Antoine Griezmann levantará la cabeza esta sábado en el Wanda Metropolitano e identificará a muchos rostros conocidos enfrente. Postales de una época mejor en la que justificaba su apodo de El Principito, cuando se echaba a la espalda a un Atlético que se metió en dos finales de Champions. Sin embargo, Antoine eligió otro camino y lo gestionó de la peor forma posible.

Jugó con el sentimiento de muchos aficionados para promocionar aquel documental, El Dilema, en que participó como productor el mismísimo Gerard Piqué. Y finalmente decidió plantar al Barcelona después de que el vestuario azulgrana le abriese sus puertas. Lo hizo sospechando que aquello le granjearía el amor eterno de los atléticos, pero la parte más ortodoxa de la grada se desanomoró del francés por aquel coqueteo indisimulado con los azulgranas. No existen los atléticos a tiempo parcial.

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Y lo que es peor, doce meses después terminó huyendo al Camp Nou tras pagar el Barça 120 millones por su fichaje. Los atléticos le colgaron la etiqueta de mercenario al servicio del dinero y le instalaron en el olvido. Pero con lo que no contaba el francés era con el rechazo de un vestuario azulgrana que aún no se había sacudido la sensación de haber sido ninguneado por Griezmann con la resolución de El Dilema.

El tiempo, dicen, todo lo cura. Pero no es cierto porque el fútbol no olvida. El Príncipito abdicó en el Metropolitano y sobrevive hoy a duras penas en una República, la de Messi, donde sigue siendo mirado con recelo por muchos en el vestuario culé. Por no hablar de cómo es recibido en suelo atlético. Lejos queda aquel Griezmann que se convirtió en 'Le Roi' el verano de 2018 tras deslumbrar con Francia y ganar el Mundial en Rusia, para luego proclamarse Balón de Bronce. Un atlético en la cima del mundo futbolístico y mediático.

Pero hizo de trilero con unos y con otros y lo terminó pagando. A Griezmann, que era el Messi del Atlético, lo ficharon en el Barça para ser el nuevo Neymar. Hoy Griezmann no es ni lo uno ni lo otro. De hecho, hoy Antoine no es ni siquiera Griezmann. Es un futbolista lánguido y compungido que deambula por el campo en una posición que le incomoda, con un estilo de juego que no le favorece y perdiendo un protagonismo que le ha terminado por deprimirlo. En el Atlético solo bajó de 25 goles la última temporada, en la que ya coqueteaba con su salida. En el Barcelona marcó 15 goles en su primer curso y este lleva 2.

Poco le ayudan las críticas desaforadas de su entorno advirtiendo que Messi es un caudillo que le ha sentenciado y un dictador que bendice y condena a su antojo a sus compañeros de vestuario. Porque aún en el caso de que fuese verdad, eso sería argumento suficiente para que el argentino destierre al francés hasta el final de sus días como azulgrana. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Especialmente para Griezmann.

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