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Blog De la Calle: Ladrones de espacio y tiempo

Blog De la Calle: Ladrones de espacio y tiempo

El 25/03/2020 a las 10:54Actualizado El 25/03/2020 a las 11:30

El 26 de octubre de 2019 Inglaterra jugó en Yokohama el, para muchos, mejor partido de su historia. En la semifinal del Mundial de Japón y ante los All Blacks. Un partido que esconde muchas historias antes, durante y después del encuentro. Un choque que Eddie Jones llevaba cuatro años preparando a conciencia. Esta es la intrahistoria de ese partido legendario.

El 26 de octubre no ocurrió nada diferente a cualquier otro día. Salvo que Inglaterra despertó en un hotel situado en el corazón de un parque temático junto a Mickey Mouse. No parecía el entorno más apropiado para preparar un duelo ante los All Blacks que llevaban esperando cuatro años, pero con Nueva Zelanda atrincherada en el céntrico Conrad Hotel, Eddie Jones había descartado regresar al Keio Plaza. El hotel era majestuoso, pero estaba enclavado en el bullicioso distrito de Shinjuku y el seleccionador decidió huir del neón de las discotecas y los karaokes que reunían cada noche a miles de jóvenes nipones a los pies de los rascacielos. Por eso resolvió llevarse por sorpresa a los chicos hasta el Hilton Tokyo Bay, enclavado en el Disneyland Resort. “Un poco de magia no nos vendrá mal”, apuntó con retranca Jonny May al entrar en el hotel provocando las risas de sus compañeros.

Pese al trasiego que registraba en el hotel en las horas previas a la semifinal, la selección inglesa logró abstraerse y mantener sus rutinas clásicas prepartido. La noche anterior Eddie Jones y Owen Farrell reunieron al equipo en un ambiente distendido en el que compartieron las últimas sensaciones antes de irse a la cama. Era en esos momentos donde Jones, un sargento de hierro obsesivo, demostraba, entre chanzas, su valía como motivador descubriendo detalles insignificantes del rival a sus jugadores. Como cada noche antes de un partido importante, a muchos les iba a costar dormir por la tensión del partido. Por eso el doctor pasó por las habitaciones repartiendo algunos remedios para facilitar el descanso. Más efecto placebo que otra cosa. A quien no le iba a hacer falta es a Elliot Daly, que mantendría su rutina de sueño de ¡12 horas!

Poster promocional del Inglaterra-Nueva Zelanda

Poster promocional del Inglaterra-Nueva ZelandaEurosport

Aquel sábado arrancó con un energético desayuno antes de que se reunieran los tres cuartos para acabar de pulir algunos movimientos, mientras los delanteros se atrincheraban en una sala para terminar de perfilar las estrategias de touch ante los All Blacks. El saque lateral es una de las plataformas de relanzamiento del juego preferida por los kiwis y la orden era cortocircuitarla. Unos ejercicios rápidos de activación tras una comida ligera y la rutina finalizaba con las palabras de Eddie antes de subir al autobús. Sería la última vez que Jones se dirigiría a sus jugadores antes del partido. Hacía años que el técnico desterró la charla previa en el vestuario “porque distrae al jugador y rompe su concentración. Para entonces ya saben perfectamente lo que deben hacer y lo que no. Llevamos una semana viendo vídeos de tipos a los que conocen a la perfección porque son rivales desde hace años”. Jones siempre se ha rodeado de asesores como el larguirucho Steve Borthwick, entrenador de touch y excapitán inglés, al que siempre se escucha vociferar en los entrenamientos: “¡Quiero que sepáis el número que calza el tío que va a saltar delante vuestra y hasta qué desayuna!”. Y concluye con una cantinela que sus jugadores recitan a coro con él entre risas: “¡Quiero que soñéis con él!".

Los gladiadores ingleses comenzaron a subir al autobús en modo Combate. Cada uno se refugió en su protocolo particular. No había música ni gritos. Había más silencio del que uno imagina. Se masticaba la tensión. Los jugadores se aislaban con sus auriculares, discretos los de unos, calculadamente pretencioso los de otros. Es lo mismo que llevan haciendo desde que tenían 16 años, cuando comenzaron a competir en serio. Aislarse, repasar los detalles, visualizar el partido... Al fondo Courtney Lawes, ajeno a la tensión del momento, ojeaba con su parsimonia habitual uno de sus cómics. Jones lo observaba con curiosidad. Siempre se ha dicho que los jugadores de rugby pierden el instinto asesino cuando se convierten en padres, pero el gigante de Hackney rompe esa teoría. Padre de Nelly (6 años), Teddy (4) y los gemelos Hugo y Otto (2) se sigue transformando en un exterminador cuando salta al campo. En uno de esos superhéroes que protagonizan las historietas que colecciona desde pequeño. Para Courtney cada partido es eso: solo un partido, pero es EL partido.

