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El rincón de Fernando Murciego: La historia de Ashleigh Barty, un talento a contracorriente

El rincón de Fernando Murciego: La historia de Ashleigh Barty, un talento a contracorriente

El 12/06/2019 a las 13:15Actualizado El 12/06/2019 a las 13:17

Dejó el tenis con 18 años, se fue a jugar al cricket, volvió dos años después y a los 23 conquistó Roland Garros. Han pasado unos días desde que Ashleigh Barty saliera por la puerta grande en la Philippe Chatrier y, sin embargo, todavía hay gente que desconoce su historia. La historia de una mujer diferente al resto de jugadoras, una mujer que navega a contracorriente en el circuito WTA.

Si antes de empezar Roland Garros me sacan el ranking con todas las top10 presentes y me obligan a eliminar a una de la lista de candidatas a levantar el título, efectivamente, hubiera elegido a Ashleigh Barty. Sé que esto no habla especialmente bien de mis conocimientos en la materia, pero lo que viene a subrayar es la tremenda igualdad que se respira ahora mismo en el circuito femenino. “Cualquiera puede ganar el título”, solemos leer muy de vez en cuando. Cualquiera no, pero sí casi cualquiera. En París aterrizaron varias cabezas de cartel como Naomi Osaka, Simona Halep, Garbiñe Muguruza, Serena Williams o Kiki Bertens. De todas estas, solamente la rumana pudo alcanzar los cuartos de final, donde se llevó una paliza a manos de una niña de 17 años. Esto es la WTA actualmente, un reino sin corona, una selva donde Ashleigh Barty supo aprovechar el momento para reservar su página en la historia. Y su historia es la que hoy venimos a contar.

Lo primero que llama la atención de esta australiana de 23 años es su estilo, el tenis que practica, las formas en pista. Hace años ya desde que la sutileza y la creatividad perdieron la batalla frente a la potencia y el no pensar dentro de la cancha, aunque todavía quedan algunas valientes que apuestan por el método antiguo. Barty es una de ellas. Por sus venas corre la sangre de una de las naciones más legendarias de este deporte, Australia, un país pionero gracias a nombres como Laver, Court, Rosewall o Goolagong. Un lugar donde se subía a la red casi por obligación, por fidelidad a los orígenes de este deporte. Eso es lo que hace Barty, representar a la escuela clásica. Mientras unas prefieren dar palos desde el fondo, ella teje la jugada golpe a golpe, para cerrar los puntos intimando con la cinta. Mientras otras se agobian cuando el intercambio se alarga, ella encuentra la solución en un revés cortado, o una dejada, artes olvidadas por la gran mayoría de academias. Pero solo con esto sería imposible sobrevivir, aquí es donde aparece lo impresionante de la ecuación. Con su 1’66m de altura, Barty puede parecer una jugadora inofensiva desde el inicio, pero de su raqueta nacen una media de seis saques directos por partido, siendo la quinta jugadora del tour con más aces encima. Una combinación tan añeja y seductora merecía un premio como el obtenido este pasado domingo.

Verla sobre la pista ya encandila, pero la diferencia más exclusiva la encontramos en su pasaporte de vida, las huellas que fue dejando hasta llegar aquí. Siendo una jugadora formidable como junior (llegó a ser Nº2 del mundo y campeona de Wimbledon), la oriunda de Ipswich no tardó dar el salto al profesionalismo. Con 15 años ya estaba disputando cuadros finales, tanto en individual como en dobles, aunque fue en la modalidad por parejas donde la vimos despegar. De la mano de Casey Dellacqua alcanzaron las finales de tres Grand Slams en la temporada 2013. No ganaron ninguna de las tres, pero aquello significó un aviso de lo que estaba por venir. Quizá por eso sonara como un bombazo su retirada a finales de 2014, tomando la decisión de colgar la raqueta para dedicarse profesionalmente al cricket.

Los motivos fueron claros. Demasiado joven, demasiado éxito, demasiada presión. Demasiados demasiados para saborear aquella nueva realidad. Barty se hizo a un lado, sacrificó su sueño de ser tenista para salvar su integridad y salud mental. Pero no crean que al cricket se fue a divagar. En el primero de los dos años que compitió en las filas del Brisbane Heat, quedó como máxima anotadora del equipo que, por supuesto, se llevó la liga. Dos años de renuncia, descanso y reflexión que le sirvieron para enamorarse todavía más del tenis y echarlo de menos. Aquí es donde aparece la figura de Craig Tyzzer, el entrenador que sembró en su cabeza la idea de volver. El mismo que tres años después sonreía en la Philippe Chatrier al ver a su jugadora levantar el título de Roland Garros. Orgulloso de haber vivido cada etapa en el tablero, pero también orgulloso de la naturalidad y sencillez de su pupila. No verán a Barty luciendo palmito en portadas, o compartiendo en redes sociales los privilegios de una top10, tampoco la escucharán una mala palabra acerca de una compañera, un mal gesto en pista, o una crítica desde fuera. Para ser una gran campeona, antes había que ordenar todas las piezas. Así lo explica ella:

De no haber dejado el tenis en 2014, nada de esto hubiera sido posible. Ni siquiera sé si estaría aquí sentada hablando con ustedes de no haber dado ese paso. Obviamente, aquello significó una etapa muy importante de mi vida, necesitaba lidiar con ello, tener una vida normal, porque la de tenista no es una vida normal. Necesitaba tiempo para crecer como persona, para madurar, pero el tenis seguía formando parte de mi vida, echaba de menos la competición, las rivalidades, la emoción de las victorias y las derrotas. Eso solo te lo da el tenis. Así que estoy feliz por haber tomado esa decisión, es la mejor decisión que he tomado. Bueno, miento. La mejor decisión que he tomado fue la de volver. Nunca cerré del todo la puerta, nunca dije que no volvería a jugar al tenis”.

Con 18 años se sintió desubicada en aquel mundo de focos e inmediatez. Con 20 se quitó las cadenas para darse una nueva oportunidad. Con 23, en el lugar más imprevisto, levantaba su primer Grand Slam individual, nueves meses después de levantar el primero como doblista. Una australiana ganando en París jugando como si aquello fuera hierba, luciendo un estilo de otro siglo y rompiendo con todos los patrones establecidos. Lo que se suele entender por un referente. “Mi relación con la tierra batida siempre fue de amor/odio. Siempre que me preguntaban en algún torneo de la gira respondía lo mismo: ‘Cada semana en arcilla representa una semana menos para que llegue la hierba”. Seguro que esta vez no le entró tanta prisa.

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