Coincidiremos todos en que la Garbiñe Muguruza de hoy en día poco tiene que ver con la de hace unos años. De hecho, quizá se parezca más a la de sus primeras temporadas en el circuito, cuando todavía no caminaba cada semana con la mochila repleta de obligaciones. Ya saben, el peso de las expectativas, la presión por repetir los triunfos del pasado o el simple miedo por caer ante una rival contra la que no debes perder. Esos malditos ‘deberes’ que tan poco representan el deporte de élite. En fin, una serie de responsabilidades que, como diría la gran Billie Jean King, en realidad son privilegios. Es la suerte de ser una tenista de prestigio, referente y con éxito, la cara amable de una moneda que también tiene una parte opuesta. Quizá sea esa parte la clave de todo, el punto de inflexión donde se definen a las grandes campeonas. Porque todo el mundo sabe lidiar con las victorias, es casi natural e instantáneo; para tratar con la derrota, son necesarias otras artes: tiempo, madurez y foco. Estos tres cromos ya aparecen en el álbum de Garbiñe
Regularidad, probablemente la gran asignatura pendiente de Muguruza estos últimos años, quedó zanjada la pasada temporada. Un 2020 donde no hubo trofeos, pero sí hubo constancia, confianza y trabajo, mucho trabajo. De la mano de Conchita Martínez, de vuelta al banquillo de la española, la de Caracas demostró ser otra jugadora desde el primer día de curso. Ocho torneos disputados resueltos con seis cuartos de final y solamente dos semanas revueltas: 2R en US Open y 3R en Roland Garros. Por primera vez veíamos a Garbiñe rendir mejor en torneos pequeños que en los grandes, aunque su final en el Open de Australia tapó aquellos dos resbalones. El balance era positivo, aunque no todos los objetivos se habían cumplido. El top10 todavía quedaba lejos, los títulos tampoco llegaban, pero el camino era el correcto. ‘Trust the process –que diría el eslogan– iba camino de convertirse una vez más en el sendero más fiable hasta la gloria y la satisfacción personal. Escuchamos a la campeona de Dubái y luego analizamos.
En esta final me he tenido que vaciar, tanto en el aspecto físico como en el mental. Después de jugar diez partidos de manera consecutiva, he tenido que aguantar mucho por dentro y auto convencerme a mí misma de que este era el último partido que tenía. Gracias al aspecto mental pude llevarme esta victoria tan importante. Me noto más completa que en años anteriores, tenísticamente no estoy segura, pero más completa seguro que sí. Diría que estoy en un gran momento, quizá el mejor de mi carrera. Ganar un torneo significa mucho para mí, significa que has ganado muchos partidos de manera consecutiva y eso te da confianza de cara a los próximos torneos. Como a cualquier jugadora, a nadie le gusta perder en las finales, pero he aprendido de esas derrotas y sabía que tarde o temprano, si conseguía mantener este nivel, el trofeo llegaría”.
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El discurso lo hemos oído tantas veces, en boca de tantos jugadores, que muchos llegamos a pensar que era puro papel mojado. Pero no, podemos confirmar que se cumple. Empezó 2021 y Muguruza siguió siendo la misma, compitiendo con el corazón, dejando todo en la pista, dando su mayor esfuerzo cada semana y, lo más importante, entendiendo que la derrota forma parte de este plan. Solo cuando llegas a intimar de esa manera con la derrota, aceptando que es una etapa fundamental del proceso, puede uno afrontar con la misma fuerza la siguiente oportunidad. Así lo ha hecho Garbiñe, peleando en cada torneo, buscando sensaciones, tendencias positivas, buen feeling con la pelota, pero sin pensar en la meta. Disfrutando del trayecto, entendiendo que la recompensa llegaría por sí sola, cuando tuviera que llegar. Esa premio no llegó hasta la semana pasada, cuando el circuito no soportó ni un segundo más el empuje de la española.
Ahora todo encaja cuando escuchamos a la caraqueña diciendo que está en el mejor momento de su carrera, aunque muchos no lo entiendan. ¿Cómo es posible si no ganaba un título desde hace dos años? ¿Si no gana un Grand Slam desde 2017? ¿Si ha perdido tres de las cuatro últimas finales que ha disputado? ¿Si está a 5.000 puntos de la mejor jugadora del ranking? Nada de esto importa. Muguruza no vino aquí para ser la jugadora con mejor palmarés de la historia, aunque solo cuatro jugadoras en activo tienen más Grand Slams que ella. Tampoco vino a superar ningún récord de ranking, aunque esta temporada ninguna mujer ganó más partidos que ella. Hoy es la primera que sabe que, en este deporte, lo normal es perder cada semana, hasta la semana que juegas bien al tenis. En su mano queda solamente esta última premisa, la de jugar bien, competir por cada partido y ser fiel a una filosofía de trabajo y enfoque mental que le ha inculcado Conchita Martínez. Nada de esto hubiera sido posible sin la aragonesa, así que gracias si estás leyendo esto. Gracias por recuperar a la deportista que siempre supimos que estaba ahí, con todas las piezas, solo faltaba ordenarlas. Pero el mejor ejemplo no está en Dubái, sino en Doha, hace una semana. Cuando después de ganar tan solo tres juegos ante Kvitova, recibe el trofeo de subcampeona e inunda la pantalla con una sonrisa. Justo ahí es cuando empieza a ganar Dubái, con esa respuesta madura, valorando el trabajo bien hecho y pensando que en siete días tendría una nueva oportunidad. El tiempo, que nunca miente, le dio la razón.

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