Fue precisamente un neozelandés, el incorregible Dylan Hartley, quien implantó muchas de las rutinas que se mantienen vigentes en el grupo actual. El kiwi fue el capitán más malencarado del XV de la rosa y el peor visto por los puristas ingleses. El carnicero de Rotorua, como le bautizaron al fichar por Northampton Saints, prohibió la música en el vestuario. “Hay muchachos a los que les distrae y eso lo paga el grupo. Cada uno tiene sus manías y sus costumbres”, argumentó con su pesado acento kiwi. Maro Itoje sonríe al cruzarse con Kyle Sinckler, que entra corriendo al baño. El larguirucho ha aliviado la vejiga mientras el pilar acude presto a cumplir una de las rutinas más celebradas en el vestuario inglés. Sinckler vomita frecuentemente para sacarse los nervios y la tensión de encima. No es el único, Jordan Turner-Hall también es de los suyos.

Eddie Jones.

Eddie Jones. Eurosport

Se va acercando la hora y la mayoría de las órdenes que se escuchan salen de la boca de Farrel y de Jamie George. Itoje, joven al que la prensa inglesa ha bautizado como El Elegido, comenta con Lawes un par de detalles previos al duelo que escenificarán ante probablemente la mejor segunda línea del mundo, la que conforman los gigantes kiwis Brodie Rettalick y Sam Whitelock. No mucho más allá, aislado del mundo, termina de vendarse los muslos el Yankee. Así apodan algunos a Samuel Gregory Underhill, un chico de 23 años nacido en Ohio que se ha ganado el respeto de sus rivales y sus compañeros a base de trabajo y de no hacer caso a quienes le advertían que no tendría futuro en el rugby. Hizo la maleta después de debutar con Gloucester a los 18 años y se marchó a Gales buscando minutos en los Ospreys, donde aprendió el oficio de tercera línea y se forjó una fama en el negocio, hasta el punto de que Eddie Jones le incluyó en el casting que organizó el verano de 2017 en un Tour por la Argentina de los Pumas. En aquel viaje Underhill, que ya había anunciado su regreso a Inglaterra para enrolarse en el ceremonioso Bath, hizo migas con Tom, un tercera de la cantera de Sale al que precedía su fama de “revienta-tres-cuartos” junto a su hermano gemelo.

Faltaban minutos para jugarse la semifinal de una Copa del Mundo y allí estaban los dos, Sam y Tom, 23 años el primero, 21 el segundo, a punto de salir a cazar All Blacks. Eddie los había bautizado socarronamente como los ‘Kamikaze Kids’, terminó que alcanzó mucho éxito en las portadas de los periódicos, y tras convertirse en el terror del breakdown en Europa, aspiraban a coronarse en el Mundial de Japón. Durante los días previos el seleccionador inglés había insistido hasta la extenuación en un concepto: “robarles el espacio y el tiempo. No hay que llegar a disputar la patada arriba, hay que llegar justo cuando la reciban, en esa décima de segundo en la que están expuestos y son vulnerables porque no están aún posicionados para defender el contacto. Entonces nuestros placajes serán ganadores y convertiremos la defensa en nuestra arma de ataque”.

“Robarles el espacio y el tiempo”, balbuceaba Curry a Underhill mientras rodeaba su cabeza con una bincha, como dicen los argentinos, blanca para proteger sus orejas. Jones era un maestro a la hora de verbalizar sus planes de juego y transmitirlos a los jugadores y había plasmado su estrategia para ganar el Mundial bajo ese axioma: “Robarles el espacio y el tiempo”. Pasó junto a ellos Ben Youngs, que paseaba como un león enjaulado por el vestuario esperando el momento de saltar al campo. Farrell, sentado junto a Ford, le dio un codazo al apertura señalando con un leve gesto de ojos al espídico medio melé, lo que arrancó la sonrisa del 10. Jones insistía con la fórmula de dos playmakers, con Farrell a la espalda de Ford, para utilizar su pie y poner en juego a su línea. Además, la presencia de Farrell blindaba defensivamente el canal de los medios ingleses, donde Youngs y Ford se movían como dos cervatillos rodeados de tigres. En ataque Farrell formaba sociedad en el mediocampo con el descomunal Manu Tuilagi. El pequeño de una legendaria saga y el único que prefirió vestir la camiseta inglesa a la samoana, cosa que sí hicieron sus hermanos Henry, Freddie, Alesana, Anitelea y Sanele. Manu había roto por fin en Japón en jugador maduro, después de que muchos le dieran por perdido para el rugby de élite por su mala cabeza. Pero Jones, un experto en las causas perdidas, había identificado en Tuilagi al impact player que necesitaba su línea y lo recondujo.

