Se cayó con todo el equipo cuando dos periodistas del Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, investigaban un asunto de poca monta, hasta que su "garganta profunda" les puso sobre la pista de toneladas y toneladas de basura. En la noche del 17 de junio de 1972, cinco "fontaneros" robaron documentos y pincharon teléfonos en las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata, situado en el complejo Watergate, siguiendo instrucciones directas de la Casa Blanca. Los intrusos (James W. McCord, Bernard Barker, Frank Sturgis, Eugenio Martínez y Virgilio González), habían penetrado en el complejo Watergate para obtener archivos de los demócratas sobre las relaciones comerciales del hermano del presidente con el millonario Howard Hughes. Hace unas horas nos hemos desayunado con una información que publica "El Periódico de Cataluña", donde se detalla cómo el Fútbol Club Barcelona espió e investigó las actividades de cuatro vicepresidentes del club por orden de un dirigente de la entidad, de cara a las próximas elecciones a la presidencia en 2010. De los cuatro, tres podrían ser los sucesores de Laporta en las elecciones. Según la versión oficialista, Laporta se ha enterado de todo esto por los periódicos.
En su día, Nixon negó la mayor y delegó en varios de sus colaboradores para que pararan el golpe. En el caso del Barça, el marrón le ha caído, en primera instancia, a Joan Oliver i Fontanet. Quien, teledirigido o no, ha puesto el listón de despropósitos muy alto. (¿Tendrá contacto directo con Gil y Cerezo?). Oliver, con cara de cemento armado, ha soltado por su boca, sin rubor alguno, que el Fútbol Club Barcelona se ha dedicado a espiar a cuatro de sus vicepresidentes "únicamente por su bien". Ha calificado el espionaje como una "auditoría de seguridad que hace bien al club". Y de postre, ha sostenido que Laporta no tenía conocimiento de lo que allí pasaba porque en el Barça "sólo se informa acerca de cuestiones relevantes". Atención, pregunta: ¿No es relevante que el Barcelona decida investigar a cuatro personas? ¿No es relevante que tres de esos cuatro hombres del presidente puedan ser los próximos sucesores de Laporta? No hace falta ser Woodward o Bernstein para inferir, de las palabras de Oliver, que su única misión era exculpar a Laporta. Oliver, que ha bordado su papel con cara de empate a cero, se ha comido el marrón. Con el viejo juego de mostrar y contar. Oliver no quiso mostrar nada, así que con eso, lo ha contado todo.
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Si Laporta estaba al tanto del espionaje a sus vicepresidentes, debería dimitir por dignidad. Y si no lo sabía, también, por omisión en sus funciones. Cabe suponer que los socios del Barcelona tendrán interés en depurar responsabilidades primero, y en saber si Laporta conocía o no a qué se dedicaban los "fontaneros" que espiaban a sus vicepresidentes. Quizá Olivér no mienta y Laporta sea más tierno e inocente que Bambi. Puede ser, porque hace tiempo que Laporta no tiene tiempo para dedicárselo al día a día del club. Está demasiado liado. Un día es colaborador de Carod-Rovira (al que no le gusta que le llamen José Luis), otro día hace apología del yoísmo en su libro, al siguiente es cabeza de una manifestación independentista y en las últimas horas, se ha dedicado a lucir palmito diciendo que España está machacando a Cataluña. No hace falta ser Carl Bernstein o Bob Woodward, ni trabajar en el Post, para saber que Labora disfruta formulando ideas tan rimbombantes como la de la República Independiente del Barça. Un simple y burdo plagio de IKEA, que llegó a ese eslogan mucho antes que Laporta.
A pesar de que estaba de barro hasta el cuello, Richard Nixon negó hasta la saciedad estar al tanto del Watergate. Todo cambió cuando aparecieron las cintas con conversaciones grabadas (The Smoking Gun), lo que obligó al presidente a dimitir. Más tarde, el epitafio final de Nixon llegaría con la serie de cuatro entrevistas que el periodista británico David Frost le hizo en 1977; entrevistas en las que el periodista consiguió que el ex presidente reconociera que había encubierto el Watergate. No se sabe si Laporta estaba al tanto del espionaje a sus vicepresidentes o no. No se sabe si existen grabaciones que aporten pruebas. Lo que parece claro es que Laporta no va a presentar su dimisión de manera irrevocable. También resulta fácil de entender que Laporta, ni mucho menos, se someterá a un tercer grado periodístico, porque prefiere los masajes radiofónicos de madrugada. Y por supuesto, existe un paralelismo claro y notorio entre lo que pasó en el complejo Watergate y lo que ha pasado en la sede del Camp Nou. Al señor Oliver no le ha dolido en prendas reconocer que le habría gustado poder ejercer la fontanería "con más discreción", es decir, que el espionaje jamás se hubiese visto reflejado en los periódicos. A Richard Nixon, en su día, también le habría gustado un poco más de discreción.
Rubén Uría / Eurosport
Nota: Con su actitud y sus formas, Laporta hace un funesto favor a todos aquellos que se han enamorado (nos hemos enamorado) del fútbol del Barça. El equipo de Guardiola, el mejor del mundo a día de hoy, debería estar dirigido por un señor que entienda su camiseta no como un acto político, sino como un sentimiento universal. Laporta es un presidente empeñado en hacer pequeño al equipo que, a día de hoy, es el más grande del mundo. Pero el Fútbol Club Barcelona es mucho más grande que una carrera política, una República Independiente o un café con Carod-Rovira. Es, quiera Laporta o no, un club de fútbol. Uno de los más grandes del mundo. Apto para todos los públicos y abierto a todas las ideologías.
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