Los grandes deportistas no se entienden sin las grandes rivalidades. Messi y Cristiano en el césped, Federer y Nadal en las pistas, Prost y Senna en los circuitos, Bird y Johnson en las canchas, Ali y Frazier en los cuadriláteros o Karpov y Kasparov en los tableros. La carretera, jueza absoluta de la siempre culpable épica del ciclismo, no podía ser menos. Un deporte antagónico, capaz de separar un país en dos, y que ya ha vivido los Coppi-Bartali, Anquetil-Poulidor, Merckx-Ocaña, Fignon-Hinault o Armrstrong-Ullrich, entre otros tantos duelos memorables.
El inexorable tren de un ciclismo cada vez más robotizado en el que se prepara hasta el más mínimo detalle, parte ahora desde la siguiente estación. Allí, aquí, y donde ellos quieran que así sea, Mathieu Van der Poel y Wout van Aert corren mientras se escapan de todo tipo de estrategias, teorías y lógicas. Juntos en búsqueda de la gloria absoluta por separado. Da igual el mañana. No interesa el rival. Ni si es en una rampa o en una volata. Lo único que importa es que en el hoy tienen que pasar siempre el primero por la línea de meta. Cómo si en deuda estuvieran con el aficionado, a los que en un aprieto pondremos si les cuestionamos eso de que '¿a quién quieres más, a papá o a mamá?' Hay preguntas que no quieren respuesta.

Van der Poel y Van Aert, entre risas mientras ponen el Tour patas arriba

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Del barro a la carretera

La de Van der Poel y van Aert es una rivalidad forjada en el barro. Neerlandés y belga, nacidos en 1995 -con 8 meses de diferencia- y criados con la misma cultura, la del no rendirse nunca, se conocieron en cadetes y desde entonces no han parado de darse palos. ¿El resultado? Que llevan siete años repartiéndose los campeonatos del mundo de ciclocross. Dos ciclistas nacidos para dominar el mundo. Dos corredores que se conocen a la perfección. Dos deportistas que se respetan, se admiran y se retroalimentan para ser mejores. Dos niños tocados por la varita y a los que las virguerias en la montaña, con eso de ir creciendo y madurando, se les han empezado a quedar pequeñas y se han empeñado en trasladar sus desafíos a la carretera. El ciclismo vive de enhorabuena.

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Fuente de la imagen: Imago

Nuestra rivalidad trasciende el deporte y eso es genial. Nos fortalecemos mutuamente y nos aseguramos de superar los límites de los demás - Mathieu Van der Poel
Van Aert se presentó ante el pelotón en 2018. Van der Poel en 2019. En ese año ambos dejaron su tarjeta de visita. El belga, en vueltas por etapas, consiguiendo triunfos en Dauphiné y en el Tour. El neerlandés, en clásicas, asomando al podio en Flandes y ganando en A través de Flandes, Flecha Brabanzona y Amstel Gold Race. Pero fue en 2020 cuando su rivalidad volvió por sus fueros para quedarse para siempre en la carretera. Y entre tanto éxito, también hay derrotas que se convierten en lecciones. Un marcaje férreo del uno al otro y viceversa les hizo perder la Gante-Wevelgem. Una y no más. Van Aert marcó en rojo las clásicas, además de ganar 2 etapas en el Tour, y se hizo con Strade-Bianche y su primer Monumento: Milán-San Remo. La respuesta de Van der Poel fue ganarle en Flandes en un esprint que forma parte ya de la historia. Una historia conjunta y que, a pesar de todo, no -ha- había hecho más que comenzar.

Un monumental Van der Poel conquista Flandes ante Van Aert

La máxima dimensión: ¿Pueden ganar el Tour algún día?

Los que allí han ganado alguna vez, dicen que es como pasar a vivir en otro planeta. Da igual todo lo que hayas conseguido antes. Levantar los brazos en el Tour te eleva a otro escalón para siempre. Pues el primer capítulo de la rivalidad belga-neerlandesa en la ronda gala no iba a dejar indiferente a nadie. Tras la exhibición de Van der Poel en el muro de Bretaña y el intento fallido de van Aert de vestirse de amarillo en la crono, precisamente en poder de su archienemigo, los dos montruos nos iban a regalar uno de los mejores días de ciclismo que se recuerdan. Porque hace unos años un ataque ganador con 50 kilómetros por delante era una heroicidad y porque ahora, ver a estos dos reventar una carrera mientras ponen en jaque a todos los capos del Tour a 215 kilómetros de meta, va camino de convertirse en una costumbre. Mis condolencias, por cierto, para todos aquellos que vienen aprovechando "eso de las bicis" para concebir la siesta.

¡Vaya espectáculo! Van der Poel y Van Aert se escapan a más de 200km de meta

Van der Poel y van Aert son una bendición para el espectador. Ambos han despertado a un deporte que amenazaba con quedarse dormido en tantos días de transición. Juntos están reinventando un ciclismo que se estaba acomodando a los últimos kilómetros y que demandaba más espectáculo. Van der Poel y van Aert nos están demostrando que condicionan todas y cada una de las carreras en las que se ponen un dorsal y que son capaces -haga sol, llueve, truene o tengan en frente al mismísimo Tadej Pogacar- de absolutamente todo. ¿Qué si también son capaces de ganar el Tour? Hoy es ficción, mañana seguirán siendo palabras mayores, pero para el futuro, el beneplácito de la duda ya se lo han ganado. Y a ver quién es el valiente entonces que le dice que no.

La Montonera (7ª etapa): El Van Aert-Van der Poel, en otra dimensión: ¿pueden ganar?

A ver quien le dice que no a un tío que gana un esprint a los más rápidos del pelotón, una crono a los mejores contrarrelojistas del mundo, descuelga en un Hors Categoria al reciente ganador del Tour, llega con el grupo de los favoritos en la alta montaña o te hace ya segundo en la general de una vuelta de una semana de máximo nivel. Van Aert, por características y si se lo plantea -debería perder peso (78 kg)- puede ser una amenaza seria para el orgullo de los vueltómanos. Van der Poel, por su parte, es una incertidumbre ya que nunca se ha testado tras enfocarse en la alta montaña. Aunque tampoco lo había hecho contra el crono y ¡pum! A un genio como él nunca tampoco se le va a poder decir que no. El riesgo para ambos será perder condiciones en su versión de clasicómanos, aunque hablar de peligro con estos dos 'kamikazes' de por medio vaya a ser absurdo. No los comparen. Ni los exijan. No lo necestian. Lo que tenga que ser será. Sólo disfrútenles. Y bienvenidos a la que puede ser la rivalidad más bonita en la historia del ciclismo.
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