Madrid, 18 oct (EFE).- Cien años del nacimiento de Miguel Delibes (1920). Hincha siempre del Real Valladolid. Y momento para recordar con orgullo sus primeros pasos como periodista deportivo. Sí, él también. Maestro de las letras, se abrió camino en el fútbol, después de ganar el premio Nadal. La sombra del ciprés es alargada, en 1947. El inicio de su obra.

Una deliciosa correspondencia publicada entre Delibes y su editor, Josep Vergés -cofundador de la editorial Destino- describe los primeros pasos alrededor del fútbol del cronista Delibes. El fútbol, fue una de sus grandes aficiones ya de rapaz -otra acepción de zagal en buena parte de Castilla la Vieja- y más aún de adolescente, antes de opositar a cátedras de Derecho Mercantil y aprenderse el Código de Comercio de memoria.

Mundial
Rubiales: "El fútbol debe ser un ejemplo y dar una lección de comportamiento"
EN 41 MINUTOS

El 6 de junio de 1949, tras cobrar por fin un cheque de 2.000 pesetas por las ventas de La sombra del ciprés -Delibes acortaba el título de forma coloquial-, el entonces escritor novel y redactor de El Norte de Castilla, aceptaba ser corresponsal en Valladolid de la revista Vida Deportiva, publicada en Barcelona.

Delibes aclara a Vergés que "ya lleva bastantes años de aficionado al fútbol" para sentirse "libre de esa pasión que enturbia la serenidad del primerizo en cualquier actividad". No se puede expresar mejor la idea que Delibes iba a ser imparcial en sus comentarios desde la tribuna de prensa.

Vergés le precisa que la revista necesita de él una crónica cada vez que en Valladolid juegue un equipo catalán. FC Barcelona y RCD Español, entre otros. 150 pesetas por texto. También le sugiere Vergés a Delibes que Vida Deportiva necesitaría pequeños ecos y entrevistas durante la temporada. Precio variable según calidad y extensión.

Galardonado con el Nacional de Literatura, el de la Crítica, el Premio Nacional de las Letras, el Príncipe de Asturias, el Cervantes, entre otros, y miembro de la Real Academia desde 1973, su experiencia debe servir de acicate a todos aquellos que estudian Periodismo en las repletas Facultades de Ciencias de la Información.

Delibes, como Vargas Llosa en el Mundial de España 82, ejerció de periodista deportivo. Y reconoce que desarrolló una capacidad nemotécnica a cuenta del fútbol que no volvió a exhibir hasta su época de opositor.

El fútbol ayuda a retener de forma selectiva una memoria infinita. Él, como muchos otros jóvenes -sólo los auténticos locos del fútbol pueden entender a Delibes-, aprendió a recitar alineaciones al dedillo de todos los equipos de Primera división. Suplentes incluidos. Era algo genético. Sus hermanos José Ramón y Federico estaban en la misma onda.

Las estadísticas son en el año 2020 uno de los grandes soportes de la industria del fútbol. Los números lo invaden todo. Inundan los IPads de los entrenadores, acaparan los móviles, explican infografías de urgencia, ayudan a fichar y a crear el término Moneyball para ilustrar a los equipos que contratan futbolistas apelando a dígitos de rendimiento.

Algo más artesanal eran los análisis de Delibes y sus hermanos cuando eran críos. Otra vida. Otro mundo. Sin internet. Sin televisión, ni gratis ni de pago. Ni pública ni privada. Miguel Delibes acudía a ver los resultados las tardes de los domingos a Casa Baticón, en los soportales de Cebadería, en la Plaza Mayor. Allí en una pizarra leían los resultados de la jornada. Lejos aún estaba la aparición del marcador simultáneo Dardo, que ayudaba a imaginar lo que ocurría en los estadios a partir de los años 60.

