¿Os acordáis de cómo empezó esta Eurocopa para España? Con una lista controvertida y dos positivos por covid-19. Con una burbuja paralela y todos los jugadores entrenando individualmente. Con la prensa atacada y la afición con más ganas de pitar que de apoyar. Sin Sergio Ramos y sin capitán por la incomparecencia de Busquets. Sin gol y con el césped de La Cartuja maltrecho. Y con Morata soportando un vendaval de críticas, si es que a la mayoría se le pueden llamar así.
En un torneo corto como es la Eurocopa, cada detalle importa. A este grupo, mirado con lupa por su juventud y su falta de experiencia, le habría venido mejor no tener que ser anfitrión y vivir lejos de los focos, encerrados en una burbuja. Pero por otro lado, es una bendición poder jugar por fin con público, en Sevilla, una ciudad alegre y dispuesta a primero dar la mano antes de sacar el cuchillo. Mucho antes del 1-0 ante Polonia me di cuenta de que esta semana, pese a todo, el viento soplaba a favor para la Roja y que había motivos para ser optimistas. Y os explico por qué.
El partido cae en sábado. Un sábado de junio en Sevilla. A pesar de las medidas sanitarias, no hay terraza vacía en la capital hispalense desde el viernes por la tarde. No hay asiento libre en ningún AVE. A los jugadores se les recibe a la llegada al hotel Torre Sevilla con mayor efusividad que el domingo anterior, pasando de 30-40 personas a más de 200. Encima el tiempo acompaña: este fin de semana ha sido uno de los más atípicos de cualquier verano en Sevilla, acostumbrada a las más altas temperaturas. Por la noche ha refrescado tanto que incluso habría venido bien una chaqueta.
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En la Selección, las cosas mejoran por momentos. Los jugadores entrenan con normalidad, sin los sobresaltos de la primera semana, y el mismo día que el equipo viaja a Sevilla se confirma la gran noticia: Sergio Busquets supera el covid-19 y vuelve a la concentración. España vuelve a tener capitán y el recibimiento al centrocampista del Barça en Las Rozas es un homenaje en toda regla. Su regreso une más a la Roja, que tiene ante sí la oportunidad de ganar a un rival mermado tras la derrota ante Eslovaquia, donde perdió a uno de sus futbolistas más importantes, Krychowiak, por expulsión. Además, el ruido en Polonia era incluso peor que aquí, con filtraciones en la prensa de jugadores hastiados por la dureza de los entrenamientos y los largos viajes para disputar los partidos. La selección polaca tiene su cuartel general en Sopot, así que en total acabarán recorriendo más de 10.000 kilómetros al término de la fase de grupos. Casi nada.

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Y ya acabando, Luis Enrique sorprendió (para bien) con el once. Advirtió el viernes que jugarían Morata y diez más, pero ocultó si Gerard Moreno seguiría en el banquillo o jugaría con doble punta arriba, algo que muchos veían como imposible. El técnico asturiano decidió sin embargo darle la alternativa al buque insignia del Villarreal, y el plan le salió de maravilla. El delantero amarillo abrió los caminos de ataque a sus compañeros a través de sus uno contra uno y sus pases filtrados. Uno de ellos lo acabó mandando a las redes Morata, que pasó de los abucheos a los aplausos en un pispás. El VAR también se puso del lado español, dando por válido el gol y señalando un penalti en la segunda parte. Todo marchaba y la Roja se relamía ante una victoria que le acercaba a los octavos.

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Era todo demasiado bonito para ser cierto. A poco de arrancar la segunda parte, Polonia marcó en la segunda y única ocasión clara de la que dispuso en todo el partido, de la cabeza de un Robert Lewandowski que estaba siendo más o menos controlado por la zaga española. Gerard Moreno, que había provocado la pena máxima, se encargó de fallarla él mismo (había anotado los diez últimos con el Villarreal). Y Morata, que había fallado el rechace y otras dos ocasiones claras más, salió del campo abucheado de nuevo, como si el 1-0 de la primera mitad hubiese sido un sueño. Luis Enrique, en lugar de mantener un plan que parecía que estaba saliendo bien, decidió cambiarlo en busca del gol de la victoria. Sentó de nuevo a Gerard para sacar a Sarabia y acabó el partido sin nueve (tampoco es que haya más en la convocatoria), con un tridente (Sarabia-Oyarzabal-Ferran) inédito que apenas inquietó la portería de Szczęsny.
España pasó de tocar el cielo a hundirse en el fango. De tener la clasificación a octavos a tiro a no depender de sí mismo para ser primero y estar obligada a ganar en la tercera jornada. De tener un delantero rehabilitado a acabar rajando nada más acabar (“en este país criticar es gratis”). De dominar hasta meter atrás al rival, a controlar la posesión de forma insustancial. Y de no centrar la atención en el césped a clamar contra él nada más pitar el árbitro.

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Lo difícil de no haber ganado pero tampoco haber perdido, de que creamos que hay margen de mejora y sin embargo hay más limitaciones que nunca, es que esta vez es muy difícil aceptar una verdad única y verdadera. Queremos creer que el plan de Luis Enrique y de esta Selección es el bueno, lo era cuando arrancó el partido y dejó de serlo cuando el gol se resistía con 1-1. De ver el vaso medio lleno o medio vacío depende de cada uno, pero si hay una certeza en el fútbol es que el que marque más goles que el rival, gana. Tenga una o trescientas ocasiones. Y tiene pinta de que con Gerard-Morata arriba, será más fácil conseguirlo.
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