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OPINIÓN | Copa Davis, te echaba de menos
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Publicado 21/09/2026 a las 12:10 GMT+2
Dicen que la semana siguiente a la final de un Grand Slam suele ser bastante dura para el aficionado. En muchos casos, una semana de desconexión con el circuito. Para mí, esta última ha sido de reconciliación con una competición tan especial como la Copa Davis. Necesito algunos párrafos para expresarlo con detalle.
El equipo español de Copa Davis con el billete para la Final 8 de la Copa Davis
Fuente de la imagen: Getty Images
La realidad es que durante varios años me alejé de la Copa Davis, dejó de parecerse aquella competición que me había enamorado desde que la conocí. Sin embargo, este fin de semana ha sido distinto, por lo que la conclusión que saco es bien sencilla: quizá el problema no era ella, sino el formato. Hay veces que una relación se rompe sin que nadie sepa exactamente por qué. Dejas de llamar, empiezas a poner excusas, te acostumbras a vivir sin la otra persona y, cuando te la vuelves a encontrar, descubres que todavía quedaba algo. Eso me ha pasado con la Copa Davis.
Durante los últimos años había desarrollado una especie de alergia al torneo. No al concepto, no a lo que significa defender a tu país, sino a esa nueva manera de hacerlo que convirtió una competición con aroma de acontecimiento nacional en algo demasiado parecido a otro torneo más del calendario. Eliminatorias comprimidas, sedes neutrales, estadios sin alma, público repartido… Había Copa Davis, sí, pero a veces costaba encontrar la Davis dentro de la Copa. Este fin de semana, como ya me pasara el año pasado e Marbella, me he vuelto a reconocer.
No hace falta buscar demasiado para encontrar el motivo, basta con mirar lo que ocurrió en Chile. Un estadio lleno, un país volcado con sus jugadores, ruido, tensión, celebración, abucheos, nervios y ese punto de incomodidad que debería tener siempre el que llega desde fuera. Porque la Copa Davis también consiste en que, durante unas horas, el visitante sienta que ha aterrizado en territorio enemigo. No hablo de convertir una pista de tenis en una batalla campal, sino de recuperar aquella sensación de que jugar fuera de casa importa. Que el público puede ganar un juego. Que un 30-30 pese un poquito más porque detrás del jugador hay miles de personas empujando. Que ganar fuera tiene otro sabor y perder, probablemente, también.
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Munar y Martínez
Fuente de la imagen: Getty Images
Aquí es donde aparecen Rafa Jódar y Dani Mérida para dinamitar este último concepto, dos debutantes que llegaron a una eliminatoria de Copa Davis con más preguntas que certezas y salieron de ella convertidos en protagonistas. Esta es otra de las grandes virtudes de esta competición, conseguir que el ranking se quede durante un rato fuera de la pista. Que la experiencia no siempre mande. Que el jugador que debuta pueda jugar como si llevara diez eliminatorias encima y que el que llega con menos nombre pueda acabar escribiendo la historia. Mérida ganó su partido, remontando un set adverso, el único que perdimos en toda la serie. Jódar ganó el suyo. Pedro Martínez y Jaume Munar hicieron lo propio en el dobles. Hasta Martín Landaluce tuvo su momento cuando la serie ya estaba decidida. España encontró nuevos héroes sin necesidad de convocar a los de siempre. Para un capitán como David Ferrer, esto es oro molido. Hay entrenadores que preparan jugadores y otros que consiguen que los jugadores crean que están preparados. Ferrer pertenece a la segunda categoría.
Tan encantado estoy que incluso veo luz entre las sombras. ¿Que por qué tiene tanto mérito este triunfo? Porque todo esto ha sucedido sin Carlos Alcaraz. Y esto, que al principio podía convertirse en un problema, lo que supone es una noticia magnífica para el tenis español. Durante demasiado tiempo hemos tenido la sensación de que cualquiera de nuestras candidaturas necesitaba empezar y terminar en Alcaraz, pero esta eliminatoria ha demostrado que no. Todo el 2026 demostró que no. Ahora sabemos que hay vida más allá del número uno de nuestro tenis, que hay chicos que llaman a la puerta y otros que ya están dentro. Quizá esa sea la verdadera esencia de la Davis, conseguir que un jugador no juegue solamente por sí mismo. Y cuando eso ocurre, hasta el que todavía no sabe muy bien dónde está la puerta acaba encontrándola.
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David Ferrer en la eliminatoria de la Copa Davis entre Chile y España
Fuente de la imagen: Getty Images
Ahora bien, tampoco quiero caer en la trampa de enamorarme otra vez y olvidar dónde está la letra pequeña. En noviembre nos espera Bolonia. Ocho equipos, una misma sede, partidos concentrados y una fase final que, inevitablemente, tendrá un aroma diferente. Allí el público italiano tendrá una ventaja emocional que los demás no encontrarán, por lo que volveremos a alejarnos de ese romanticismo de la eliminatoria en casa y fuera. Lo entiendo y comprendo por qué existe. El calendario de los jugadores no permite volver sin más a aquella Copa Davis interminable que podía convertir una temporada en una mudanza permanente. Hay que encontrar un equilibrio entre la tradición y la realidad del tenis moderno, aunque tampoco nos vamos a callar. El propio Zverev lo dejó ayer muy claro: ”Esta competición es historia, no dinero”.
Pero no nos amarguemos, que estaba ya acabando el artículo. Qué bonito es, de vez en cuando, recordar por qué nos enamoramos. Este fin de semana he vuelto a ver una Copa Davis que me ha gustado. He vuelto a disfrutar de un público que aprieta, de un visitante que sufre –aunque sea durante un par de juegos–, de un debutante que se disfraza de veterano y de un equipo que entiende que cada partido pertenece a algo más grande. Sería injusto no reconocer que parte de este enamoramiento tenga una explicación bastante menos romántica: España ha ganado mostrando un nivel superlativo. Es mucho más fácil reconciliarse con una competición cuando tu equipo vuelve a casa con la maleta llena de felicidad pero, incluso aceptando esa trampa emocional, me quedo con esa sensación. Igual no me había dejado de gustar la Copa Davis, quizá simplemente llevaba unos años buscando dónde demonios habían metido la Copa.
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