Balón de Oro: anécdotas y categorías

Digámoslo alto y claro. El mejor del mundo no tiene necesariamente por qué salir de la votación de la FIFA.

Eurosport

Fuente de la imagen: Eurosport

En este futbol a caballo entre la aldea global y el márketing, los premios logran desatar las filias y fobias de los aficionados, metadona en vena para mantener el mono del espectador, aunque el medio aniquile al fin, que representa el espíritu de un juego colectivo. El premio ya sólo sirve para que la FIFA se arrogue una etiqueta circense y vista piel de Hollywood. Alfombra roja, señoras exuberantes, estilismo, peinados y variopintos tonos de esmoquin. Crema para paladares zafios. Cristiano ganó el Balón de Oro, su tercer entorchado, con la justicia que otorgan 62 goles en 63 partidos, con una Champions bajo el brazo con récord realizador de por medio y una Copa del Rey en la que no disputó la final. Fue, en opinión de quien esto escribe, fue justo ganador de una competencia donde superó a Neuer (campeón del mundo con Alemania pero ¿el mejor jugador de Alemania? ¿realmente el mejor portero del curso?) y también a Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, para este articulista que, en un año lejos de su inalcanzable nivel, tuvo menos hambre que el luso.
La elección, un río de polémicas e intereses económicos, es el momio soñado para las terminales mediáticas afines al poder. Maná caído del cielo. Una oportunidad inmejorable para realizar una cobertura exagerada del evento. De fondo, la cruda realidad de los medios: hubo más canales que ofrecieron lo del Balón de Oro que televisiones que interrumpieron su programación para emitir la última hora del atentado terrorista en París. Volvamos al premio. Arroja conclusiones que, aunque lo parezcan, no son excluyentes. Se puede ser el mejor jugador de la historia y no ganar el Balón de Oro (Messi). Se puede ser el mejor goleador de la historia y en vez de obtener la Bota de Oro puedes arrasar en la votación del Balón de Oro (Cristiano). Se puede ganar el Balón de Oro por haber ganado un Mundial siendo defensa (Cannavaro) pero no se puede conquistar si eres portero (Neuer). Y se puede ser el mejor en una temporada concreta (Cristiano) habiendo completado una pésima Copa del Mundo, mientras que el hombre que fue elegido Balón de Oro y mejor jugador del Mundial (Messi) obtiene la mitad de los votos del portugués.
El premio, expuesto a opiniones de votantes con criterios diferentes e intereses indisimulables, es un engendro indescifrable. Su razón de ser es el absurdo: los plazos se abren y cierran a la carta, las normas cambian para favorecer diferentes candidaturas, el sistema de votación no es el más fiable del mundo porque después de cada edición muchos futbolistas se quejan de que se cambió su sufragio y la última moda es que los clubes hacen el ridículo reclamando que impere la más estricta neutralidad, para callar como meretrices en misa cuando FIFA amplía el plazo y eso favorece a su candidato. Cristiano Ronaldo, que se autodefine como el primer, el segundo y el tercer mejor jugador del mundo, demostrando que lleva el siete a la espalda y tiene un ego del diez, logró su tercer Balón de Oro. Este curso fue el mejor y discutirlo sería una injusticia La misma que uno, desde la más estricta subjetividad, cree que se cometió con Simeone, ese entrenador que demuestra que no se puede hacer más con menos. No importa. De eso no se hablará, porque lo que queda de periodismo deportivo de lo que queda de este país está muy ocupado asuntos de Estado realmente inquietantes, como debatir si el grito de Cristiano fue espontáneo y admisible, o si fue premeditado y ridículo. Nada nuevo bajo el sol.
Los periodistas hemos convertido la información deportiva en una fosa séptica donde lo único que vende es elevar la anécdota a categoría. Al fin y al cabo, eso es el Balón de Oro. Una anécdota que, dependiendo de quién gane y en qué equipo juegue, se eleva a categoría.
Rubén Uría / Eurosport
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