No es noticia que los árbitros cometan errores, de mayor o menor calado, durante los partidos. Lleva siendo así toda la vida de Dios. Como que esos errores, más o menos graves, sean acentuados o silenciados, dependiendo de si benefician a unos o perjudican a otros. Si el error es a favor del equipo que más vende, se pasa de puntillas. O se rebuscan mil jugadas que indiquen que tal hecho fue aislado, para darle forma de simple anécdota. Y si perjudica al equipo que más negocio produce, se monta un buen espoleo y se ven manos negras. Tampoco es noticia que los aficionados de los equipos pequeños tengan claro lo que sucede en el campeonato desde tiempo inmemorial: que los árbitros, en su condición humana, cometen errores. Y que si se equivocan en contra de los grandes ven peligrar su carrera y si lo hacen en contra de los pequeños, aquí no pasa nada y si pasa, se le saluda. Qué decir de las quejas y reproches hacia los colegiados. Son tan fáciles, llevan tanto tiempo instaladas y arraigadas en nuestro fútbol, que son más viejas incluso que la propia competición. Si no se gana, la excusa del árbitro, que es de mal pagador, siempre está a mano. Si se gana, pero con favor arbitral de por medio, el equipo que pierde pone el grito en el cielo y el que se lleva los puntos, se hace el sueco. Así ha sido y así será, por los siglos de los siglos, amén.
Lo que sí es noticia es, más allá de colores, de camisetas, de que beneficie al Madrid, al Barcelona, al Atlético, al Betis o al Compostela, es que un colegiado altere el reglamento. Hasta la fecha, los árbitros han acertado o se han equivocado, pero siempre ha sido en base a una interpretación del reglamento. En esta ocasión, lo surrealista es que el árbitro, ignorando las especificaciones del reglamento, aplicó el suyo. La interpretación de la jugada de la mano de Bruno era inequívoca. Gil Manzano, desatendiendo el reglamento, aplicó el suyo. No era cuestión de interpretación, sino de sentido común. La jugada es aún más grave por algo muy sencillo: son los propios colegiados los que, en diferentes charlas sobre el reglamento, llevan tiempo explicando a los futbolistas que esas manos nunca se pitan. Gil Manzano, por razones desconocidas, pitó un penalti por mano que los propios árbitros, en sus charlas, le dicen a los futbolistas que jamás pueden ser penaltis. Quien esto escribe se niega a creer en la mala fe, en la premeditación o en contubernios y otras historias para no dormir, pero por lo que no pasa es por permitir que un árbitro que señala lo que los propios colegiados dicen que no se puede señalar, siga arbitrando. Si después de su decisión, Gil Manzano sigue arbitrando cualquier partido de la competición la próxima jornada, el mensaje del estamento arbitral será diáfano: defender lo indefendible. No se puede defender la credibilidad del campeonato si un árbitro pita justo lo que los árbitros predican que no se puede pitar. Así de simple.
Y por último, conviene hablar del papel desagradable que nos corresponde a los medios de comunicación. No es nuevo que el tinglado mediático vive ligado a la polémica extrema y la rivalidad enconada, incluso al chascarrillo de barra de bar, porque los errores arbitrales que van y vienen son un excelente caldo de cultivo para vender más y mejor, a costa de sembrar la semilla de la sospecha. Más allá del simple comentario de esta u otra jugada, de un penalti que puede ser más o menos interpretable, está el límite, la famosa línea roja que el periodismo, o mejor dicho, lo que queda de él, cruzó hace tiempo. Durante años, de manera sistemática y sin rubor alguno, buena parte de la prensa deportiva de este país se ha pasado la vida denunciando, por supuesto, sin pruebas, la existencia de un sistema corrupto, de un contubernio judeo-masónico arbitral que favorecía a un equipo y siempre perjudicaba a otro. Anoche, los que se pasaron años alegando que el trofeo estaba entregado por decreto y que había un equipo contra el que no se podía competir porque gozaba de arbitrajes a la carta, porque existía el Villarato, se quedaron mudos. Anoche, los que se pasan la vida hablando de árbitros, conspiraciones y patrañas mediáticas, los que se pasan la vida retratando a la gente, quedaron retratados. Otra vez más. Es la enésima ocasión en que sucede. Es igual. Ya no importa. Hace años que han ganado la batalla de la propaganda. Si el árbitro beneficia al equipo que no conviene, Villarato. Si favorece al equipo que interesa, chitón y mano al botón. Así funciona. Que sigan engordando egos, cuentas corrientes y audiencias, pero ya no engañan a nadie. Que sigan entrando con los tacos por delante y que sigan teniendo barra libre de insidias. A ellos les sale barato. Al periodismo, o mejor dicho, a lo que todavía queda de él, le sale demasiado caro. La verdad ya no importa. El postureo sí.
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