Este domingo estaba previsto que se disputase la final masculina del Masters 1000 de Indian Wells. Una de las paradas más importantes del calendario, la primera del año en torneos de esta categoría, el primer evento después del Open de Australia que reuniría de nuevo a los mejores del vestuario. Bueno, no a todos, faltaría Federer. La cuestión es que al final ni estará el suizo en la final, ni estará ningún otro. El coronavirus ha decidido interrumpir la secuencia habitual del circuito ATP y quedarse en nuestras vidas hasta principios de junio. Sin encuentros de actualidad sobre los que hablar, es momento de rescatar algunos duelos del pasado para reemplazar a los que nunca veremos esta temporada. Por ejemplo, el desenlace de Indian Wells 2019, donde sí estuvo Roger Federer, aunque no pudo con el ímpetu y la potencia de Dominic Thiem.
Esa final, vista ahora doce meses después, no representó una gran final en su momento. Novak Djokovic había sido sorprendido en tercera ronda ante Kohlschreiber, Rafa Nadal se bajó por lesión en las semifinales y Roger Federer, el único del Big 3 que había sobrevivido al cuadro, se plantaba en la final después de cuatro grandes victorias en su camino, sin ceder un solo set. Sin embargo, la figura de Thiem en la última ronda no parecía despertar mucho peligro para el genio de Basilea. Dentro del vestuario, al austriaco todavía se le veía como un portento en tierra batido con mucho que mejorar en pistas rápidas. Mientras tanto, sin hacer ruido, Dominic avanzaba sin preguntar hasta llegar a su tercera final de Masters 1000, la primera de ellas fuera de la arcilla. ¿Estaría a la altura del examen? Su inicio de temporada había sido un desastre, pero ser el número 8 del mundo era suficiente crédito como para darle alguna chance.

Dominic Thiem

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Bastaba con ver la manera de llegar de uno y de otro al domingo. Roger, pese a sufrir un tropiezo muy doloroso en Melbourne ante un Tsitsipas crecido, supo recomponer bien el puzle en Dubái, conquistando su octavo título y, curiosamente, vengándose del griego en la final. Dominic, por su parte, acostumbrado a disputar muchos más torneos, no pasó de primera ronda en Doha, se tuvo que retirar en segunda ronda en Australia, cedió en semifinales de Buenos Aires ante Schwartzman y volvió a caer a las primeras de cambio en Río ante Djere. No importaba la categoría del evento, el nivel del rival o la superficie sobre la que jugara: el austriaco no terminaba de arrancar en 2020. De esta manera llegó a California, de la mano de un Nicolás Massú que apartaba a Gunter Bresnik de la cabeza del proyecto apenas unas semanas antes de aterrizar en Indian Wells. El chileno se embarcaba en una aventura diferente, entrenando por primera vez a un jugador top con toda la presión que eso conlleva.
Y la verdad es que la nota no pudo ser mejor. En tiempo récord, en apenas medio mes trabajando juntos, Thiem empezó a confirmar que sí tenía cartas para competir en superficies rápidas. Siendo más agresivo, restando adelante y, en general, jugando siempre dos pasos más cerca de la línea que de costumbre, el austriaco se plantó en la final de Indian Wells perdiendo un solo parcial, el que le robó Milos Raonic en semifinales. El objetivo estaba cumplido, ahora tocaba soñar con dar la campanada. Un Federer que volaba lejos del resto comenzó dominando la final a su antojo, sin demasiada brillantez pero con muchísimo oficio. El suizo sabía que enfrente saldría un oponente con ganas de pegarle duro a cada bola, así era imprescindible estar sólido desde el fondo y aguantar el énfasis de Dominic a base de golpes morales. Esto, traducido al lenguaje tenístico, consiste en anotarse los puntos clave. Así lo hizo hasta la mitad del encuentro, hasta que llegó el giro inesperado de los acontecimientos.

Thiem y Federer

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La victoria de Thiem no estuvo en ese 7-5 del tercer set que confirmaba su remontada y su título, eso fue solo fue la guinda. El auténtico triunfo del austriaco estuvo en la segunda manga, cuando estuvo a punto de verse set y break por abajo pero prefirió seguir siendo valiente y no arrugarse ante la situación. Apuntarse aquel juego inofensivo le dio más alas de las que ya llevaba puestas, solo con esa confianza y esa manera de enterrar el miedo puede un terrícola como él plantarle cara en esas condiciones a un Roger que llegaba descansado, en buena forma y tenía ya media victoria en el bolsillo. Y por supuesto, fue el gran éxito de Massú, hacerle ver a su pupilo que sí existía una manera para ser una amenaza en pista dura. Tan solo había que enseñarle cómo.
Ganar el último punto a Roger en la final fue el momento más emocionante, significaba levantar un título muy importante, su primero en un ATP Masters 1000, y en tan poco tiempo trabajando juntos. Ese torneo marcó el camino. Hubo un avance en pistas rápidas, que fue por lo que él me llamó a mí. Desde entonces, he vivido junto a Dominic muchas situaciones importantes que valoro de la misma manera, desde ganar torneos hasta ganar semifinales de Grand Slam. Todas esas victorias me produjeron sensaciones muy parecidas, me dieron mucha felicidad porque son todas producto de muchas horas de trabajo”, declaraba el chileno a la ATP esta semana, un año después de la conquista de Indian Wells.
Thiem, que tanto había soñado con escribir sus páginas de oro sobre polvo de ladrillo, encontraba la tarde más gloriosa de su carrera sobre superficie azul. Nunca había logrado superar a Nadal en una final en arcilla, pero sí consiguió tumbar a Federer en una sobre cemento. Más tarde, ya no sorprendería verle ganar el ATP 500 de Pekín, el ATP 500 de Viena bajo techo, hacer final en las ATP World Tour Finals o firmar subcampeón el último Open de Australia. Todos estos resultados fueron consecuencia de aquella tarde en el Valle del Coachella, donde se arrancó esa etiqueta que decía: ‘No utilizar fuera de la tierra batida’. Las instrucciones se equivocaban y Dominic lo sabía, pero sólo con la ayuda de Massú fue capaz de creérselo. La fe mueve montañas… de arena.
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