Llegó el momento de saltar al campo y Owen Farrel cedió el honor de liderar la formación a Billy Vunipola, que cumplía 50 caps con Inglaterra. El 8 no hizo ni el ademán de levantar la vista al cruzarse con la Copa William Webb Ellis a la salida del túnel, concentrado como iba en sus primeras pisadas sobre el césped. Detrás de él, Owen Farrel, George Ford, Sinkcler… Al otro lado, Kieran Read, Sam Whitelock, Beauden Barrett, Aaron Smith…

Sonaron los himnos y los All Blacks procedieron a situarse en cuña para interpretar la haka. Entonces Inglaterra comenzó a jugar su partido. Para muchos conceder la haka a los All Blacks es darles ventaja y Eddie Jones no estaba dispuesto a ello. Los jugadores ingleses se colocaron en formación de V cercando a los neozelandeses. En el vértice, con los brazos en jarra y una sonrisa desafiante, se situó el capitán Owen Farrell. “Queríamos ser respetuosos, pero también queríamos asegurarnos de que entendieran que estábamos listos para la pelea. Sabíamos que aquello les irritaría, probablemente pensarían que no les respetamos. No queríamos ofenderles, solo advertirles que estábamos listos para el desafío. Y nos hicieron saber que no les había gustado en los primeros contactos”, reveló el jugador de los Saracens al final del partido. Aaron Smith, por su parte, no ocultó su sorpresa por la respuesta inglesa: “No entendíamos que estaban haciendo, pero obviamente supieron jugar sus bazas y canalizaron la tensión desafiando la haka. Todos pudimos ver perfectamente la sonrisa retadora de Farrell y a mí incluso me guiñó un ojo”.

Desafío inglés en la Haka.

Desafío inglés en la Haka. Eurosport

Cuando Nigel Owens dio la señal de inicio del partido en el International Stadium Yokohama, situado en la populosa prefectura de Kanagawa, el duelo ya se jugaba desde hacía varios minutos. “Robarles el espacio y el tiempo”, bramó Itoje antes de salir en estampida en busca de la primera patada. Y así fue. Ford, que se situó inicialmente para sacar, cedió sorprendentemente la pelota en el último segundo a Farrell, que pateó un kick alto llovido a la línea de 22 neozelandesa, donde Whitelock lo cazó ante la llegada de Curry, que lo llevó al suelo. Los gordos sureños estabilizaron el ruck y Aaron Smith se sacó una patada a la caja que Daly recogió fuera del campo sin prisa. Hasta ahí todo normal. Pero entonces Jamie George montó una touch completa, amarrando su lanzamiento a la primera torreta con Lawes, quien desde el aire sirvió a Youngs. El 9 inició una jugada trepidante que en 20 segundos se plantó en la línea de 22 kiwi con Watson rompiendo cortinas y enlazar fases ultrarápidas que no dejaban ordenarse a la defensa de los All Blacks por las descargas y porque levantaban rápido las pelotas para atacar con carreras rectas. El monumental ensayó inglés se fraguó en 56 segundos de jugada con 7 fases en la que tocaron la pelota 23 jugadores ingleses con un puñado de offloads. Cuando Manu Tuilagi levantó la pelota a pie de ruck y se zambulló sobre el ingoal atropellando a Aaron Smith para posar el primer ensayo inglés, solo habían pasado 97 segundos desde el kick off. Inglaterra estaba cumpliendo el mantra de Jones: le había robado el tiempo y el espacio a los All Blacks.

