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Vida de Alberto

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PorRubén Uría
23/12/2009 A las 23:49
@rubenuria

Hace 25 años, había más verdad en el deporte. En esos años, generaciones de jóvenes crecimos ajenos a que nuestras pasiones, nuestros mitos y nuestros ídolos acabarían, con el paso del tiempo, siendo juez y parte de un cochino negocio.

Hace 25 años el deporte era cosa de dioses, ídolos y hombres, pero se resistía a ser una caja registradora. En aquellos maravillosos años, España disfrutó de un equipo ciclista patrocinado por una marca de mecheros, el Equipo Zor. Aquel conjunto se ganó el respeto del pelotón y de la opinión pública por sus batallas épicas y por su filosofía de hacer del ciclismo un deporte de ataque. Era un grupo humano puro fósforo en la cajetilla, con pirómanos de escapadas eternas cuando la carretera se endurecía y las piernas se volvían de madera. Juan Fernández, Faustino Rupérez, Rodríguez Magro, Eduardo Chozas, Álvaro Pino o López Cerrón eran la viva estampa de Homero sobre una bici. Zor era un ejemplo dentro del pelotón. Era el espejo perfecto donde podían mirarse los niños que soñaban con ser ciclistas. Pero sobre todas las cosas, era una manera de vivir la vida. Una filosofía de hacer las cosas. Una manera de vivir. La mejor prueba del distintivo del equipo Zor era su gusto para los pequeños detalles. Por ejemplo, en todos los membretes de los contratos profesionales que Zor ofrecía a sus ciclistas, podía leerse la siguiente declaración de intenciones: "Firme aquí si se compromete a ser una buena persona y un profesional intachable. Si usted cumple con su parte, nosotros nos comprometemos a hacer de usted un gran ciclista". Aquellos contratos eran un juramento de deporte y vida. Un compromiso épico y vital.

Alberto Fernández Blanco, más conocido como "El Galletas",- apodado así porque residía en Aguilar de Campoo, localidad con diversas factorías galleteras- fichó por Zor a comienzos de los ochenta, adquiriendo ese sagrado compromiso de ser una buena persona y un profesional intachable. Zor hizo el resto, le convirtió en un gran ciclista. Hijo de constructor y ama de casa, Alberto tenía vocación de rodador, aunque su padre siempre se empeñó en que se subiera al andamio. Por fortuna para Alberto, el pedal tiró más que el mono. Después de unos años de fulgurante despegue y varios triunfos sonados, "El Galletas" firmó por Zor y pasó a ser un miembro más de la familia que dirigía el visceral Minguez. Había sido décimo en el Tour de Francia de 1982, había maravillado a la crítica subiendo al podio del Giro de Italia en 1983 en su primera participación y había sido tercero de la Vuelta a España del '83. Hace 25 años, Alberto Fernández atacaba en la séptima etapa de la Vuelta y sacaba de rueda a todos sus grandes rivales, como el italiano Francesco Moser. A su rueda aguantó un francés desconocido, un tal Eric Caritoux, que atacó en el último kilómetro y llego a meta con 51 segundos de diferencia. "La Cenicienta" Caritoux cogió el amarillo en Lagos de Covadonga, lo conservó en el Naranco y llegó a la contrarreloj de Torrejón de Ardoz con 37 segundos a administrar en 33 kilómetros.

