Nadie debería morirse sin visitar Anfield. Sin sentir temblar el cemento bajo sus pies y que se le erice la piel escuchando a The Kop cantar el 'You'll never walk alone'. Un himno que sus aficionados han convertido en una canción de amor incondicional a un equipo y a una camiseta que es su patria. Nada es sencillo en una ciudad como Liverpool. Un lugar al que Sabina bien podría dedicar una de sus amargas canciones. Quizás eso explique que su capitán sea un tipo metálico poco dado a la exuberancia como Henderson. Pero esta noche enfrente se encontraron a la resiliencia hecha equipo: el Atlético de Simeone. Lo que es una redudancia porque uno no sabe si es más atlético Simeone o más cholista el Atlético.

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La renta de la ida (1-0 para el Atlético) panteaba un dilema: ¿defender el gol de ventaja o salir a marcar para sellar el pase? La duda la resolvió Saúl en los prolegómenos conversando amistosamente con un liverpoolian reconocido como Michael Robinson: "El plan es que no hay plan". Leer, interpretar, pensar, entender... Simeone exigía madurez a su gente y proponía un once en el que mezclaba el músculo de Saúl y Thomas con el potrero de Correa y la poesía de Joao Félix. Mientras que arriba no tenía dudas: delantero grande para partido grande. Diego Costa.

Se medían dos equipos capaces de atacar desde su defensa, de sacar brillo a cada pelota perdida o rebañar cualquier centro huérfano. Había dos síntomas a vigilar en el bando rojiblanco: la intensidad y los espacios. En lo primero quedó claro que este Atlético aprendió una dura lección en Turín. En el tema de los espacios la pizarra de Simeone colapsó los pasillos interiores y ordenó a los suyos cuidarse mucho de no perder balones. La primera hora del Atlético fue convincente, pero aún con eso Oblak se empleó a fondo no menos de tres veces. El carácter indómito de los reds aculó a los rojiblancos en su área, pero la primera hora del Atlético fue convincente más allá de que Oblak se emplease a fondo no menos de tres ocasiones. Todo parecía dominado hasta que en el minuto 42 apareció desde atrás Wijnaldum para cabecear solo a la red un centro de Oxlade-Chamberlain. Un gol en el que la segunda línea atlética pecó de dos cosas: falta de intensidad y desantención del espacio al que llegó el rematador. A empezar de nuevo. Cambiaba el plan, fuese cual fuese.

FC Liverpool - Atlético Madrid

Fuente de la imagen: Getty Images

Si mal acabó la primera parte para los colchoneros, peor empezó la segunda. Asediados, perdiendo la pelota instantáneamente y cada vez más metidos atrás. Tan mal lo debió ver Simeone que retiró a Costa y apostó por Marcos Llorente. Renunciaba a dar un croché para taparse la guardia buscando no encajar otro directo de los de Klopp. Oblak realizó dos paradas providenciales en el primer cuarto de hora. El Atlético languidencía aferrado al portero. El plan era aguantar. El plan era Oblak. En el minuto 66 Koke, que hace demasiado que no es el que era, perdió un balón y la jugada terminó con un remate de Robertson al larguero. Perdonaban los locales, sobrevivían los anfitriones. El Liverpool hacía muy ancho el campo con Alexander-Arnold y Robertson y al Atlético se le hacía muy largo sin delantero arriba. Los del Cholo aguntaron el chaparrón, estabilizaron el naufragio y estuvieron a punto de dar el golpe en la última jugada, con un gol de cabeza de Saúl en un remate claramente en fuera de juego. Oblak había llevado al Atlético a la prórroga. Tocaba plan nuevo...

El partido era un guerra entre la moral inquebrantable de los ingleses y la fe indestructible de los rojiblancos. ¿Creía más el Liverpool en la victoria o el Atlético en resistir? La duda pareció despejarse rápido, desafortunadamente para el Atlético, porque en el cuarto minuto de la prórroga una llegada local era rematada al palo por Firmino y posteriormente remachaba a la red por él mismo. El plan saltaba por los aires. Marcar un gol parecía una quimera imposible para un Atlético sin delantero que apenas pisó el área local. Pero dice el manual del cholismo que no puedes dejar de creer. y tan solo tres minutos después del gol de Firmino, un error de Adrián en el despeje cayó en los pies de Joao Félix, que habilitó a Marcos Llorente para que el exmadridista marcase el gol que clasificaba a los rojiblancos. El plan volvía a ser Oblak...

Y entonces volvió a ocurrir. Concluía la primera parte de la prórroga cuando Morata le mandó una pelota a Marcos Llorente, que entre tres rivales se sacó un derechazo que Adrián volvía a ver pasar camino de la red. La resiliencia atlética encontraba premio y a un héroe insospechado en un Marcos Llorente que se coronaba en Anfield. Restaban quince minutos y el Liverpool necesitaba dos goles. Se venía un asedio y Cholo se pertrechó con Giménez y tres centrales ante los cuatro delanteros locales. Épica y honor. Pero en esos terrenos se mueve bien este Atlético que escenificó una exhibición de cholismo cerrando todas la compuertas y asfixiando a un dignísimo Liverpool que dejó todo en el campo. Y en la última jugada del partido, con Anfield entonando el You'll never walk alone el Atlético montó una contra y Morata logró el gol de la victoria. La fe del Liverpool no era suficiente, porque enfrente estaba el Atlético, la resiliencia hecha equipo. Ya lo cantaba Sabina... "¡Qué manera de creer, qué manera de sufrir, qué manera de aguantar!".

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