La ferocidad inglesa disparó el ritmo en una primera parte vertiginosa. Las patadas de Ford y Farrell sellaban a un Beauden Barrett sin espacio para pisar dentro de la defensa inglesa. Cada bomba que caía en la retaguardia kiwi era acompañada de una carga de su infantería que exhibía un timing asombroso. Sin tocar a nadie en el aire, pero arrasándolo en el preciso instante en el que ponían pie en tierra. Las abiertas se teñían de blanco y Underhill, Curry, Lawes y especialmente Itoje anestesiaban a los portadores neozelandeses en cada grapa. Hansen no terminaba de reordenar el partido, porque los rottweilers ingleses mordían a Aaron Smith y Mounga’a neutralizando su juego. Los All Blacks trataban de minimizar daños intentando conservar la posesión, comiéndose la almendra para reunir a su gente alrededor de la bola y comenzar a construir a partir de ahí. A recuperar sus escenarios preferidos, la touch como plataforma de relanzamiento y el kicking game como arma de presión. Sin embargo, también sufrían en las fases estáticas, especialmente desde el lateral, donde Itoje robó una touch temprana y no dejó de crear problemas en las alturas a Retallick y especialmente a Whitelock.

Itoje

ItojeEurosport

Inglaterra dominaba el marcador, la posesión y la territorialidad frente a unos All Blacks absolutamente superados cuando en el minuto 24 Youngs levantó una pelota para Sinckler, que se frenó ante su defensor y giró para transmitir la bola a un Curry que llegaba como un obús. El pilar se lo pensó mejor, pero Whitelock ya había comprado la carga al tercera inglés, que entró en falso y arrastró al segunda kiwi. Sinckler, sin quererlo, había generado un dos contra uno, así que se lanzó contra Laulala, al que fijó para servir en bandeja el ensayo a Underhill. Segundos después el TMO deshacía la jugada por un cuestionado avant en el pase del pilar al tercera, rescatando a una Nueva Zelanda sonada ante el ciclón inglés. Apenas un par de minutos después una ruptura de Retallick ganando la línea de ventaja provocaba la primera aparición de Beauden en ataque. El zaguero se asomaba por el costado en la 22 inglesa cediendo la bola al poderoso Goodhue, que era sacado en volandas del campo por Farrell, Daly y Curry para abortar la única jugada reseñable neozelandesa de la primera parte.

La profundísima defensa inglesa aislaba a los kiwis una y otra vez y cuando la primera parte tocaba a su fin Underhill llegó el primero al apoyo de un ruck en el mediocampo haciendo que se le hiciera de noche a Mounga’a. Nigel Owens señaló retenido y Ford pasó una patada larga y centrada poniendo el 10-0 en el marcador al descanso con una sensación de dominio insultante de los ingleses que reflejaban las estadísticas: 68% de posesión. Los de la Rosa jugaban más y mejor. Más carreras, más metros, más offloads, menos errores, menos pérdidas… El resultado se hacía corto. Los All Blacks se marcharon a la carrera al vestuario, los XV de Inglaterra se reunieron en un corro en un costado de la banda. Hasta el lenguaje corporal evidenciaba lo que estaba ocurriendo.

Sentado frente al televisor sir Ian McGeechan se frotaba los ojos ante la exhibición de los de Jones. “Es la mejor Inglaterra que había visto en mucho tiempo y, sin duda, uno de los mejores partidos de rugby de los últimos tiempos”, terminó escribiendo en su columna para la BBC. Al escocés le llamaba poderosamnete como el lineout kiwi había sufrido bajo presión durante toda la primera mitad. Itoje estaba causando estragos especialmente al girar dos veces el maul neozelandés para bloquear la jugada. Además, Lawes había robado una touch a Codie Taylor en la 22 inglesa que había evitado un problema a los ingleses.

Jones, impecable con camisa blanca y corbata rayada roja y azul, fue claro en el descanso: “No miréis el marcador. Sigamos trabajando en la presión y con los apoyos y las descargas en ataque. No les estamos dando tiempo a ordenarse en defensa y están sufriendo. Pero son los All Blacks, que nadie lo olvide. No hemos hecho nada aún”. En el vestuario rival Hansen trataba de rebajar la tensión y aportar soluciones. “Hay que alejarse de su tercera para jugar chicos”, advirtió el seleccionador. “¿Tercera? Son todos terceras, joder”, apuntó alguien desde el fondo. Era justo la intención de Jones, asfixiar a los All Blacks dando la sensación de que se enfrentaban un ejército de flankers.

