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Blog Murciego: Ivan Lendl, el tenista que cambió su suerte

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Ivan Lendl sacré sans jouer à Miami en 1989 après le forfait de Thomas Muster

Fuente de la imagen: Getty Images

PorFernando Murciego
30/05/2020 a 14:12 | Actualizado 30/05/2020 a 14:12

Aprovechando que en Eurosport estamos emitiendo algunos partidos históricos de Roland Garros, hoy recuperamos una de las figuras más legendarias que nos ha dejado este deporte en su apartado masculino. Hablamos de Terminator, la raqueta de hierro, el terrible Ivan Lendl.

En Eurosport llevamos desde principios de esta semana refrescando la memoria del aficionado con partidos inolvidables del torneo de Roland Garros. Sí, es cierto, nos encantaría que estos días se estuviera celebrando nuestro evento favorito y ver a Rafa Nadal luchando por su 13º título, pero la pandemia del coronavirus nos ha cambiado la programación. No hay problema, a través de nuestra iniciativa #YouSayWePlay hemos puesto sobre la mesa algunos encuentros históricos y vosotros habéis elegido cuales queréis recuperar. Hoy mismo, por ejemplo, disfrutaremos de Ivan Lendl y una de sus tardes más frustrantes sobre la pista, aquella derrota ante Michael Chang de 1989, pero eso no empañará nuestro recuerdo de este grandísimo campeón. Por si acaso, aquí le rendimos este homenaje para que no se enfade con nosotros.

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Hablar de Ivan Lendl es hablar de uno de los mejores tenistas masculinos de la historia, independientemente del cruce de épocas que a veces nos bombardea y nos impide ponernos de acuerdo. Con el checo, sin embargo, no hay ninguna duda, tanto sus éxitos como sus números le sitúan como un referente en su modalidad, un hombre que acabó su carrera pensando que sus ojos no verían a ningún otro superar sus endiablados récords. Sus 94 trofeos ATP, sus 270 semanas como número uno del mundo, sus cinco coronas como maestro o su idilio con el US Open (donde firmó ocho finales consecutivas) fueron solo algunos registros que nos hicieron admirarle religiosamente, aunque estos cuadros tan bonitos brillaron únicamente al final de su obra. En sus primeros pasos en la élite, justo antes de cumplir los 24 años, el mundo le señalaba como un hombre talentoso, de mucho potencial, pero con poca suerte.

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Esta etiqueta se la colgaron después de verle perder la final de Roland Garros 1981 (en cinco sets ante Björn Borg), Us Open 1982 (en cuatro mangas ante Jimmy Connors), Open de Australia 1983 (en tres sets ante Mats Wilander) y el US Open 1983 (en cuatro mangas de nuevo ante Jimmy Connors). Mientras una maldición con las grandes finales le dejaba siempre a un centímetro del objetivo, el de Ostrava se fue vistiendo de número uno en febrero de 1983, demostrando que nadie tenía más regularidad que él, aunque luego los títulos más jugosos acabaran en otras manos. No fue hasta la primavera de 1984, seguramente el día menos pensado, cuando Ivan por fin acabó con aquellos fantasmas que le susurraban cada noche al oído: loser. En París alcanzó su quinta final de Grand Slam y allí no le esperaba otro que John McEnroe, el mismo que ya le había tumbado en otras cuatro finales esa misma temporada. Para más inri, el zurdo se apuntó los dos primeros parciales del encuentro, pero el destino le tenía reservado un regalo especial a nuestro protagonista. Su remontada épica (3-6, 2-6, 6-4, 7-5, 7-5) le empujó por fin a la sala de los elegidos, inclinando a su némesis y dejando a ‘Big Mac’ sin el cromo que le faltaba.

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A partir de ese momento la carrera de Lendl se transformó. Hasta tal punto que dejó de ser checoslovaco y se convirtió en ciudadano americano. Las finales de Grand Slam seguían viéndole llegar hasta la última ronda; la diferencia es que ahora muchas de ellas caían de su lado. Dos Open de Australia, tres Roland Garros y tres US Open fueron el mayor legado que dejó, junto a sus exhibiciones en la Copa de Maestros y su dictadura desde lo más alto del ranking profesional. ¿Y qué pasó con Wimbledon? Fue la única plaza donde no encontró la puerta grande, aunque no se quedó lejos. Su estilo de juego, con golpes sólidos desde el fondo de la pista pero serios problemas para resolver en la red, le privó de conquistar Londres, donde cayó en la final de 1986 (en tres sets ante Boris Becker) y la de 1987 (en tres mangas ante Pat Cash). Llegar tan lejos ya era un premio para un tipo como él, alguien que prácticamente tuvo que reconvertir todos sus golpes, aprendiendo a disparar con topspin y no tan plano como en los años 80. Solo así podría fabricar las armas necesarias con las que aplacar a la próxima generación.

Y así lo hizo, superando a todos, a cada uno que se le puso por delante. Tal fue su dominio que a muchos los llegó a aburrir, en el buen sentido de la palabra. Su frialdad, su pragmatismo, la calma con la que afrontaba cada punto, su rostro inexpresivo, esa ausencia de sentimientos era la que no terminaba de vender, de traspasar la televisión. Quizá por eso cayó de alguna manera en el olvido después de retirarse, escapando de los focos en busca de paz. El cambio de época mostraba una mayor atención a personalidades convulsas, irreverentes, perfiles incendiarios que propusieran más ruido que nueces, aunque luego en sus vitrinas hubiera eco. Ivan nunca perdió su sello, se mantuvo digno y auténtico hasta el final, tal y como regresó años más tarde en su nueva faceta de entrenador. Andy Murray, el hombre que más se nutrió de sus conocimientos, admitió en su autobiografía que la mejor decisión que ha tomado en su carrera fue contratarle en 2011 como técnico. Solo así pudo cambiar la etiqueta de perdedor por la de campeón. ¿Les suena?

Estos días servirán para que los más jóvenes conozcan y ubiquen a Ivan el terrible, un atleta irrepetible con un carisma diferente, quizá no tan palpable pero de un brillo excepcional. No se asusten si hoy le ven perder en octavos de final de Roland Garros con un chaval de 17 años, al final y al cabo, una mala tarde la tiene cualquiera. Incluso el Nº1 del mundo. Su leyenda seguirá aguantando el paso del tiempo gracias a los archivos de documentación, uno de esos privilegios que nos ha regalado la tecnología. Vendrán mejores, más completos, más simpáticos, pero Ivan siempre será recordado como el primer jugador profesional que marcó las diferencias gracias a una habilidad intangible. No tenía la mejor derecha, tampoco el mejor revés, ni mucho menos el mejor saque, era su cabeza a prueba de balas la que impartía justicia. Él fue el primer campeón mental, lo que le permitió cambiar su suerte para luego escribir su leyenda.

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