El Mago

El Mago

El 15/03/2011 a las 01:39Actualizado

"Oliendo a fresca y verde hierba aparecía por la izquierda un mago de San Salvador". Esa cuarteta recorre las calles de Cádiz en memoria de un hombre que pudo reinar en el fútbol mundial. Su nombre, Jorge Alberto González Barillas. Su nombre de guerra, "Mágico".

Hoy se cumplen 25 años desde que aquel genio, aquel crack bohemio, se convirtiera en noticia en el fútbol español. Su Cádiz recibía el nuevo año con la esperanza de conseguir su cuarto ascenso a Primera, pero aquel futbolista talentoso llevaba una semana sin acudir a los entrenamientos. El día de Reyes, un señor se personó en el estadio Ramón de Carranza sin previo aviso y pidió que le recibieran en la Junta Directiva. Se presentó en las oficinas del club y dijo ser el mayordomo de Jorge "Mágico" González. Cuestionado acerca de los motivos del futbolista para no acudir al trabajo, su mayordomo personal sólo acertó a decir lo siguiente: "El señor dice que no se encuentra bien". Era una nueva cabalgada de Mágico hacía el precipicio. Él era así. Vivía en el alambre. Jugaba por placer, era impredecible, vivía por amor al arte y ejecutaba goles de dibujos animados. Nunca hizo del sudor su bandera, como Alfredo Di Stéfano. Su cadencia nunca fue la de un meteorito humano a ritmo de samba, como Pelé. Nunca fue ese junco de fuego por la banda, como Johan Cruyff. Y nunca fue ese cebollita, ese jamón con patas, ese barrilete cósmico, como Maradona. Él era otra cosa. Su fútbol era intermitente, improvisado, artístico, anárquico y fantasioso. Pura magia. Jorge Mágico González, el Mandrake del fútbol mundial, nunca se preocupó de las leyes de los hombres, de la cultura del esfuerzo o del desgaste de su reputación. Pasó la vida pegado a la botella, durmiendo interminables siestas, acurrucado en los brazos de alguna mujer y levantando al público de sus asientos a base de rabonas. Hijo de Oscar y Victoria, fue el pequeño de ocho hermanos, de los cuales fue el único en dedicarse a patear la pelota. Pero su gran pasión no fue el fútbol. A Mágico le gustaban las mujeres, las siestas y el fútbol. Por ese orden. Se casó, tuvo tres hijos, abandonó a su mujer, tuvo una primera amante que concibió un hijo suyo en España y finalmente, ha reconocido tener otra hija en Estados Unidos.

El Mago comenzó su carrera en el Administración Nacional de Telecomunicaciones salvadoreño, popularmente conocido como el Antel, pero allí sólo pasó dos campañas. Pero Mágico, consciente de su infinita calidad y de que era culo de mal asiento, acabó fichando por el Deportivo Independiente de San Vicente. Al poco tiempo, recaló en el Guadalajara, y finalmente fichó por el FAS de Santa Ana, de Primera División, que le pagó 60.000 colones, una auténtica fortuna para la época, y una supuesta bicoca para un tipo que venía de una familia de origen humilde. Mágico, según cuenta la leyenda, tenía un agujero en el bolsillo, y se gastó el dinero en apenas unas semanas. Por aquel entonces, a Jorge González ya se le conocía en todo el país como "Mágico". El nombre de guerra tenía copyright del comentarista deportivo Hernández Colorado, que había quedado prendado de la calidad de Jorge en un partido entre el ANTEL y el Aguila. Con cuatro años de carrera profesional a sus espaldas, Jorge ya era un imprescindible en la selección de su país, que tenía como gran objetivo sellar su pasaporte mundialista para la cita mundialista de 1982. En ese camino hacia el Mundial de España, El Salvador enfrentaba a Mexico. Era Noviembre de 1981. Aquella noche, Mágico fue Mágico y llevaría a su país directo a la Copa del Mundo después de ejecutar una jugada donde fue capaz de driblar hasta a cinco rivales que le salieron al paso. Una vez que los dejó a todos en el piso, Jorge disparó, el guardameta rechazó y Hernández, su compañero de selección, hizo el tanto que daba a la modesta El Salvador la gran oportunidad de estar presente en España '82. Aquella jugada memorable de Mágico dio la vuelta al mundo, su nombre empezó a figurar en las agendas de muchos clubes y su club le triplicó el sueldo, haciendo prometer a Mágico que no se lo puliría todo de una tacada. Quiso ficharlo el Aurora, el Alajuelense de Costa Rica, el universitario de Perú y los Pumas de Mexico, la UNAM.

