Todavía recuerdo aquel 30 de enero de 2017. Habían pasado casi cinco temporadas desde la última vez que Roger Federer levantara su 17º Grand Slam, el último de su carrera para la mayoría de los expertos. A sus derrotas se sumaron las dudas, se sumó la edad, se sumó la juventud de sus rivales y se sumaron las lesiones, un factor al que nunca había tenido que enfrentarse. Después de seis meses parado y con los 35 años encima, el suizo se presentó en Melbourne sin ninguna expectativa para terminar firmando una de las mayores proezas de su carrera. No le bastó con tumbar a Berdych, Nishikori o Wawrinka, también se atrevió a inclinar a Nadal. En la final. En cinco sets. El texto que publiqué aquella noche sigue siendo el que más me ha costado escribir hasta el día de hoy, un artículo sencillo comparado al que nos enfrentamos esta noche.

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Apenas arranco el segundo párrafo y no tengo miedo en reconocerlo: esta no será mi mejor pieza. Necesitaría días para dar con la tecla, para estar a la altura, para entregar al periodismo algo decente que realmente esté a la altura de nuestro protagonista. Lo siento pero no, prefiero rendirme y asumir la derrota. Se nos va Roger, se retira tras no superar una triple operación de rodilla que apenas le ha dejado disputar seis torneos desde 2020, por lo que la noticia tampoco nos pilla por sorpresa. Eso no significa que no duela, que no te deje paralizado o te robe un suspiro al corazón. No hay manera de reaccionar a la retirada de Roger Federer porque nunca antes se había retirado Roger Federer, un genio de características únicas. Y aquí quiero romper la primera lanza, la del debate eterno, para evitar laberintos. Para mí, Roger Federer es el tenista más grande de todos los tiempos, lo que llaman GOAT. No es el que más títulos ganó (récord en manos de Connors), ni el que más Grand Slams ha levantado (ahora mismo es Nadal), ni el que más semanas acumula como número uno del mundo (ese es Djokovic). La batalla numérica la tiene perdida, pero hay otras en las que no tiene rival, como la que hemos perdido hoy.
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Miren las redes sociales y vean el impacto de la noticia, el cariño de los aficionados, la cantidad de jugadores dándole las GRACIAS por haber compartido vestuario con él. ¿Cómo se consigue todo eso? Siendo Roger Federer. Pero de todas las cosas que nos ha entregado a lo largo de estos 24 años de aventura, nada más bonito e irrepetible que sus formas, su manera de jugar. Qué bueno tener YouTube, para que todas las generaciones futuras puedan acudir a los vídeos para ver su mecánica de saque, su revés a una mano, su derecha letal o su elegante volea. Afortunados nosotros, por vivirlo en directo. Un hombre que reunía los elementos más tradicionales del siglo pasado con las cartas más poderosas de esta era contemporánea, combinació que le sirvió para atraer a todos los públicos y dejarnos atados al sillón. Federer era diferente, distinto al resto de campeones. ¿Cómo se le podía pegar a la bola con tanta fuerza y sensibilidad? ¿Por qué siempre parecía que el rival corría detrás de la pelota? ¿Cuál era el truco para no sudar en los partidos? No tengo respuesta para ninguna de estas tres, pero no se imaginan lo duro que se me está haciendo escribir en tiempo pasado.

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Su talento innato siempre estuvo ahí, aunque tuvieron que pasar algunos años para ordenar a ese “pequeño demonio” egoísta, indolente y rebelde de pelo rubio y sonrisa gamberra. Sus padres, su mujer o sus múltiples entrenadores fueron determinante para la gestación del héroe, eso sí, ninguno como Peter Carter, fallecido en un accidente de tráfico en el verano de 2002. El australiano, que acompañó a Roger desde los 8 a los 16 años, fue quien pulió el diamante para luego seguirle desde el cielo. Cuentan que antes de irse le hizo prometerle que haría todo lo que estuviera en su mano para no desperdiciar su talento, para que estuviera orgulloso de él. Así fue como a partir de 2003 empezó a llegar la perfección de las victorias, los títulos y los récords. “El que inventó el tenis, lo hizo pensando en que alguien lo jugase como Roger Federer”, dijo en su día Tomàs Carbonell. Y tenía mucha razón, puesto que varios han sido los imitadores que intentaron acercarse, quedando todos rendidos ante una superioridad estética y visual que solamente el helvético fue capaz de versionar.
¿Qué decir de sus valores? Pero no los del principio de su carrera, cuando quedaba descubierto por los demonios de su cabeza, esos que no le permitían un solo tropiezo en el camino. El paso del tiempo fue dándole empaque al muchacho, pasando de ser un adolescente irascible a un caballero incorruptible. Claro, que cuando amarras tus siete primeras finales de Grand Slam o enlazas 24 finales consecutivas ganadas todo es más fácil de soportar. Pasó a ser un ejemplo de todo, hasta en la derrota, donde darle la mano al rival CON UNA SONRISA se convirtió en un desenlace menos doloroso para todos los que le seguían. La pureza destilada en cada uno de sus gestos, ya fueron compitiendo o relacionándose con sus oponentes, ayudó a construir un legado de deportividad que continúa hasta el día de hoy, aunque no todos los miembros de la #NextGen parezcan cautivados. Los que se llevan pegando con él desde hace 15 años, por suerte, sí han seguido sus pasos.
El Expresso Suizo recorrerá sus últimos metros en la próxima Laver Cup (23- 25 septiembre), donde esperemos verle competir aunque sea en dobles. Allí veremos el final de la figura más transcendente de la historia en el universo de la raqueta, pueden preguntárselo a las marcas o a cualquier aficionado mayor de 30 años. Ni Jordan, ni Rossi, ni Maradona, ni Tiger pueden presumir a día de hoy de ser los deportistas con mayor palmarés de sus disciplinas, pero no les hace falta para discutir su hegemonía y su huella eterna. Incluso sus mayores adversarios serán los principales valedores, tanto ahora como en el futuro, de que no hubo un jugador que haya cambiado tanto este deporte como Roger Federer, una leyenda que elevó al tenis hasta una altura inexplorada.
Personalmente, será difícil olvidar este jueves 15 de septiembre y ese WhatsApp recibido a las 15:18 de mi amigo Magic con un mensaje de tres balas: ‘Se retira Federer’. Con él se marcha la persona que me hizo enamorarme de este deporte, que me llevó a practicarlo por primera vez y que me llevó incluso a dedicarme al periodismo deportivo especializado. Parte de mi sueldo en Eurosport debería mandarse al Swiss National Bank. No se marcha para siempre, seguro que le veremos involucrado en otras áreas, pero nadie suplirá su efecto en pista, porque es imposible. La sensación de estar viendo un videojuego, un bailarín superdotado, alguien que más allá de entretenernos, fue capaz de emocionarnos, de transportarnos a ese mundo ideal. ‘¡Tú es que eres Federista!’, dirán algunos. Si ser Federista significa que te gusta el buen tenis, lo siento pero somos todos culpables. Perder a Federer significa que pierde el tenis, es decir, que perdemos todos. Con el suizo se va una parte de nuestras vidas, porque Roger fue capaz de dejar su semilla en cada uno de nosotros. No solo nos entretuvo, también nos hizo felices, mucho más de lo que nunca le pedimos.

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