Quién no conoce a estas alturas la historia de Jonas Vingegaard Rasmussen, el joven, humilde y familiar campeón danés; el muchacho natural de un pueblecito llamado Hillerslev, de apenas 400 habitantes; la estrella mundial del deporte que sale en bicicleta y saluda amablemente a todos los vecinos porque todos los vecinos lo conocen; el tímido, educado, flaco corredor que pulió ese cuerpo perfecto de escalador, sin montañas que escalar, en los páramos de dunas y arbustos de la costa noroccidental danesa, donde nunca pisarás más arriba de los 130 metros sobre el nivel del mar.
Qué aficionado no ha leído, o escuchado, o visto mil veces el vídeo o la leyenda del Vingegaard pescadero, limpiador de pescado. Cuántas veces se ha romantizado, de modo no siempre saludable, el esfuerzo supremo que realizó el joven Jonas, madrugando más que los que ponen las calles, entrando a trabajar a la hora en que los vampiros se toman la penúltima, haciendo un turno de seis u ocho horas y agarrando después la bici para entrenar como sólo entrenan los deportistas de élite. Con 21 años.
Hay gente que madura muy pronto, a menudo por las circunstancias. El príncipe Vlad fue rehén del imperio otomano siendo sólo un niño, porque hay lealtades políticas que al parecer sólo la vida de un hijo puede garantizar. El joven Nicolae ingresó en el Partido Comunista de Rumanía con 14 años, y con 15 fue ya detenido por primera vez, participando de la huelga y de los altercados como uno más. Jonas es orgulloso padre con veintitantos.
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Participó de rebote en el Tour de Francia de 2021, y acabó subido al podio en el segundo escalón con su hija. Ese recuerdo incomparable perdurará en su memoria hasta el fin de los tiempos, por muchos y muy importantes que sean (que son) sus logros posteriores. La leyenda de Vlad el Empalador también perdura, pero su proverbial crueldad (al menos la inventada o exagerada en torno a su figura) se encarnizaba con las madres y con sus bebés lactantes, hasta el punto de empalarlos juntos para provocar en ellos el más terrible, sádico e innecesario de los sufrimientos. De Nicolae sabemos que tuvo tres hijos, que cada cual eligió su camino y que el único que aún vive parece incluso buena persona.
Siempre me he preguntado cuándo subió Jonas Vingegaard su primera montaña. En qué carrera júnior o cadete afrontó aquella primera rampa que sin duda se le atravesó y le hizo pensar que no servía para montar en bicicleta, que él podía defenderse en terrenos pestosos como los del Parque Nacional de Thy, en su casa, que muy a la fuerza había aprendido a manejar su cuerpo menudo en la lucha contra el viento pero que quizá se había equivocado y debía volver al fútbol. Salvando las enormes distancias, podríamos preguntarnos algo parecido de la primera ocasión en que a Vlad se le ocurrió almorzar entre cadáveres frescos y notó quizá un conato de arcada, o de la primera vez que Nicolae ordenó disparar contra el pueblo y le vino un atisbo fugaz de remordimiento.
Sí sabemos, en cambio, cuándo descubrió el joven Jonas que tenía verdadera madera de escalador. Las crónicas danesas datan con precisión ese momento que hoy podríamos calificar de memorable, pese a la modestia del resultado obtenido. Es el 9 de julio de 2016, en una corta cronoescalada durante el Tour de Sibiu, en Rumanía. Con 19 años, la preparación muy escasa y el cuerpo aún por hacer, Vingegaard es noveno en la subida al Lago Balea. Marca un registro cercano a los de ciclistas como Franco Pellizotti o Davide Rebellin, mejora los de otros como Egan Bernal. Acababa de firmar un contrato con ColoQuick. Resulta que ese chico va muy rápido cuesta arriba y va muy rápido contra el reloj.
El lago Balea es un lago glaciar situado a 2.040 metros de altitud en las montañas Fagaras, en la Rumanía central. Hay una preciosa cascada más abajo, a 1.620 metros. Trece horquillas y varias curvas menos cerradas sortean durante casi siete kilómetros, con pendiente muy constante de algo más del seis por ciento, un paraje de singular belleza natural.
El ya veterano dictador Nicolae ordenó construir la carretera que sube hasta el glaciar entre 1970 y 1974, cuando temía una invasión soviética similar a la ocurrida poco antes en Checoslovaquia. La Transfagarasan, segunda vía de mayor altitud de toda Rumanía, es conocida popularmente como “el desvarío de Ceacescu”. El ejército se encargó de las obras.
Oficialmente murieron cuarenta jóvenes e inexpertos reclutas, hay quien habla de cientos. En el sector sur del camino, se encuentra el castillo de Poenari, la legendaria residencia de Vlad el Empalador, la inspiración del Conde Drácula.
El clima es horrendo durante casi todo el año. El puerto permanece cerrado por la nieve de octubre a junio. Cuando subes, sopla un viento helado que te puede dejar clavado. Salvo por la pendiente, y por los vecinos, y por la vegetación y la altitud y el paisaje, salvo por historias de dictadores y de príncipes asesinos, salvo por el hecho de estar muy lejos de casa, Jonas Vingegaard casi podía sentirse aquel día como en Hillerslev.
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