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El rincón de Fernando Murciego: Nos falta David

El rincón de Fernando Murciego: Nos falta David

El 26/05/2019 a las 10:03Actualizado El 26/05/2019 a las 10:08

Dieciséis años han tenido que pasar para mirar un cuadro final de Roland Garros y no encontrar su nombre. Alguien con más de cuarenta victorias en el torneo, un subcampeonato en 2013 y una regularidad que le hizo pisar la segunda semana de competición en la mitad de sus presencias. Hablamos de David Ferrer, un hombre que pese a no haber podido nunca ganar el título, dejó una huella imborrable en P

Mañana empieza Roland Garros y existen múltiples motivos para sonreír. Tendremos una nueva Philippe Chatrier, más sofisticada y ya preparada para albergar su techo la temporada que viene. Disfrutaremos de la mejor tierra batida del circuito, esa que siempre nos regala historias maravillosas en su primera semana. Volveremos a tener la magia de Roger Federer en la capital francesa, el poderío de Serena Williams en un cuadro de Grand Slam, o el aroma a campeón que siempre desprende Rafael Nadal cada vez que vuelve al lugar donde empezó su leyenda. Por supuesto, huelga decir el placer que será estar una primavera más formando parte del equipo de Eurosport analizando cada detalle de lo que suceda dentro y fuera de las pistas. Vamos, que la lista de buenas noticias es larga y profunda… sin embargo, me falta algo. Hoy, a 24 horas del comienzo de la cita más importante del año para el tenis español, es inevitable acordarse de alguien. “Hay que hablar de los que están, no de los que faltan”, típica frase que siempre escuchamos en el ámbito deportivo y que nunca cumplimos. Con ausencias como la de David Ferrer, saltarse la norma tiene más sentido que nunca.

La historia de David en Roland Garros arranca justo un año antes de su inmersión permanente en la categoría de los Grand Slams. Hay que recordar que el alicantino estuvo de manera ininterrumpida disputando estos torneos desde 2003 hasta 2018, período en el que solamente se perdió el Wimbledon de 2015 debido a una lesión en su codo derecho. Una marca extraordinaria que nos habla de vigencia, constancia, regularidad y una conexión total con los requisitos que te exige la élite. Pero su relación con París nace en 2002, cuando disputa la fase previa teniendo 20 años y cede en segunda ronda. Allí ganó a Alexandre Peya (3-6, 6-4, 6-3) para despedirse al día siguiente frente a Takao Suzuki (6-3, 6-4), un japonés que a lo máximo que llegó fue a quedarse dos puestos por debajo del top100. Tal y como era David por aquellos tiempos, seguro que pensó: “Pues nada, nunca podré jugar un main draw en París”. Doce meses después, estaría presente en la primera de las 16 ediciones consecutivas en las que vería su nombre en el cuadro final.

Apenas tuvo que gastar tres balas para dar el primer puñetazo sobre la mesa. En 2005, después de no haber superado la segunda ronda en los dos calendarios previos, Ferrer arranca su participación en el cuadro perdiendo el primer set ante Jiri Vanek. No volvería a perder otro parcial hasta ubicarse en los octavos de final, donde le esperaba el actual campeón. Gastón Gaudio, el hombre que había dado la campanada en la final de 2003 remontando dos mangas a su compatriota Guillermo Coria, era el rival que determinaría de qué pasta estaba hecho el jugador de Jávea. Había perdido sus cuatro primeros duelos ante el argentino, pero dos semanas atrás, en Roma, por fin se había quitado la espinita de aquella rivalidad con una paliza que valía por cuatro (6-0, 6-1). ¿Alteraría ese choque la moral de Gastón en París? Lo cierto es que el combate no decepcionó. Se lo llevó el español por 2-6, 6-4, 7-6, 5-7 y 6-4. Por primera vez estaba en los cuartos de final de un Grand Slam, obviamente, en los de Roland Garros. Un día inolvidable que se encargaría de nublar Rafa Nadal dos jornadas después.

Cualquier país firmaría tener dos cartas contemporáneas de valor tan alto como hemos tenido aquí en España durante los últimos 15 años. Sin embargo, qué dolor ver cuando la balanza se decanta, normalmente, siempre hacia el mismo vértice. “Gracias a jugadores como Rafa Nadal me he convertido en un mejor jugador”, es la oración habitual que solemos escuchar al valenciano. El precio a pagar por esa mejoría fue quedarse siempre a las puertas de ganar un Grand Slam. Le pasó en numerosos escenarios, pero sobre todo en París. Cuartos de final en aquel año 2005, pero también en los cuartos de 2014, en las semifinales de 2012 o en la final de 2013. Siempre Nadal al otro lado de la red, siempre el balear obligado a despertarle del sueño de conquistar Roland Garros. Se dice que David nunca hubiera sido Nº3 mundial si no hubiera tenido estas leyendas delante, que nunca hubiera tenido la motivación para estar siete años en el top10. ¿Y qué es lo que hubiera tenido? Quizá una carrera menos estable, pero sí otros logros irremplazables.

En total fueron 16 participaciones consecutivas en la capital francesa resueltas con 44 victorias y solo una derrota en primera ronda. Casualmente, no llegó hasta el año pasado, en su última visita, ante un jugador llamado a ocupar su perfil en los próximos años en la segunda línea de batalla. Fue Jaume Munar el jugador que cerró el ciclo de Ferru en París, lo hizo además remontando dos sets abajo, al más puro estilo ibérico. Raza, sacrificio, pundonor, todos esos términos que siempre acompañaron al alicantino y que aquel día estuvieron empujando al joven mallorquín. Ninguno pensó que ese sería el último asalto que le veríamos protagonizar en Roland Garros, pero así lo confirmó él mismo meses después. ¿Y ahora qué? ¿Cómo acostumbrarnos a disfrutar de esta quincena sin una de sus piezas clave? ¿Cuánto tiempo pasará para que nazca un tenista con unas cualidades tan extraordinarias y unos valores tan marcados? ¿Cómo tapar este vacío si no hay material disponible?

Mañana empieza Roland Garros, quién sabe si veremos el duodécimo de Rafa, el segundo de Garbiñe o el primero de Thiem. A quien no veremos será al de Jávea, el que nunca fallaba, el que siempre aseguraba una lucha hasta el final. Nos faltará David, irremplazable en un palacio donde nunca pudo reinar.

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