Madrid, 16 abr (EFE).- La intolerancia también es un virus. Una de sus víctimas fue hace 52 años la gimnasta checoslovaca Vera Caslavska, triple campeona olímpica en Tokio 1964 que estuvo a punto de ser excluida de los Juegos de México'68 por represalias políticas.

Su escapatoria fue el aislamiento. Y los aparatos que le permitieron seguir con sus entrenamientos, los troncos y las ramas de los árboles.

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En este 2020 marcado por los efectos letales del coronavirus, otro gimnasta, el holandés Epke Zonderland, también emplea las ramas más firmes de los bosques de Heereveen para hacer dominadas y elevaciones de piernas y mantener la forma mientras se prolongan las medidas de confinamiento.

Zonderland, uno de los mejores especialistas en barra de la historia de la gimnasia, es un gran amante de la vida al aire libre. Hijo de un granjero, buen conocedor del campo y de los animales, aprovecha estas semanas sin competición para cultivar su huerto, cuidar del jardín de su casa y, siempre que puede, colgarse de los árboles para ejercitar los brazos.

Apodado 'el holandés errante' o 'el holandés volador' por sus sueltas de máximo riesgo en la barra, Zonderland, que hoy cumple 34 años, intentaba sumar los puntos necesarios para acudir a los Juegos de Tokio cuando se vio obligado, como al resto de sus rivales, a aislarse en su domicilio.

Campeón olímpico en 2012 y tres veces campeón del mundo después, siempre en la modalidad de barra, Zonderland desvela en unas declaraciones a la Federación Internacional de Gimnasia (FIG) que al lado de su casa hay un gimnasio cerrado y en obras, al que accede a veces, en completa soledad, para entrenarse. Allí le han permitido instalar "una barra y unas cuantas colchonetas" para practicar sus ejercicios por las mañanas.

Por las tardes sigue un plan de entrenamiento en su casa. "Y la naturaleza también juega su parte: Zonderland se ha aficionado a emplear las ramas de los árboles para hacer elevaciones y dominadas", cuenta la web de la FIG.

Los Juegos de Tokio serían los cuartos para Zonderland y, probablemente, su despedida de la competición. Licenciado en medicina, quiere hacer pronto un máster para comenzar a ejercer esa profesión y también desea cuidar de su hijo Bert, que tiene ahora 18 meses.

"Realmente me gusta todavía la gimnasia, pero tengo ya ganas de dedicar mi tiempo a otras cosas", comentó Zonderland.

Como 'el holandés errante', también Vera Caslavska pasó a la historia de la gimnasia con un apodo particular, 'la novia de México'. En su caso no fue una metáfora: tras ganar seis medallas en los Juegos Olímpicos disputados allí en 1968, contrajo matrimonio en la Catedral de México con el mediofondista Josef Odlozil, también checoslovaco. Asistieron a la boda más de 100.000 personas. Todo México adoraba a la pareja, que para llegar allí había sufrido lo suyo.

En enero de 1968 un abogado de brillante trayectoria llamado Alexander Dubcek fue nombrado primer secretario del Partido Comunista Checoslovaco. Tras dos décadas de férreo control político por parte del aparato, la llegada al poder del "socialismo de rostro humano" de Dubcek trajo una serie de reformas aperturistas que fueron bautizadas como 'La Primavera de Praga'.

Moscú frunció el ceño y amenazó con restablecer el orden, su orden.

El escritor Ludvik Vaculik redactó el Manifiesto de las Dos Mil Palabras, animando al pueblo a defender las reformas y resistir a las presiones soviéticas. Entre las firmantes del documento figuraba Vera Caslavska.

La reacción soviética, con la invasión de Checoslovaquia para sofocar la revuelta, fue fulminante. La gimnasta temió por su vida y por su carrera y huyó a Sumperk, un pueblo en las montañas, para preparar los Juegos de México sin ser detenida. Allí pasó su propio confinamiento.

Con 26 años y cinco medallas olímpicas ya en su poder, Caslavska cambió los gimnasios de élite por la soledad de un bosque frío. Practicó su ejercicio de asimétricas en las ramas de los árboles, el de barra sobre un tronco derribado y el de suelo haciendo piruetas en el campo. Solo en el último momento obtuvo permiso para viajar a México con la delegación checoslovaca.

Terminó su participación con oro en concurso completo, suelo, salto y asimétricas y plata en barra y por equipos. Sumadas a las medallas de Tokio'64, esos títulos la convirtieron en la única gimnasta, hombre o mujer (y lo sigue siendo) en ganar alguna vez todas las pruebas olímpicas.

Una puntuación sospechosamente baja le quitó el oro en barra. Y, en suelo, una revisión insólita de la nota le obligó a compartir la victoria. En ambos casos, en beneficio de una gimnasta soviética. Caslavska, rebelde, bajó los ojos y no miró ni a sus rivales ni a sus banderas cuando sonó el himno del país invasor.

Comenzó entonces el definitivo aislamiento, el más doloroso. En Moscú fue declarada persona non grata por su desplante al himno soviético. Lejos de asustarse, Caslavska regaló una de sus medallas a Dubcek. Cuando este fue desalojado del poder, la gimnasta fue condenada al ostracismo y obligada a retirarse. Tras negarse a borrar su firma del Manifiesto de las Dos Mil Palabras, también se le prohibió entrenar, aunque lo hizo a escondidas.

Para derrotar al virus de la intolerancia tuvo que esperar hasta el triunfo en 1989 de la Revolución de Terciopelo, liderada por el dramaturgo Václav Havel. El nuevo presidente la nombró su asesora para asuntos deportivos. Presidió el Comité Olímpico Checo entre 1990 y 1996 y fue miembro del COI entre 1995 y 2001. Una rehabilitación tardía, pero en toda regla.

Murió de cáncer en 2016, a los 74 años.

Natalia Arriaga

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