Antes o después apuestan, desde las oficinas del Atleti, que Thomas Lemar destacará. Sobre el césped se ha vestido con cuatro años de irregularidad, cuatro temporadas marcadas por un desigual rendimiento que se ha salpicado con altivas presencias retadas en cuentagotas. No obstante, el que en su día aterrizó como el fichaje más caro de la historia no ha completado las magníficas expectativas que arrastraba desde Mónaco. Ahora penetra en el último año de contrato. El club confía en renovarlo, pero, según el testimonio del asesor deportivo del francés, desde enero no recibe comunicación con la entidad rojiblanca. Mientras, desde el Metropolitano se filtraba que el jugador hacía oídos sordos a las llamadas de ampliación. El cambio de sentido público provocado por el futbolista deja abierta la puerta de salida hasta que decida mover ficha la dirigencia madrileña. Es evidente que el jugador se ha mostrado como más bonito que bueno, circunstancia que provoca cierta inseguridad a la hora de afrontar una renovación que transita entre la opacidad del momento y lo contradictorio de su juego.
Lemar firmó por el Atleti días antes del escaparate que suponía el Mundial de Rusia en 2018. El club difundió, como golpe de efecto gráfico, las renovaciones de Griezmann y Lucas Hernández, uniendo a éstos el anuncio de otro francés no muy popular para la plantilla. Aquella fotografía, en la que también aparecían en contra de la costumbre el dueño y el director deportivo, se ha terminado convirtiendo en maldita. En menos de doce meses, los dos que ampliaron el vínculo manifestaron el deseo de abandonar la causa rojiblanca aportando, eso sí, más de 200 millones de euros a la caja del Metropolitano. Lemar se quedó huérfano de amistades y aislado de su mejor protector, quien curiosamente dos años después, apareció para el reencuentro. Thomas es un chico discreto, silencioso, cabal, ajeno a la propaganda mediática y al ruido exterior. No ha terminado de encontrarse en Madrid, ni siquiera se ha distinguido como parte activa del buen hacer rojiblanco. Tal vez porque no es fácil encadenar como grupo dos partidos seguidos de aceptable desarrollo futbolístico.

Thomas Lemar

Fuente de la imagen: Getty Images

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La cuestión que se pregunta el aficionado rojiblanco es de qué juega Lemar. El debate se abre con desinterés en las tribunas, a quien interesa expresamente ganar. Pero Thomas no es un jugador sacrificado para la causa del esfuerzo. Tampoco es un hombre de recorrido de ida y vuelta. No es extremo, ni se fundamenta como organizador. Pero cuando contacta con el balón surgen cosas sobre la hierba. En realidad, su figura es la de un ‘10’ de los que han desaparecido en este fútbol de presente. Entonces, ¿el Atleti de Simeone juega con este estereotipo de futbolista? ¿Encaja el francés en el modelo de juego que pregona el exitoso entrenador argentino? Pues las dos cuestiones son de fácil respuesta: No. El esfuerzo del galo no transita por el desgaste físico, pese a que lo puede accionar aunque le cuesta. Quizá arranque aquí la explicación de las recurrentes lesiones musculares que padece. Por eso, sus números no son estrambóticos, ni siquiera relevantes. La afición se muestra decepcionada con un fichaje que se vendió estimulante, pero cuya fe en la adquisición ha decrecido. Incluso, la mayoría considera que el mejor tiempo de Lemar transcurrió y que no merece la renovación planteada.
Parece que el recorrido de vuelta se transmite esencialmente en un hecho. No olvidemos que estamos ante un campeón del mundo con Francia, aunque con escasa presencia en aquellos días en Rusia, pero al fin y al cabo, ganador. Sus registros de goles, por la aproximación al área contraria, también han disminuido de manera preocupante. Mientras que en Mónaco completó 22 goles en tres campañas, en el Atleti de Simeone ha cerrado 9 tantos en cuatro cursos. Todo demuestra la involución acaecida. Sin embargo, la entidad ha planteado la renovación, sin dar respuesta a la contra. Algo observarán en Lemar cuando el río suena. La cuestión es saber si el entrenador se encuentra en la misma sintonía y sobre todo por qué el galo se abre a continuar cuando él mismo es consciente de que su juego no es determinante para la causa ni encaja en este estilo confuso del cholismo. Aún así, queda abierta la apuesta. Quizá Lemar puede terminar siendo más bueno que bonito. O en eso confían los que le han planteado renovar y que ahora, oh señor, no contestan.
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