La pizarra de aquella taberna les permitía comentar los resultados de vuelta a casa y ya en su domicilio preguntarse unos a otros por esos mismos enfrentamientos en los últimos dos años. Un Trivial de la época. Entretenimiento doméstico.

Lo cuenta Delibes en su hermoso y divertido relato titulado Mi vida al aire libre, unas memorias personales, íntimas, nostálgicas. Con cierto humor narra que llegó a inventar incluso una fórmula científica, una ley futbolística inapelable. Fue en 1932.

Si el Reino Unido inventó la media inglesa para realzar el rendimiento de los clubes que ganan los partidos en casa y empatan fuera, en Valladolid nació la Ley Delibes. El equipo que después de perder en casa, visita a otro que viene de ganar fuera, si no se alza con el triunfo, sumará al menos uno de los dos puntos en litigio. La teoría era fruto de la observación. El Norte de Castilla, cita el escritor, al publicar años después sus pronósticos del fin de semana mencionaba La Ley Delibes "como un físico mencionaría a Newton al hablar de la gravitación universal".

Delibes, en plena época futbolera, fue un disco duro. Destilaba alineaciones sin parar. Las del Real Madrid o Real Valladolid no tenían mérito. Onces de toda España. Sin dudar. Con armonía y tono musical. Del Athletic de Bilbao. Blasco, Castellanos, Urzquizu; Cilaurren, Muguerza, Roberto; Lafuente, Iragorri, Bata, Chirri y Gorostiza.

Del Valencia: Nebot, Torregaray, Pasarín; Abdón, Molina, Conde; Torredeflot, Cubells, Vilanova, Costa y Sánchez. O la delantera del Real Oviedo: Casuco, Gallardo, Lángara, Galé e Inciarte.

Almacenar en el cerebro plantillas de niño seguro le sirvió de entrenamiento para estudiar Derecho y Comercio. Fue socio infantil del Valladolid. Pagaba una peseta y media. Aquel carnet sustituía a su paga dominical. Vivió el ascenso fulgurante de su equipo. El ascenso a Segunda. Y la gesta de subir a Primera división. Consecutivo. Y el momento cumbre cuando aportó siete jugadores a la selección española: Saso, Lesmes I, Lesmes II, Babot, Ortega, Lasala y Coque, éste último famoso luego también fuera del fútbol por ser novio de Lola Flores.

Delibes confesó que dejó de ir al fútbol el día que en los campos instalaron vallas para impedir el acceso al césped a aquel puñado de locos que en otra época saltaban con ganas de montar lío.

En cambio, jugó con amigos hasta bien tarde. Hasta los 45. Su último partido serio en la ciudad. Periodistas de Valladolid contra el equipo del Circo Feijoo, de los Hermanos Tonetti. Tocaba su primer balón. Dribló al hermano mayor de los Tonetti, pero en cambio no pudo regatear a un chino malabarista que le levantó del suelo y le hizo dar alguna vuelta de campana. El detalle es referido en sus memorias deportivas de un hombre sedentario.

Se retiró como portero del equipo de su pueblo adoptivo, el Sedano FC. Allí, con el clásico solteros contra casados, se fue apagando la llama de un deporte, que disfrutó también en los andenes del Campo Grande, donde jugaban a un fulbito asilvestrado que aún no era fútbol sala. Delibes lo tuvo claro al final. Lo suyo era el fulbito.

Montó en bici, en moto -una Montesa 125 cc-, cazó perdices, pescó cangrejos en el río Esgueva, nadó, jugó al tenis, polemizó con su sistema de puntuación; y el deporte al aire libre acompañó siempre a su vida literaria. Cien años de su nacimiento. Y más de cien goles inolvidables, en miles de horas jugando y viendo fútbol.

Luis Villarejo

Fútbol
La Generalitat traslada al Procicat la petición del Barça sobre la moción de censura
EN 32 MINUTOS
Fútbol
Oyarzabal, infalible con 12 penaltis marcados, sigue la estela de Xabi Prieto
EN 22 MINUTOS