Sin compasión. Con la velocidad de un zarpazo. Puede decirse que cuando yo iba, él ya estaba de vuelta. Cuando yo empezaba a leer la novela, él ya la había acabado. Yo me quedaba en la periferia de nuestro deporte, mientras que él estaba en el centro. Él era el centro.
Así son los que están en otro nivel. Así son los que huelen la sangre.
Cuando saltábamos a calentar a la media pista que nos correspondía, el ritual se enchufaba: calentamiento en rebaño, choques de palmas, frases de costumbre. Pero Daniel no se dedicaba a la rutina. Se dedicaba a otra cosa, a analizar a los rivales. A los pocos segundos me decía: el “cervatillo” es el rubio o el de las medias bajadas. Y el plan se activaba: Dani era paciente. Se quedaba esperando el momento, su momento, ese instante del partido en el que el cervatillo, pensando que estaba seguro en el interior de la manada, se quedaba desprotegido. Bajaba la guardia, se confiaba. No se daba cuenta de que un depredador estaba ahí al lado, esperando un mínimo error: ese mínimo error que lo cambiaba todo.
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Se puede pensar que el cervatillo era el jugador novel, ése recién llegado, que entraba pocos minutos para dar respiro a los veteranos. A veces era así. Pero otras muchas resultaba que el eslabón más débil era, en realidad, su mejor jugador. Daniel lo tenía medido. Se sentaba en la orilla del partido. Y a esperar.
Hoy en día hay unos cuantos depredadores sueltos: Cardinal, Álex Ciezano, Ferrao, Pola, Ricardinho… Si alguno de estos estuviera a menos de 5 metros, yo que tú cumpliría uno de los diez mandamientos del fútbol sala: toca y sal. No vaya a ser que te conviertas en el próximo cervatillo.
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