Enric Mas completó una primera parte de la carrera casi perfecta y salió de Los Alpes con las aspiraciones intactas para subirse al podio de París. Un podio que es exactamente lo que se le tiene que pedir a un ciclista de su entidad. Error sería -y es- pedirle que gane el Tour de Francia. Es la ¿dura? realidad. Y antes de continuar me gustaría plasmarla. No pasa absolutamente nada porque Pogacar, Vingegaard o Carapaz hayan andado más que él en toda la carrera. Enric es un ciclista con unas condiciones idóneas para luchar por una Gran Vuelta, claro está. Pero en el ciclismo, como todo en la vida, siempre se te puede cruzar alguien mejor. Más si cabe, si te atropella la que bien puede ser la mejor generación de la historia del ciclismo.
Volviendo a Los Alpes, y retrocediendo al Tour del año pasado, en el que fue claramente de menos a más y terminó pletórico dentro del top-5, subir al cajón estaba en sus piernas. Lejos de relajaciones y novatadas de turno, Mas apareció siempre bien colocado en una primera semana marcada por las caídas. Allí dónde nombres como Roglic, Superman, Porte o Thomas perdieron todas sus opciones, el balear salió incluso con ventaja ante los mejores. Pero llegó la crono. Lejos quedan aquellas en las que nos maravillaba todavía en Quick-Step. Al ya jefe de filas de Movistar se le volvió a cruzar el reloj y se dejó un minuto ante la mayoría de sus rivales (1’ 49’’ con Pogacar, que está fuera de categoría). Es entonces cuando el sueño paso a ser una pesadilla por los siguientes días.
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Los fantasmas del pasado. Las inseguridades en su cabeza. En su mirada. Tímida. Al igual que su pedaleo. Y como su amago de ataque en Tignes. Sensación de que, como refleja ‘El día menos pensado’, no se cree lo bueno que es. En el Mont Ventoux siguieron las dudas en sus piernas erráticas y en el Col du Porter se esfumaron todas las opciones. Un coloso que le tumbó. Junto a las cronos, la cruz de su Tour de Francia. Pero se levantó como hacen los grandes. 24 horas después, pasando el Tourmalet y agarrándose en Luz Ardiden a los tres gallos de la carrera. Enric sacó esta vez la otra cara de la moneda y se erigió como el cuarto Jinete del Apocalipsis. Y aún sabiendo que no era más fuerte que ellos, lo intentó. Y por un momento, relámpago por culpa de una mala bestia llamada Pogacar, nos hizo soñar. Y eso es lo que queremos y lo que le debemos exigir.

Un insaciable Pogacar 'estropea' el ataque final de Enric Mas

Actitud de lo que es. Uno de los ¿10? mejores vueltómanos del pelotón. Que claro que Pogacar, Roglic y Bernal están en otro escalón, pero por cualidades, Enric puede competirle de tú a tú a cualquiera de los restantes. Y que claro también que ante tanto monstruo nos gustaría que intentase algo diferente. Es momento de replanteárselo. Que enseñe más veces el talento que tiene dentro. Que nos ilusione. Que sepa que no pasa nada por no ganar. Al que lo da todo, nunca se le podrá reprochar nada. Que en su segunda vez de capo venía de hacer un top-5 que, de no ser por una fuga permitida para Ben O’Connor, hubiese repetido. Que en el último día de alta montaña estaba con los mejores. Y que no hace falta ser el mejor, para ser muy bueno. Y él claro que lo es.

Un líder en plena crisis del ciclismo español

Quizá algo de culpa tengamos también, entre los que me incluyo, los aficionados. Una afición, la española, históricamente “mal acostumbrada” a celebrar los Tours de Induráin y Contador, a vibrar con los duelos de Ocaña ante Merckx, a soñar con las aventuras de Chozas o Perico o alucinar con lo que siempre nos han contado de Bahamontes. Enric no es ninguno de ellos. Y probablemente nunca lo sea. En ese punto de 'héroe nacional' lo que yo al menos espero de él es verle como el despertador de un ciclismo que lleva ya varios años dormido en la ronda gala. Un ciclismo que cuando empiece el próximo Tour de Francia en 2022 estará camino de los 1500 días sin celebrar una victoria de los suyos. Una especie de puente de donde venimos, la retirada de Alberto Contador en 2017, hacia donde vamos, la aparición de una nueva generación con un prometedor Juan Ayuso a la cabeza.

Enric Mas en Luz Ardiden

Fuente de la imagen: Getty Images

Mas camina ahora en busca de su destino. El de la historia que él quiera escribir y por la que todos le recordaremos para siempre. En su cabeza, más que en sus piernas, está la manera en la que lo hagamos. Si como uno de los grandes o como uno más de paso. Parce fácil, no lo es en absoluto, porque aquí habitan los mejores del mundo, pero fue él mismo quien tuvo la valentía de elegirse como uno de ellos. Ahora le va a tocar demostrar que su novela venderá mucho más que la de un ciclista que se limitaba a hacer los Tours a rueda. Lejos parece de poder asaltar el trono de los Pogacar o Bernal, con los que va a coincidir en el tiempo. Pero este Tour le tiene que dejar una premisa: no todo es cuestión ganar. Levántanos del sofá, Enric.
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