En estos días en los que España vive convulsa entre dimisiones, acusaciones y sospechas por masters que nunca se cursaron y tesis que nunca se escribieron, parece oportuno recordar un episodio del periodismo del que muchos podrían aprender a la hora de gestionar una crisis.
A finales de los 70 el Washington Post era el periódico que todos leían. En el que todos querían trabajar. Escribir en el Post era como jugar en los Yankees. La calidad de los reporteros de su redacción era equiparable a las malas pulgas de Ben Bradlee, su legendario editor.
El periódico era un diario de blancos para un público blanco. Bradlee era capaz de llegar hasta el último despacho de la ciudad, pero estaba preocupado por atraer a esos lectores de los suburbios de Washington a los que nadie prestaba atención. Por eso el día que recibió una carta de la periodista Janet Cooke, mujer y negra, entendió que estaba ante una oportunidad de acercarse a esas minorías que no pisaban moqueta ni usaban corbata. Cooke, que había pasado dos años en el Toledo Blade tras graduarse con cum laude en el Vassart College y en la Universidad de Toledo, afirmaba que su momento “había llegado”.
Cooke, que escribió 52 artículos en sus primeros ochos meses en el Post, era una mujer ambiciosa. “Quiero ganar un Pulitzer en tres años”, le dijo un amigo al aterrizar en el diario. No iba en broma. Comenzó a trabajar en una historia sobre la heroína y mientras la investigaba alguien le dijo que la situación se había agravado tanto que hasta los niños estaban enganchados. El redactor jefe la ordenó buscar a algunos de esos niños porque “es una historia de primera página”.

Janet Cook, Washington Post

Fuente de la imagen: Eurosport

El 28 de septiembre de 1980 el Post llevó a su primera página un artículo firmado por Cooke que se titulaba ‘El mundo de Jimmy’. La historia de un niño de 8 años que estaba enganchado a la heroína desde los cinco. Janet había cumplido las expectativas de Bradlee. Ese domingo el periódico tiró 900.000 ejemplares y la historia se distribuyó, a través del servicio de noticias del Post y de Los Angeles Times, a más de 300 periódicos de Estados Unidos y de todo el mundo. ‘El mundo de Jimmy’ se convirtió inmediatamente en una de las historias del año.
Todo el mundo empezó a buscar a Jimmy, el niño protagonista de la historia. Pero nadie lo encontró. Comenzaron a correr rumores entre sus compañeros que sostenían que la historia era una invención de la reportera. Pese a que el escepticismo crecía con los días incluso en la redacción, la dirección respaldó a Cooke y 'estrellas' como Woodward y Bernstein dieron la cara por su compañera. Argumentaron que pesaban amenazas sobre la periodista si respetaba el anonimato del chico y su familia.
Woodward mandó a buscar al chico a Cooke acompañada de otro reportero que se manejaba bien en los suburbios, Courtland Milloy. La llevó al vecindario donde se supone que vivía Jimmy, pero ella no era capaz de reconocer nada. Jimmy era una invención.
El 13 de abril de 1981 se hizo pública la concesión del Pulitzer a Cooke. El Toledo Blade y Associated Press comenzaron a reunir información para hacer las reseñas biográficas de la ganadora. Entonces el presidente del Vassart College llamó al Post y dejó un testimonio inquietante: “Nos congratula leer que una alumna nuestra ha ganado el Pulitzer, pero al revisar los registros hemos comprobado que no se graduó aquí. Apenas estuvo un año”. Cooke había mentido también en el cum laude de la Universidad. El problema no dejaba de crecer. Woodward, Maraniss y otros reporteros se encargaron de revisar sus cuadernos de notas y se confirmaron las sospechas: la historia era un fraude.
El 15 de abril de 1981 Cooke escribió de su puño y letra una carta admitiendo la invención. ¿Cómo permitió el Post que aquella historia llegase a su portada sin que nadie la contrastase? ¿Cómo iba a afectar ese golpe a su credibilidad después de haberse el favor de los lectores con el Watergate?

Ben Bradlee, Katharine Graham, Washington Post

Fuente de la imagen: Eurosport

Bradlee informó personalmente a los premios Pulitzer que renunciaban al premio y presentó sus disculpas. Fue una catástrofe. Semanas después se celebraba la Conferencia de Editores de periódicos, que generó tanto interés que tuvo que ser trasladada a un auditorio, donde Bradlee aguantó estoicamente los ataques de sus colegas. “Los periodistas tenemos la piel fina porque se nos critica muy a menudo. Una vez que identificamos el fraude nos pusimos un objetivo: nadie más sabría nunca nada sobre el caso Janet Cooke más allá que lo que el propio Washington Post revelase”, confesó Bradlee después en sus memorias.
Pero en lugar de callar y negar lo ocurrido, llamó a Bill Green, el ombusman del diario, y le encargó contar la historia del reportaje de Janet Cooke. “Cuenta la historia exactamente como ocurrió y yo te daré todo el espacio que necesites”, advirtió el director. Fue una de las historias más largas que jamás publicó el Post. Nombres, errores, decisiones… 18.000 palabras de extensión entre la portada y las cuatro páginas interiores. Ben y el diario asumieron la responsabilidad de cada humillante error que desnudó Green en su informe. Nadie fue más duro con el Post que ellos mismos. Pero aquella decisión crucial de Bradlee devolvió al periódico parte de la credibilidad perdida con la publicación del artículo de Janet Cooke.
La periodista declaró en un programa de televisión que “la presión a la que estaba sometida en el Post alteró mi juicio. Mis fuentes me insinuaron la existencia de un niño como Jimmy, pero al no poder encontrarlo cree la historia para satisfacer a los editores”. A raíz de aquello se escribió una canción titulada ‘Liar liar’ y junto al reportero de GQ Mike Sager, exnovio y compañero suyo en el Post, vendió los derechos cinematográficos de la historia a Tri-Star Pictures por 1,6 millones de dólares. Sin embargo, el proyecto nunca pasó de ser un guión más.
Preguntado por lo ocurrido, García Márquez respondió con ironía: “Me parece bien que le retiren el Pulitzer, pero deberían darle el Nobel de Literatura”. Esta es la historia de cómo Ben Bradlee gestionó uno de los mayores fiascos de la historia del periodismo, convirtiendo un error mayúsculo en un ejercicio de transparencia ejemplar. Cualquier parecido con el periodismo y la política española…