Sostiene Martín Caparrós, argentino volcánico como pocos, que "la magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese en una cuestión que, en principio, no le interesa en lo más mínimo". Y eso, en la época que vivimos, tiene más mérito. La revolución digital ha condenado a los cronistas a un limbo decadente muy alejado de la popularidad de la youtubers y del poder de los influencers.
Sin embargo, en medio del universo digital al que nos somete la dictadura del wifi de nuestros hijos es necesario reivindicar los dos pilares fundacionales del periodismo: el buen leer y el mejor escribir. Y señalar de paso a esos que, como advertía Caparrós, anfitrión madrileño de un buen amigo y mejor cronista (Ezequiel Fernández Moores), despiertan en el lector el interés por temas a priori intrascendentes para el gran público.
Nunca me llamaron especialmente la atención los toros porque soy más de ceñir, de sextantes y de ases de guía. Pero tengo en casa un libro que releo con frecuencia, las 'Crónicas taurinas' del maestro Joaquín Vidal (cuya foto icónica de El País en el tendido de Las Ventas ilustra este artículo). Literatura periodística que esconde bajo su excelsa prosa alejada del barroquismo el compromiso innegociable del cronista con el toreo. Lo que explica su valentía para afear incómodamente la faena a poderosas figuras de los cosos o elogiar insospechadamente a parias de los ruedos por gestos que pasan inadvertidos en los tendidos más populares. Vidal emocionaba por los belleza de lo que sacaba de las entrañas de su vieja máquina de escribir, pero sobre todo, sobrecogía con su sabiduría y determinación dejando siempre una lección latente entre las líneas de sus escritos.
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Otro de los cronistas que ha elevado a la categoría de referencia sus crónicas periodísticas, en este caso sobre el enigmático mundo del ajedrez, es Leontxo García. Si en Vidal destacaba el compromiso descarnado del autor, los escritos de Leontxo brillan por su apuesta pedagógica al contextualizar partidas que terminan por convertirse en tratados de historia, en brillantes disquisiciones sociológicas o en inquietantes relatos dignos de Hitchcock en los que se adivinan espías entre las luces y sombras del tablero. Más que testigo lúcido ha sido protagonista de desenlaces históricos que han multiplicado exponencialmente su belleza tras pasar por el filtro de su pluma clarividente.
Hay otros ejemplos como el ciclismo y las crónicas del introspectivo Carlos Arribas, los maravillosos artículos de boxeo de don Manuel Alcántara, la gimnasia que colorea con sabiduría Paloma del Río desde hace décadas en Televisión Española, aquel rugby litúrgico de Trecet, los insondables conocimientos que salpican las retransmisiones de la NBA de Antoni Daimiel... Cronistas que han logrado despertar en los lectores el interés por sus relatos gracias a rasgos comunes en todos ellos como el conocimiento enciclopédico de lo que hablan, el trato pedagógico de sus aportaciones y el respeto venerable por sus protagonistas.
En medio de la mediocridad que satura las retransmisiones deportivas protagonizadas por locutores desinformados y comentaristas gradilocuentes, aún sobrevive una estirpe de venerables cronistas que respetan tanto su trabajo como a los deportistas dos que hablan.
De Dante Panzeri, el autor de la reverenciada 'Fútbol: la dinámica de lo impensado', se tiene un concepto casi filosófico. Pero Panzeri fue mucho más que un periodista aspiracional, como alguno sostiene. Se trataba de un tipo que criticó con ferocidad a los poderosos del fútbol argentino de la época. Un ilustrado kamikaze que pasó épocas muy duras sin medios donde escribir ni dinero que llevarse al bolsillo. Amaba el fútbol tanto que lo defendía con una vehemencia, digamos, poco pragmática. Un ejemplo de ello fue su despido de El Gráfico porque se negó a publicar una columna del ministro de Economía, Álvaro Alsogaray. El día que murió se supo que Dante había ganado el juicio contra la televisión que le echó por criticar a quien no debía. Panzeri sostenía que "el periodismo tiene una función pedagógica, no escenográfica". Vidal, Leontxo, Arribas, Del Río lo entendieron así. Y nosotros lo disfrutamos.