La segunda parte comenzaba con síntomas aún más preocupantes para los kiwis. Una larga jugada terminaba con Beauden en el suelo en su línea de 5 placado por Farrel con Itoje y George barriendo a Aaron Smith en el contraruck. Los jodidos terceras… El golpe derivó en una touch con el consecuente maul inglés, al que acudió incluso Farrell. Youngs le sacó la pelota al portador amagando un pase que nunca llegó a su destinatario porque el medio melé recortó en las fauces de Lienert-Brown rompiendo la cortina y ensayando. Los All Blacks volvían a hacer aguas. Y el TMO volvía a salir a su rescate. En el fragor del maul a George se le había escapado hacia adelante la bola, recogiéndola Underhill casi sin que se apreciase. Otro ensayo al limbo. Jones se lamentaba en su box. Estaban perdonando la vida a Nueva Zelanda.

Inglaterra, sin embargo, siguió robando el espacio a los kiwis y en el minuto 49 abría más espacio tras un golpe por placaje de Cane a Billy Vunipola sin balón al tragarse el dummy del 8 inglés. 13-0 e Inglaterra no bajaba el ritmo. En el 55 se produjo una jugada intrascendente para el marcador, pero significativa para los jugadores. Una carga de los All Blacks en el balcón de la 22 inglesa fue liderada por la segunda unidad neozelandesa que ya había saltado al campo. TJ Perenara sirvió para la segunda cortina donde apareció Sonny Bill Williams, quien envió un pase plano a Kieran Read, el capitán neozelandés. El 8 negro, que celebraba su cumpleaños, recibió un placaje de Underhill que le lanzó dos metros hacia atrás. El totem derribado. El Yankee había cazado a la pieza mayor.

Underhill.

Underhill. Eurosport

La jugada, sin embargo, siguió con un despliegue de la línea neozelandesa que terminó con Slade sacando del campo a Reece cuando acariciaba el ensayo. Y entonces llegó el único error del XV de la Rosa. Inglaterra disponía una touch reducida, con Moody y Underhill fuera, a cinco de su ingoal. Jamie George rifó el saque pasándose en mucho de la primera torreta, donde Itoje acudió a por ella, y la pelota cayó a la espalda del pasillo, donde Ardie Savea cerraba el alineamiento con Mako. El 7 kiwi pescó la almendra y se lanzó posando el ensayo que colocaba un inquietante 13-5 con 25 minutos por jugarse. Jones comenzó a ver fantasmas desfilar, pero las ganas neozelandesas se convirtieron en impaciencia y ansiedad. Y eso se tradujo en nuevos golpes de castigo que Ford, en el minuto 62 y en el 69, transformó para abrir la brecha hasta el 19-7 final.

El partido acabó con una caótica Nueva Zelanda jugándose cada pelota en cualquier parte del campo y una última percusión de Sonny Bill Williams, que se lanzó a romper y salió rebotado unos metros atrás por un doble placaje de Joe Marler y Dan Cole. Los gordos ingleses también querían rock’n’roll. Como sus terceras. El avant final de Ardie Savea retrataba perfectamente la impotencia de los All Blacks ante un Inglaterra que, como admitía Eddie Jones posteriormente en la zona mixta, llevaba “cuatro años preparando este partido porque sabíamos que para ser campeones del mundo tendríamos que derrotar inevitablemente a Nueva Zelanda más tarde o más temprano”.

Inglaterra ganó 110 rucks, forzó 19 errores de los kiwis y les sacó 11 golpes, por solo 6 de los de la Rosa. En lo individual destacó la figura hercúlea de Maro Itoje, que capturó siete touches, una de ellas robada, pescó tres balones en los rucks rivales y realizó 15 placajes, uno menos que Underhill. Lo que valió la distinción de hombre del partido.

El partido número 45 del Mundial de Japón terminó con sorpresa, para todos menos para Eddie Jones, que logró tumbar a los All Blacks como aseguró que haría a los dirigentes de la litúrgica RFU el día que firmó como seleccionador inglés. Esa noche del 26 de octubre los ingleses fueron unánimemente proclamados favoritos para ganar la final ante Sudáfrica. Y solo una persona, el sarcástico Warren Gatland, derrotado con Gales en la otra semifinal ante los bokkes, fue capaz de proclamar lo contrario. El técnico kiwi, preguntado por su pronóstico, advirtió: “Siempre he dicho que cada equipo juega una final en el Mundial. Un partido en el que lo da todo y despliega un rugby por encima de sus posibilidades. Inglaterra lo ha hecho contra los All Blacks, Sudáfrica aún no ha jugado su final”. En el fondo Gat llevaba razón. Los de la Rosa habían desplegado ante Nueva Zelanda el, para muchos, mejor partido de su historia el día que “robaron el espacio y el tiempo” a los All Blacks. Pero Sudáfrica llevaba décadas escondiendo el balón y congelando el reloj. Pero esa es otra historia…

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