Pero la tentativa más seria llegó de Francia, de la mano del PSG, que estaba encantado con la calidad de Mágico y quería conseguir su fichaje a toda costa, tirando la casa por la ventana. Los franceses enviaron un fax a El Salvador anunciando su llegada, pidieron permiso al club salvadoreño para entablar negociaciones y se plantaron en un hotel céntrico de El Salvador, esperando la llegada de Mágico González. Los directivos esperaron con paciencia la llegada de aquel genio desgarbado que, según decían, sería la gran estrella del fútbol mundial. Esperaron media hora; una hora; dos horas; tres horas y hasta cuatro. Ante la falta de puntualidad de Mágico, que nunca llego a aparecer a la cita, decidieron desistir de su fichaje e hicieron las maletas para volver a París. Ni el propio Mágico recuerda con exactitud por qué no se presentó en ese hotel. "Creo que estaba durmiendo la siesta" llegó a decir un familiar suyo cuando se le recordó el fichaje frustrado. Así era Mágico. Incorregible.

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Su aventura mundialista con El Salvador fue otra historia. En España, los modestos salvadoreños fueron el "puching-ball" perfecto para Argentina, Hungría y Bélgica. Perdieron los tres partidos, e incluso fueron humillados ante Hungría, recibiendo un 10-1 que provocó sonrojo en el mundo. Pero Mágico era la excepción a la regla de mediocridad de su selección. Era fino, encaraba con clase, hacía controles imposibles, era capaz de regatear a cuantos le salían a su paso y tenía un toque tan dulce que arrancaba ovaciones en los estadios españoles. Tan buen impresión dejó, que a pesar del caos de su país en el Mundial, Jorge Mágico González apareció entre los diez mejores jugadores de España '82. Otra vez los grandes llamaron a su puerta, pero Mágico era reacio a abandonar su país, donde era un ídolo de masas, para tener que entrenar y ganarse el puesto en otro país. Contra todo pronóstico, porque tenía ofertas mucho mejores encima de la mesa, sería el Cádiz el que se llevaría el gato al agua. El milagro amarillo militaba entonces en Segunda División. Mágico cambió ese panorama a base de taconazos, rabonas, espuelas, goles y pases imposibles. "La gente de Cádiz me para por la calle y me dice que soy un crack, yo les digo que me llamo Jorge y que mi apellido es González".

Llegó como fichaje estrella en la 82-83, ascendió a su equipo a Primera, anotó 15 goles en 33 partidos y dejó un puñado de jugadas que consiguieron que su nombre traspasara las fronteras de todo el mundo. Al año siguiente, mientras el Cádiz se desangraba en la parte baja de la tabla consiguiendo sólo seis victorias en 34 jornadas, Mágico seguía a lo suyo. Marcaba 14 goles, se ponía el mundo por montera y llenaba domingo tras domingo el Ramón de Carranza. Era el héroe de "La Tacita de Plata". Mágico, un Curro Romero del fútbol, se convertía en leyenda. Amigo íntimo de Diego Armando Maradona y de Camarón de La Isla, alternaba actuaciones espectaculares con resacas interminables. Mágico jugaba de noche y también de día. Igual regalaba un gol de córner directo que se pasaba dos días en paradero desconocido. Una noche se bebía el agua de los floreros y al día siguiente, después de que los compañeros le dieran una ducha fría, saltaba al campo y marcaba tres goles como tres soles. Mágico, espíritu libre, artista de lo imposible y enemigo de lo posible, aumentaba su leyenda. Su mito le precedía antes de pisar cualquier campo de España. Amante de la noche, la juerga y la fiesta, Mágico era el único capaz de conseguir, como Maradona, que su pierna reventara cualquier domingo. "Mi obsesión siempre fue pasarlo bien. Quise ser feliz sin pisotear a nadie". Y no pisoteó a nadie. Fue, por encima de todo, feliz. Era feliz en el área enemiga, dibujando arabescos rodeado de rivales. Y era feliz en madrugadas eternas, mientras se derrumbaba, ebrio como una cuba, en la barra de cualquier bar de carretera.

Cientos de leyendas urbanas, ciertas o falsas, adornan la carrera del "Mago". Una de esas ciertas y reconocidas por el propio protagonista - que suele recordarlas con esfuerzo y mucha ayuda- tuvo que ver con su particular gusto por las mujeres y las siestas. En vísperas de un trofeo Ramón de Carranza, Mágico se quedó dormido después de una noche de juerga y no llegó a tiempo para jugar. El rival del Cádiz era el Barça. Mágico llegó al vestuario en el descanso y el equipo azulgrana goleaba por 0-3. Mágico se cambió, saltó a jugar el segundo tiempo y lo que pasó después no lo ha podido olvidar absolutamente ningún gaditano. El salvadoreño pisó el verde, ofreció un recital de juego, marcó dos goles, dio otro y su Cádiz del alma acabó remontando de manera increíble para ganarle al Barcelona por 4-3. Exhibiciones como esa lograron que el Barça se planteara su fichaje, a pesar de saber que Mágico era tan anárquico como indomable. El Barça le incluyó en su gira por Estados Unidos en 1984, junto a Maradona, pero el crack de El Salvador no llegó a fichar jamás por la entidad del Camp Nou. ¿El motivo? El Barça se alojaba en un lujoso hotel de California cuando sonó la alarma anti-incendio. Toda la expedición salió a la calle temiendo por su vida. El único que faltaba era Mágico. Se había quedado dentro de su habitación. Cuando fueron a buscarle, se encontraron que estaba profundamente dormido junto a una señorita. "Siempre he sido muy vago y aquel día me costaba mucho levantarme. Además, no había ningún incendio ¿Porque no hubo ningún incendio esa noche, verdad?".Aquello le cerró las puertas del Barcelona, de haber formado dupla atacante junto a Maradona. Muy a pesar de El Diego, que llegó a decir de El Mago que era "mucho mejor que yo. Yo vengo del planeta tierra. Él es de otra galaxia".

