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Blog Uría: Algo que decir sobre los árbitros
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Publicado 29/01/2018 a las 19:53 GMT+1
Hay que masturbar al telespectador sin cesar, hasta fidelizarlo: o se hace adicto al programa porque siempre le dicen lo que quiere escuchar, o que acabe con los ojos inyectados en sangre, pero siempre con una bufanda puesta.
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Fuente de la imagen: Eurosport
Uno intenta no hablar, sin demasiado éxito y a pesar de sus esfuerzos, de árbitros. Anoche, una más entre las mil millones de noches que la polémica sustituye al juego, me preguntaron muchos aficionados, en las redes sociales, por qué no suelo opinar sobre colegiados. Me toca hacerlo cuando asisto a un programa de televisión – con eso ya tengo más que suficiente- y la verdad, ni me gusta, ni me siento cómodo. Y menos aún, me gusta pronunciarme sobre estos temas en las trincheras de las redes sociales. Primero, por higiene mental. Segundo, por pereza máxima. En cualquier caso, por petición popular, hoy escribo estas líneas, sobre los árbitros. Sostiene el maestro de periodistas Enric González que lo que busca el periodismo deportivo es “masturbar al lector”. No es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. ¿Qué vende? El populismo, excitar las pasiones más bajas. ¿Qué programas se ven más? Los que sacan lo peor que hay en nosotros. No hay español que no presuma de ver los documentales de La 2 y sin embargo, medio país, prefiere un buen chute de prensa rosa. Sí, amigos, nos tragamos, sin rechistar, toneladas de cotilleo y prensa del corazón. Que es, al fin y al cabo, el embrión de la fórmula periodística deportiva actual, que confunde, adrede, noticia con amarillismo y polémica con información. En ese contexto, buscando la dictadura de la audiencia flota, entre el chapapote, la ración diaria de polémica arbitral – exista o no-, mezclada con sobreactuación de opinadores de código ético de geometría variable.
El revisionismo arbitral infinito, las teorías de la conspiración, las encuestas surrealistas y la cultura del “y tú más”, son el pan nuestro de cada día. La mayoría de los programas ponen el acento en jugadas supuestamente polémicas de los partidos más trascendentes (¿escogidas aleatoriamente o seleccionadas o en base al criterio editorial que interesa?) con la intención de montar show y generar ruido, convirtiendo la sospecha en hábito y la cizaña en divisa. En ese contexto patológico, todo vale con tal de mantener trempante al espectador. Y para conseguirlo, hay que lograr estimular al televidente para que se sienta atracado o robado. No importa si el árbitro acertó o no, sino denunciar una presunta caza a un equipo determinado. Como si fuera gratis dudar de la honestidad de los árbitros, pero nunca de la nuestra. Robar, un verbo de gatillo fácil en el lenguaje futbolístico, usado en la grada -admisible pero triste- y en el periodismo – inadmisible y patético-, es moneda de uso común. A nuestro equipo le roban, pero nunca roba. Le quitan, pero nunca le dan. La postura, tan pueril como enfermiza, ha calado muy hondo. Lleva haciéndolo tropecientos años. Desde que el fútbol es fútbol. Ahora, la novedad consiste en que ese fenómeno ya no se alimenta en las gradas, sino que basta con encender la televisión.
No importa si las jugadas seleccionadas se emiten bajo un sesgo o no, ni siquiera su orden cronológico, sino la abundante carga editorial de cada lance, con el fin de encrespar los ánimos, montar debates acalorados o dar rienda suelta al forofismo de andar por casa. No importa la jugada o el equipo, lo relevante es que los contertulios opinen sobre todo y todos, a uno u otro lado de la trinchera, embutidos en una bufanda y/o bandera. El libro de estilo consiste en generar polémica, atrapando al espectador en un debate donde, repetición tras repetición, periodistas o ex jugadores opinan sobre el reglamento, sin conocer el reglamento, permitiéndose en lujo de dudar de la capacidad, profesionalidad y honradez de los que conocen el reglamento. ¿Qué sentido tiene opinar sobre reglas que se desconocen profundamente? ¿Es normal que futbolistas, entrenadores, directivos y periodistas sigan jugando a maltratar la figura del colegiado cuando ellos mismos no tienen ni idea de las reglas o de su posible interpretación? ¿Qué sentido tiene tener un ex árbitro que comenta jugadas polémicas si los periodistas del mismo programa siguen manteniendo su criterio incluso cuando un profesional del arbitraje les sigue diciendo que están profundamente equivocados? Kafkiano. Provoca pereza.
Los periodistas, que en estos tiempos no informamos, sino que militamos, ya mi dudamos. Abrimos la boca para opinar sin saber y por lo visto, nunca nos equivocamos. Sólo culpamos, gritamos y denunciamos supuestas conspiraciones, manos negras o blancas, villaratos, saldos arbitrales, arbitrajes a la carta, sospechas, robos, atracos y demás. Barra libre. Al fondo hay sitio. El objetivo es sencillo: armar cada noche el Belén, refocilándose en un revisionismo que provoque tortas verbales entre tertulianos, a lo Bud Spencer. El tinglado funciona así. Los periodistas hacemos audiencia hablando de unas reglas que desconocemos y además, nos permitimos el lujo de insinuar, gratis, que los árbitros, o son muy malos, o roban, atracan y no son honestos. No podemos tener la cara más dura. Que siga la fiesta. No importa que arbitrar sea realmente dificilísimo. Sólo importa el ruido. Hay que masturbar al telespectador sin cesar, hasta fidelizarlo: o se hace adicto al programa porque siempre le dicen lo que quiere escuchar, o que acabe con los ojos inyectados en sangre, pero siempre con una bufanda puesta. Los telespectadores, por desgracia, preferimos irnos a la cama pensando que han robado a nuestro equipo antes que tener un mínimo de autocrítica. Hace días se publicó un sondeo sobre el nivel de los colegiados en España. Muchísima gente estaba alarmada porque, en esa encuesta sobre el nivel de los colegiados, no aprobaba casi ninguno. El día que publiquen una encuesta sobre periodistas deportivos, igual no se salva ni el apuntador. A mi me pueden poner en el primer lugar de la fila. Esa es la verdad.
Rubén Uría / Eurosport
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