. Aunque ya nadie pudo detener a un Lance Armstrong que a sus 21 años consiguió el primer gran éxito de su carrera y, a su vez, privar a Miguel Indurain de ser campeón del mundo y de ganar esa triple corona. El triunfo del norteamericano fue una sorpresa, tanto que hasta a él mismo le sorprendió que ningún gran equipo se organizara para ir a por él: “Lo que no me creía y aún sigo sin dar crédito, es que nadie hubiese saltado a por mí. A falta de tres kilómetros ya sabía que había ganado, pero no quería creérmelo”.

Que le equipararan a Merckx o a Roche nunca fue una preocupación para el gigante de Villava. Ni pensaba en esa corona ni jamás durante ese Mundial se puso encima de la mesa poder lograr esa proeza,como tampoco ni tan siquiera esa posiblidad única se deslizó en su discurso en los días previos o tras su medalla de plata. Las previas hablaban del duelo estrella de Miguel contra Tony Rominger, de la disciplina que debería tener España como equipo, de los consejos previos y consentidos de José Miguel Echávarri o de Javier Mínguez pese a no a los corredores pese a no ser los seleccionadores y especialmente de que los grandes esprínters tenían muchas más opciones que él.

Ninguno las tuvo, porque acabó batiéndoles con suficiencia, pero más allá de imponerse a velocistas natos para colgarse una planta que no supo a oro pero tampoco a fracaso, Indurain alabó el trabajo de sus compañeros por encima de lograr ese resultado que a priori no esperaba: “Creo que esta plata ha sido fruto de la ilusión que mis compañeros de equipo y yo hemos puesto en la lucha por la victoria”.

Una lucha y una ilusión que incluso, en palabras posteriores de Miguel, estuvo a punto de truncarse cuando la idea de abandonar la carrera se la planteó muy seriamente: A mitad de carrera estuvo a punto de bajarme y abandonar. Volvía a llover y yo no me encontraba bien. Pero seguí, poco a poco fui mejorando y al final, aunque no terminé bien, sí lo hice lo suficiente para conseguir una medalla que me deja muy contento”.

La fiesta por esa medalla se trasladó tras la carrera al Ayuntamiento de Oslo, donde los Reyes de España, Juan Carlos I y Sofía de Grecia dieron una recepción a toda la expedición española. Por aquel entonces Miguel Indurain ya era la máxima estrella del deporte español con sus tres victorias en el Tour de Francia y el Giro de Italia de ese mismo año 1993. El entonces monarca, protagonizó el momento entrañable, aunque la campechanía la pusieron ambos en su discurso marcado por un efusivo y espontáneo abrazo previo:

- Enhorabuena Miguel, ¿cómo estás después de esta nueva victoria?

- Muy mojado, y muy cansado también.

Aunque ese encuentro entre los monarcas, Indurain y toda la delegación española no acabó bien del todo, ya que de los coches del equipo español fueron sustraídas tres bicicletas, incluyendo la del propio Miguelón y la cartera del seleccionador Pepe Grande, con 300.000 pesetas en metálico para los gastos de la selección, tal y como recuerda el periodista Josu Garai, enviado especial del diario Marca a aquel Mundial y actual experto de Eurosport Televisión.

Anécdotas al margen, Miguel Indurain no ganó esa triple corona pero en Oslo acabó de darse cuenta de que tenía un Mundial en las piernas. Para ganarlo sólo le hacía falta un recorrido más duro y unas condiciones de calor más exigentes. En los Mundiales de Stuttgart de 1991 consiguió el bronce, la plata llegó en la capital noruega y ¿el oro? Hacía falta un recorrido brutal y éste tuvo lugar en Duitama, Colombia, en 1995. El navarro no se colgó allí el arcoíris pero fue decisivo para que lo lograra Abraham Olano. Aunque ésta ya es otra historia que habrá que recordar en otro momento.

Ciclismo
Van der Breggen confirma su favoritismo y completa el doblete
HACE 5 HORAS
Campeonatos Mundiales
Imola 2020, doblete de Anna van der Breggen: Oro también en ruta
HACE 7 HORAS