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Aquel día, media España estaba pendiente de saber si "El Galletas" sería capaz de salir de amarillo de Torrejón. En la víspera de la crono, mi padre me aconsejó que buscara un buen chubasquero. Le pregunté el motivo, me sonrió y me dijo en mitad de la comida: "¿No querías verde de cerca de Alberto Fernández? Busca un chubasquero que cojo el coche y vamos a Torrejón". Alberto era mejor rodador, tenía a todo un país detrás y estaba convencido de remontar la diferencia. Sin embargo, la lluvia regó aquella carretera y convirtió el asfalto en una piscina sobre la que fue casi imposible rodar sin caerse. Cientos de personas nos agolpábamos en una larga recta de Torrejón, en el centro urbano. Mi padre me alertó: "Ahí viene Alberto hijo, mira, el traje del Zor". Y Alberto pasó, jugándose la vida, a toda pastilla, por delante de nosotros, bajo una cortina de agua. Estaba poniendo toda su vida sobre la bici. Unos instantes después, una mancha amarilla hacía aparición en la lejanía. Era Eric Caritoux, levantado del sillín y echando el corazón por la boca a golpe de riñones. La tromba de agua arreció, mis botas katisukas estaban llenas de barro y el transistor de mi padre se había quedado sin pilas. "Corre Rubén, vamos al coche y así nos enteramos del final de etapa. Ha dicho José María García que esto va a ser no apto para cardíacos". A la carrera, empapados, llegamos al Chrysler rojo de mi padre. Entramos, giramos la ruedecita de la radio del coche y una voz aflautada, reconocida y quebrada nos dejaba helados a padre e hijo: "No ha podido ser...El agua ha frenado a Alberto, que sólo ha podido sacar al francés 31 segundos". A mi padre se le escapó un "joder qué putada" y a mí se me cayó una lágrima del tamaño de una bellota, que tardó una eternidad en recorrerme la mejilla. Alberto había perdido la Vuelta. "El Galletas" se quedó a sólo seis segundos de la gloria, y por la noche, Supergarcía dio a conocer que era la menor diferencia de la historia entre el ganador final yel segundo en la Vuelta Ciclista a España.

Un año después, en plena sobremesa familiar, se cuela en mitad del pollo asado de la receta de mi madre un sonido inconfundible, una alerta. Boletín informativo de Antena 3 Radio. Es un 14 de diciembre de 1984. Mi padre piensa en voz alta: "Silencio, que algo ha debido de pasar....". Y algo había pasado. El altavoz escupía malas nuevas: "Noticia trágica en el mundo del deporte. Según ha podido saber Antena 3, acaba de fallecer, víctima de un accidente de tráfico, el ciclista español Alberto Fernández, al igual que su esposa". Fernández venía de recoger el premio al Mejor ciclista Español del Año. Se dirigía a Aguilar de Campoo, donde iba a recibir un homenaje. Un Citroën CX había invadido el carril contrario, por donde "El Galletas" regresaba junto a Inmaculada Sainz, Macu, su señora, que viajaba en el Renault 11, que quedó destrozado en la N-I. Aquel trueno informativo, aquel mazazo del destino, truncaba la trayectoria de uno de los deportistas más bravos, carismáticos y queridos por la afición. "El Galletas" perdía la vida a los 29 años. Una vez concluido el boletín de Antena 3, miré a mi padre. Esta vez, cambiaron los papeles vividos en la contrarreloj de Torrejón. Era por la mejilla de mi padre por la que resbalaba una lágrima del tamaño de una bellota.

Hace 25 años que Alberto nos dejó. Fue buena persona y un profesional intachable durante toda su vida. Zor se encargó de hacer todavía más grande su esfuerzo en la carretera. Y la carretera, paradojas del destino, segó su vida aquella maldita mañana de diciembre. Después todos subimos el Tourmalet con Perico Delgado. Más tarde coronamos Val Louron con Miguel Indurain y contamos los minutos de diferencia de Miguelón con el resto de mortales en la crono de Luxemburgo. Hasta cinco años consecutivos. Hoy, nuestro corazón palpita al golpe de riñón de un pinteño, Alberto Contador. Hace 25 años, los niños del barrio queríamos ser Alberto Fernández. Su hijo, que tenía tres añós cuando su padre se mató en la carretera, también quería ser como su padre. Por eso es ciclista profesional y corre en el Xacobeo. "El Galletas", en cualquier lugar del Reino de los Cielos, estará orgulloso de él.

Rubén Uría / Eurosport

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