Se acababa la semana rojiblanca con un partido crucial y previo al parón liguero por los encuentros de selecciones sudamericanas. Arrastraba el equipo la decepción de la Supercopa, a la que sumar el fiasco de la Copa del Rey en San Sebastián. Dos duros golpes en la línea de flotación de Simeone y de los jugadores. Tan caliente se vivía el momento que al regreso del País Vasco se vivieron antiguas escenas que parecían del baúl de los recuerdos. El diario Marca informaba de las explicaciones que el técnico y algunos futbolistas se vieron obligados a otorgar a los cabecillas del grupo de seguidores ultras del club. Con nocturnidad, en el aparcamiento de la sede de entrenamiento, esperaban para conocer de boca de los protagonistas las impresiones de lo que sucede de puertas para dentro del vestuario. Porque de puertas para fuera era una evidencia que esa noche el Atleti de Simeone vivía una crisis de juego…y también de resultados. Sólo aquellos que participaron en el encuentro sabrán de verdad de lo que hablaron. Pero a algunos de los que habitan en el fondo sur del Metropolitano se les sintió comenzar a perder la paciencia.

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Con este clima saltaron los jugadores al césped para recibir al Valencia. En la hierba percibieron a una afición descorazonada, confundida y en plena división. El desenlace del descanso (0-2) provocó una bajada de decibelios a la hora de alentar a los futbolistas. Todavía se acentuó más cuando gran parte del estadio criticó con abucheos los cambios de Simeone. El sacrilegio se concentraba no tanto por la entrada de Cunha y la salida de Lemar. Los seguidores no daban crédito cuando era Felipe -uno de los más señalados unos días antes tras la derrota copera- quien reemplazaba a Joao Félix. Desde detrás de la portería donde atacaba el Atleti, algunos de sus ocupantes decidieron negarse a animar pese a que la remontada, por tiempo, aún era posible. Pero esas críticas al entrenador, el mismo que les había recibido en el campo de entrenamiento, enervaron a parte del grupo porque el técnico era ultrajado por la mayoría de la masa asistente, en lo que se comprendía como un error grosero del técnico. La afición se dividió y mientras unos cantaban y animaban, la hinchada más feroz guardaba un sorprendente silencio con el equipo derrotado. A quien le salió bien la apuesta no le quedó otra que cambiar hábitos y con el pitido final, saltar al césped para celebrarlo abrazando a los futbolistas. Era normal, el grado de adrenalina acumulado debía expulsarse por los poros de ese cuerpo.
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Tras un primer tiempo donde al técnico (y a la afición) le dolía el corazón, en el descanso se apeló a que si hay que perder, que al menos sea con orgullo. Precisamente, resultó la noche de la gente de los costados, especialmente la verticalidad de Carrasco, quien se mostró voraz cuando se le sitúa en la banda izquierda del ataque. También llamó la atención la suplencia de Correa, ocupante del banquillo en el primer tiempo. Su entrada al campo ayudó a revolucionar a los rojiblancos. Pero si el menudo delantero argentino vio puerta, las acciones ofensivas del belga recordaron a sus familiares a aquel chico que encaraba y regateaba una y otra vez en las calles de Ixelles, uno de los municipios multiculturales y diversos al sur de Bruselas dónde emigró la familia. Yannick terminó de formarse en el KRC Genk antes de firmar con 17 años por el Mónaco, donde se curtió cinco temporadas más. Los del Principado abonaron 450.000 euros al club belga, muy lejos de los 15 millones de euros que en el verano de 2015 terminó liquidando el Atleti en un fichaje sorpresa por la juventud y porque sus armas, regate y velocidad, comenzaban a asomarse con reiteración en la Liga francesa.
Los dos primeros años de Carrasco en Madrid no resultaron satisfactorios. Por su carácter introvertido no terminó de cuajar en el grupo y Simeone no encontró el mejor camino para exprimirlo. El joven Yannick tampoco supo conectar con la manada y se fue aislando en la caseta. Individualista y con tintes caprichosos, la dirigencia le abrió la puerta para colocarlo en China acompañando a Gaitán, otro proscrito del Cholo. Dos años naturales le duró la aventura en una operación financiera de difícil explicación. Al regreso, todos aquellos que recuperaban la relación con él coincidían, sin excepción, en el grado de madurez que había adquirido. Era otro Carrasco. Era la misma persona callada e introvertida, pero con nuevos modales y desterrando acciones pueriles. Madurez que también se ha visto desarrollada sobre el campo de juego, algo que ha terminado de convencer al técnico que hoy considera imprescindible al belga, bien como carrilero en cualquier costado, o bien más adelantado sin llegar a esa ubicación de delantero que también desempeñó en algunos partidos de la primera etapa rojiblanca.
Así las cosas, con 28 años y con contrato hasta junio de 2024, en el Atleti se muestran más que sorprendidos con la evolución de Carrasco tras aquel inesperado y sorpresivo periplo chino. En una temporada tan irregular y tan convulsa, el belga se ha convertido en uno de los pocos que se salva de la discreción general. Hasta conseguir, incluso, que Simeone admita en privado que la metamorfosis de Yannick, con espíritu de trabajo y sacrificio, sea una de las pocas noticias saludables de este extraño Atleti que todavía defiende el título de campeón de Liga.
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