El circuito ATP 2021 llegó a su fin el pasado domingo con la sensación de estar viviendo algo que ya conocíamos. Llevamos mucho tiempo pidiendo un relevo sólido al Big3 y, cuando por fin lo tenemos, parece que tampoco nos convence. Y es que cuando no gana Djokovic, los nombres que se reparten la gloria se apellidan Medvedev, Zverev, Tsitsipas o un cuarto que ocupe el puesto de ‘campeón sorpresa’. En las Nitto ATP Finals de Turín hubo sorpresa, ya que no ganó el gran favorito, ni siquiera el segundo, sino un alemán de 24 años que acumula ya dos coronas de maestro en su maleta. Entonces será que nos hemos malacostumbrado, porque ver a Sascha liderando este tipo de concursos ya no sorprende a nadie.
Mucho menos si sacamos las notas de su novena temporada profesional, la mejor hasta el momento de su carrera. Con 59 victorias (líder en la estadística) y seis títulos (líder en la estadística), el oriundo de Hamburgo ha vuelto a rozar el sobresaliente. Campeón en dos ATP 500 (Acapulco y Vienna), en dos Masters 1000 (Madrid y Cincinnati), maestro en Turín y, por si todavía queda alguna duda, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Tokyo. Igual me equivoco, sobre todo si pienso en la marca de 27-1 en Grand Slam de Novak Djokovic, pero si le preguntan a Alexander si cambiaría su temporada por alguna de sus rivales… es posible que le llevara bastante minutos de reflexión. Vale, es cierto que sigue sin ganar ese maldito major tan irresistible, pero por delante tiene una década para sumar los que quiera. O los que le dejen.
De momento, este año lo que sí ha disfrutado es de verse competitivo cada semana, en cada torneo, prácticamente en cada partido. Ya fuera con una victoria o una derrota, la gran mejora de Zverev en este 2021 pasa por tratar del mismo modo los días buenos y los malos. Cuando le fueron bien las cosas, no tiró muchos cohetes; cuando se torcieron, a pelear hasta la última bola y al hotel con la cabeza alta. Se puede ver en sus duelos directos contra el top10, una caja donde siempre hay que mirar el fondo, sobre todo si es profundo. Han sido un total de 20 enfrentamientos este curso ante jugadores dentro de los diez mejores del mundo, dando un récord positivo de 12-8, solo superado en porcentaje pro Djokovic (14-4) y Medvedev (10-5). Por eso, entra otras cosas, ha cerrado el calendario por detrás de ellos.
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Si nos vamos a los Grand Slam, encontramos la temporada más exitosa de Alexander hasta el momento. Un balance de 17-4 con cuartos de final en Melbourne, semifinales en París, cuarta ronda en Londres y semifinales en Nueva York. Los números mejoran, la sombra del alemán cada vez se acerca más a la luz, pero siempre aparece algún obstáculo en el camino que termina con el viaje. Este año, los obstáculo se llamaron Tsitsipas, Aliassime y Djokovic por partida doble. Los tres, por cierto, dentro del top20. Se acabó lo de caer en rondas tempranas, se acabó lo de perder ante rivales pequeños, el listón de Zverev ya no lo salta cualquiera. Quien quiera ganarle tendrá que ser mejor que él, ahora falta que él pueda situarse por encima de los mejores. La evolución es evidente, aunque los más críticos le sigan señalándole como un tenista negado en partidos al mejor de cinco sets. Y bueno, algo de razón tienen, ya que cuando el encuentro se va al quinto asalto las piernas de Sascha empiezan a temblar. Es la horma de su zapato, un lunar en su espalda, un signo a borrar de su quintaesencia.
La Wikipedia –que más de un trabajo firmó a mi nombre en la facultad– define la quintaesencia como “la cualidad más pura de una cosa”. Algo así como la característica intrínseca que cada uno lleva dentro, de la cual no nos podemos desprender. En el caso de Zverev, su quintaesencia goza de muchas aristas dentro del mundo del deporte. Es tan clásico verle tumbar a los mejores en eventos de Masters 1000 y ATP Finals como lo es verle hundirse en torneos al mejor de cinco sets, donde la consistencia y la concentración terminan siempre por sabotearle. Así es Sascha, aunque esté luchando año a año por pulir esas maneras innatas. El teutón lo ha ganado casi todo a sus 24 años, solo le falta tirar abajo la puerta de los Grand Slam y convertirse luego en Nº1, pero antes tendrá que vencer a la carta más íntima de su baraja: la genética. El día que lo consiga podremos centrarnos en la Copa Davis, pero eso es un puzzle que no se resuelve desde 1993.
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