Se pueden hacer muchas cosas en 7 horas y 43 minutos, desde un viaje en coche Valencia-Coruña a un visionado completo de la trilogía de ‘El Padrino’. No son malos planes, pero Ashleigh Barty prefirió destinarlo a un logro mucho más importante: ganar el Open de Australia 2022. Lo hizo además sin perder un solo set (14-0), cediendo tan solo 30 juegos en siete encuentros y entregando su servicio únicamente en tres ocasiones, una frente a Amanda Anisimova y dos ante Danielle Collins. Los números dan vértigo, pero estamos hablando de la mejor tenista del planeta, la única capacitada para hacer lo imposible dentro de la pista y que parezca fácil. La magia más elevada rodeada de la sencillez más pura. Una campeona a la que hay que rendirse.
Aunque siendo justos, la australiana lleva mucho tiempo confirmando lo que muchos parecieron por fin comprender hace unos días: que no hay nadie como ella. Desde que en junio de 2019 se apuntara el título en Roland Garros, Barty no ha dejado de crecer. De hecho, ¿qué creen que hizo la semana siguiente de ganar su primer Grand Slam? Coger un vuelo hasta Birmingham y arañar los pocos puntos que le faltaban para convertirse en la nueva número 1 del mundo. Desde entonces ha sumado 113 semanas en lo más alto de la clasificación, ha ganado diez de las doce finales que disputó (solo perdió en China 2019 con Osaka y en Madrid 2021 con Sabalenka), además de mostrar un contundente balance de victorias (15-3) ante otras jugadoras del top10. Es decir, que ni siquiera la presión del nuevo status dentro del vestuario ha podido cohibir la explosión de su versión prime. Todo lo contrario: a mayor responsabilidad, mejor rendimiento.

Así cerró la final e hizo historia Ashleigh Barty en Melbourne

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Podría parecer que no se puede mejorar el relato, pero todavía falta un ingrediente, el que endulza todo el pastel. Ya hemos contado el qué, ahora es turno de explicar el cómo. Porque en el fútbol no es lo mismo ganar 1-0 de penalti en el último minuto que ir de 4-0 al descanso, es aquí donde abrimos el melón más intangible, pero tan importante como cualquier otro: el estilo. En Ashleigh encontramos una jugadora que parece sacada de los años 80, un perfil de jugadora que huye de la potencia y la fuerza características de la época actual. Ella prefiere la finura, la plasticidad, la elegancia en cada tiro, el planteamiento táctico en cada jugada, lavariante técnica caminando de la mano con la variante estética. Un win-win lo mires por donde lo mires, el privilegio de levantar torneos y además jugando bonito. Como diría José Mota, iguálamelo. Estas son las grandes virtudes de la australiana que, por si faltara algo, también se muestra como una de las más humildes y queridas del vestuario.
“No cambiaría nada de lo sucedido estas dos semanas, ha sido una de las experiencias más increíbles que he vivido. Probablemente, es el mejor Grand Slam que he jugado. La manera de disfrutarlo en todo momento, de sentirme libre y jugar como lo he hecho en estas últimas semanas ha sido la mejor parte. Ha sido muy especial el conseguirlo aquí en Australia, con mi familia y amigos, además de muchísima gente que ha puesto tanta energía, amor y sacrificio a lo largo de mi carrera. Intentamos tomarnos como algo divertido todo este desafío. Honestamente, no siento que tenga que demostrar nada a nadie. El tener la capacidad de acoger ese ruido exterior y lo que llaman presión, para mí no es presión, es sólo diversión”, celebró la Nº1 del mundo horas después de capturar el título más especial de su trayectoria profesional.
Un Grand Slam puede ser casualidad, dos Grand Slams puede ser causalidad, pero tres Grand Slams –uno en cada superficie– supone enfrentarnos a una jugadora especial. Cuando todo el mundo pensaba que Naomi Osaka se iba a convertir en la bandera y el rostro visible del tenis femenino, de repente apareció ella, con su carácter reservado, su 1,66m de altura y su discurso familiar. En la época más salvaje del circuito WTA, donde la ausencia de una dominadora ha generado críticas voraces, Barty es la raqueta que impone su lógica sobre cualquier corriente o tendencia. Esa deportista que, en su momento de mayor esplendor, demuestra la superioridad de las más grandes de la historia. Como Steffi Graf. Como Serena Williams. Como Ashleigh Barty. Desde Ipswich al mundo entero, con la clase y la determinación de las mejores, congelando los tiempos de revuelta y demostrando que ser regular no una utopía. Sinceramente, reuniendo tantos elementos a su suerte, lo difícil es que pierda.
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