“Bajaba el Diego con determinación por la cuesta del centro de entrenamiento del Nápoles. Un complejo (y encontrarlo era, efectivamente, tarea difícil) en el barrio de Soccavo llamado Paradiso cuando a simple vista uno imaginaba, por el contrario, el infierno de unas instalaciones más bien decrépitas, en las antípodas de las comodidades del fútbol profesional. Viejo incluso para 1990.
En ese lugar, y sin avisar, se produce la siguiente escena: aparece un desgarbado Maradona, con las chanclas medio rotas adornadas con su firma “Diego 10” a boli como estampa exclusiva de autenticación, y con la niña Dalma, la hija luego mayor, en brazos de papá. Se venía el Diego, se acercaba con el impulso que estableció por bandera en un campo de fútbol. Y cuando el Diego te llegaba no lo podías parar, nadie lo pudo parar (bueno, sí, Gentile). Así que el periodista, al ver realizado su sueño de proximidad al absoluto ídolo de ídolos, perdió por un segundo el autocontrol y se fue a por él de pura pasión de fans, de fanático por el máximo exponente del deporte rey, olvidando el rigor profesional. Y ese era D10S, todavía sin Iglesia Maradoniana, todavía por elevar a los “altarini” como los que se encontraban a cada esquina en los “Quartiere Spagnoli” de la ciudad. Así que Diego, volviendo a la escena en el centro Paradiso justo dos años después del boom de la película Cinema Paradiso, se encastilla en el malhumor post siesta para frenar de golpe el impulso juvenil del periodista, 23 años y ya cubriendo la información para la Agencia EFE de un Mundial de fútbol con la selección campeona del mundo en 1986.
Otra época, una suerte de respeto que no existe hoy cuando hay becarios de hasta 35 años que no van ni irán al Bernabéu jamás siquiera un día acreditados. Y le dice entonces Maradona al periodista que suscribe estas líneas, con cara el argentino de muy malote y rabia sin contener, rebelde porque el mundo lo ha hecho así: “Si me tocás, te mato”. Lapidaria frase que acompaña aún hoy como un tenebroso eco al informador arrepentido por haber molestado al héroe idealizado. Y, con manifiesto ataque de síndrome de Estocolmo para explicar la pasión por lo “maradoniano” pese al mal rato vivido junto al extraordinario jugador, continúa el relato del incidente con el argentino, con el mejor jugador del mundo.
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Siguió Maradona su cuesta abajo, literal, hasta toparse con la valla donde le aguardaba Batista, aquel barbudo centrocampista, junto a su mujer y una roulotte de esas desvencijadas que usan los hinchas argentinos para seguir a la albiceleste allá donde sea menester. Más adelante comprendimos el porqué del encuentro. Batista, años después, se supo que compartía hábitos con Diego, otro enganchado a la irresponsabilidad, otro enfermo con disfraz de deportista, otro suicida en aquella selección bomba que, no obstante, alcanzó la final contra los alemanes por puro instinto de supervivencia partido a partido. Con aquella asistencia mítica de Maradona a Caniggia para tumbar en octavos de final a Brasil; con aquellas tandas de penaltis sacadas por Goycochea, un mal portero fumador empedernido pero que paraba lanzamientos de once metros como quien cobra en un peaje de autopista: impertérrito.
Sería porque aquellos argentinos endurecidos que lideraba Maradona pues como nada tenían, nada podían perder. Como pensaba el Diego bajando la cuesta empedrada de aquel centro Paradiso, el mismo que hoy en día sigue abandonado por un Nápoles que se marchó sin decirle adiós hacia la modernidad de sus instalaciones actuales en Castel Volturno”.
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