No hay mejor abrigo en el fútbol que el viento portante de los resultados favorables. Pero cuando quedan expuestos a la intemperie, existen un puñado de lugares comunes por los que transitan entrenadores y jugadores en busca del aplauso de la grada y la clemencia de la prensa. El populismo en el fútbol se llama tribunerismo, término argentino que define la actitud de quienes regalan los oídos a los aficionados con declaraciones ventajistas para ganarse su apoyo.

En los banquillos, el tribunerismo busca complicidad en la idiosincrasia del club. En el Real Madrid cuando las cosas pintan mal los entrenadores invocan al “espíritu de Juanito”, mientras en el Barcelona los técnicos airean su devoción por el credo de Cruyff. Setién llegó a Can Barça etiquetado como un apóstol del cruyffismo, ondeando esa bandera y con un verbo florido en el que palabras como posesión, protagonismo o asociación sonaron como música celestial a los aficionados, y como salvoconducto ante la directiva.

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Presentado Setién como la quintaesencia del cruyffismo para enderezar la deriva resultadista que había tomado el Barça con Valverde en el banquillo, podemos concluir que si Cruyff levantase la cabeza no es descartable que se identificase más con Valverde que con este Setién.

Banquillos calientes en el regreso de la Liga

El Barça de Setién no propone un estilo reconocible, sea cruyffismo o setienismo. El cántabro rodea a Messi de quien le parece cada día, con un criterio más político que deportivo para no enfadar a ningún jugador. Y por no enfadar a ninguna vaca sagrada ha terminado molestando a la mitad de la plantilla. Sin estilo y con resultados mediocres (derrotas en Bilbao, Bernabéu, Valencia o el Villamarín, y empates en Sevilla o Nápoles), la realidad es que el libreto de Setién está a día de hoy más cerca de Bordalás que de Cruyff. El Barça es un equipo que le da la pelota a Messi y espera que el argentino frote la lámpara.

Uno de los síntomas evidentes que delata esto es la intrascendencia de Ansu Fati, jugador de talento incuestionable que cada vez que sale, suma méritos y quita la razón a Setién. Sin embargo, el chico está condenado al ostracismo porque es más fácil sentarlo a él que al renacido Luis Suárez, al indiscutible Messi, al carísimo Griezmann o a un Braithwaite al que se ve obligado a poner tras insistir hasta la saciedad a la directiva por la necesidad de un refuerzo arriba.

En este duelo entre los sobrinos de Juanito y los nietos de Cruyff, Zidane tiene más clara su hoja de ruta que Setién. Pero en el Barça, cuyo peor enemigo es el propio Barça, Setién reza a Cruyff mientras la afición y los jugadores se encomiendan a Messi.

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