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Otro que llegó a pensar que Jorge González era un extraterrestre era el que fue su técnico, David Vidal. Encargado de hacer de poli malo con el salvadoreño, de cuidar que no se durmiera en mitad de la charla técnica y de que acudiera a cada entrenamiento, Vidal recuerda con pasión muchas de las anécdotas que vivió en primera persona junto a "Mágico". La que más recuerda y define al crack ocurrió en pleno vestuario gaditano, durante un partido en el que Jorge había sido castigado con la suplencia por una de sus ausencias injustificadas. David Vidal llegó al vestuario, echó una ojeada a sus jugadores y vio en un rincón, apartado, a "Mágico", al que estaban mirando todos sus compañeros. "Le miraba y no me lo podía creer. Estaba haciendo controles con un paquete duro de tabaco, de Marlboro. Pudo hacer 20 ó 30. Nos quedamos mirándole y era impresionante. Una naranja es redonda, pero un paquete de tabaco es rectangular - reflexiona Vidal-, algo asombroso. La sensibilidad que Dios nos ha dado a los humanos en las manos, a Jorge se la dio en los pies".

Aunque la anécdota más sonada de Mágico llegó en el Cádiz, su club más amado, donde el presidente Manuel Irigoyen llegó a ofrecerle un contrato fabuloso de 50 millones de pesetas al año. Irigoyen, un fan incondicional de Mágico, quería asegurarse que la magia no se movería del Carranza. Le llamó a su despacho y le hizo la oferta con una única condición. Mágico sobraría 50 "kilos" por año, pero con una cláusula por la que Mágico debería pagar medio millón de pesetas por cada acto de indisciplina que cometiera. Mágico miró a Irigoyen, se levantó de la mesa después de escuchar la oferta y espetó: "Presidente, si firmo eso acabo la temporada debiendo mucho dinero al Cádiz". Mágico dijo "no" y dejó de ganar cincuenta millones de pesetas. Normal, porque el propio Mágico sabía que era el peor relaciones públicas de sí mismo. "Mi palabra de honor vale menos que una moneda falsa de un duro". Si había alguien de quien no podía fiarse El Mago, era de sí mismo. Después de nueve años en España, ocho en el Cádiz y uno en el Valladolid, Mágico hizo la maleta y volvió a su país. Allí acabó sus escaramuzas peloteras en el FAS, club que le permitió jugar cómo y cuando quería, alternando días con noches y golazos con copazos. Cuando colgó las botas y se dedicó en cuerpo y alma a la almohada, Mágico dejó su perla más famosa: "Respeté al fútbol pero no me respeté a mí".

A día de hoy, Mágico González sigue siendo un icono en El Salvador, hijo meritísimo, un estado lleva su nombre y continúa siendo una leyenda en España. Su país le ha nombrado Mejor Jugador de El Salvador de todos los tiempos y el Cádiz le reconoce como Mejor futbolista de su historia. Su vida ha inspirado una telenovela, el guión de un documental y una obra de teatro. Localizarle resulta una misión casi imposible, duerme tres o cuatro días seguidos, no ha sentado la cabeza y reconoce que a alguno de sus hijos sólo le ha visto "un par de veces o ninguna, no lo recuerdo bien". Vive en estado de semi-mendicidad, ha derrochado su fortuna en alcohol y mujeres, no se arrepiente de haberlo hecho y tiene un negocio en perspectiva. "Ojalá fuera capaz de poner un prostíbulo. Con eso ganaría mucho dinero en mi país". Así es Mágico. Así es Jorge González. Un tipo que, como en la canción de Los Secretos, no podía explicar que se volvía "vulgar al bajarse de cada escenario". Un hombre que, con la pelota pegada a su pie, se ganó a pulso la inmortalidad. Mágico forma parte de la historia sagrada del fútbol. Fue el hombre que pudo reinar. Pero eso nunca le interesó. Era un espíritu libre. El fútbol le habría coronado Rey. Él, simplemente, no quería. Mágico fue el crack bohemio. Era capaz de darle más de cien toques seguidos a una mandarina con el pie, pero era incapaz de gobernar su propia vida. El Mago fue un malabarista respetado por el fútbol, pero que nunca se respetó a sí mismo. Su leyenda permanece en los corazones de Cádiz hecha cuarteta. Un grito al viento: "Oliendo a fresca y verde hierba aparecía por la izquierda un mago de San Salvador".

Rubén Uría / Eurosport

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