Seguía siendo una final de Grand Slam, pero no era como las últimas. Nueva York cerró este domingo un viaje de catorce días con una última ronda desconocida. Sin banderas suizas, españolas o serbias. Sin récords históricos de por medio, sin montones de trofeos que comparar. Por no haber, no había ni público, el colmo. Un evento extraño, empezando por las condiciones y acabando por sus finalistas. Aunque siendo justos y teniendo en cuenta el ranking, tampoco era tanta sorpresa que Dominic Thiem y Alexander Zverev fueran los elegidos para medirse en el pulso definitivo, el que decidía en qué manos caía la copa. Dos top10 consolidados, dos referentes en sus respectivas generaciones, dos buenos amigos citados para ver la consagración de uno de ellos. Pasara lo que pasara tendríamos noticia, solo faltaba rellenar el hueco más importante del titular.

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Ese hueco se completó con cinco letras: THIEM. El austriaco acabó siendo el mejor y no precisamente porque lo demostrara sobre la pista. De hecho, en numerosas ocasiones llegó a asomarse al precipicio. Ahí fue donde realmente demostró estar preparado para un reto así, aunque fuera recorriendo un camino tortuoso. A sus espaldas tenía ya un par de finales en Roland Garros y una tercera mucho más reciente en el Open de Australia, trayectoria ascendente donde Rafa Nadal y Novak Djokovic se habían encargado de mantenerle en un segundo escalón. A la cuarta iría la vencida, pensó él, ya que ninguno de los dos se interpondría en su camino. Esta vez sería Zverev el rival a batir, posiblemente la persona con la que más tiempo haya compartido fuera de la cancha de todos los jugadores del vestuario masculino. Sobre el papel, el favoritismo recaía en los hombros del austriaco. Sobre la pista, la película fue muy distinta.

Con una remontada épica, con los nervios a flor de piel, con la tensión de ambos tenistas ante una situación nunca antes vivida y pese a las cuatro horas de tenis que nos regalaron, lo más triste fue tener que leer a cierto sector de Twitter criticar injustamente el nivel del combate, hasta el punto de tildar el espectáculo de nefasto, aburrido y sin interés. Como dijo Álex Corretja en antena, “demasiado campeón desde el sofá”. Y aunque fue una frase sin intención de la que luego salió a disculparse, no pudo estar más acertado. ¿Acaso no sabíamos todos lo que había en juego? ¿Por qué esa necesidad de tirar por abajo el trabajo de otros? Seguramente no fuera la mejor final de la historia del US Open, pero mal haríamos si tuviéramos en la mano la misma vara con la que medíamos al Big3. Y eso que todavía no se han ido. Por si acaso quedaba alguna duda, Thiem se desnudó en sala de prensa explicando que el factor mental había sido un día más el golpe más importante dentro de la pista. Una variante difícil de entender desde el sofá.

Era su primera gran final, pero ninguno de los dos nos habíamos enfrentado a nadie del Big3 esta semana, eso lo llevábamos ambos en la mente. Era una gran oportunidad para los dos. Es obvio que estuve muy rígido al principio, pero los dos tiramos de experiencia para salir adelante.No creo mi mayor experiencia en finales me ayudara mucho, de hecho, pienso que ni siquiera fue positivo haber jugado ese tipo de finales. Llevaba demasiado tiempo deseando este título, cuando salí a la pista tenía en mi cabeza el posible 0-4 en finales. Este tipo de cosas siempre están en tu cabeza. ¿Volveré a tener una oportunidad así alguna vez? Todos esos pensamientos no son buenos para jugar al tenis, no te dejan jugar libre. Eso fue lo que sucedió al principio, hasta que las cosas cambiaron en el tercer set. Al final fue un partido abierto, estuvo 50-50, pero la experiencia no fue un factor clave”.

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Thiem tuvo que verse con el agua al cuello para reaccionar, para dejar de pensar, para quitarse los miedos y empezar a hacer lo que mejor saber hacer. Poco a poco, siempre caminando sobre el alambre, el austriaco fue salvando situaciones de peligro hasta llegar a un tiebreak en el quinto set donde se le apareció un nuevo fantasma: los calambres. Tal era el agotamiento, tanto físico como mental, que sus piernas ya no reaccionaban, estaba totalmente atrapado. Con 27 años y después de haberse quedado tantas veces a las puertas de un Grand Slam, la situación parecía fatídica. Hacía falta mucho valor para remontar y rematar un resultado así, para recuperar toda la confianza, para dar un paso más y cerrar una jornada histórica. Pero lo hizo, levantó la copa y cambió la historia.

No se equivoquen, el verdadero valor no estaba solo en atreverse a remontar un partido de tenis adverso, casi imposible, que lo tiene y mucho. El verdadero valor estaba en aceptar que, en algún momento del camino, una hombre que no se llamase Roger, Rafael o Novak acabaría levantado un Grand Slam. Una persona que aceptase vestirse de relevo, que liderase un nuevo ciclo, que acaparase por primera vez todos los focos. Para eso hace falta mucho valor. Eso fue precisamente lo que le ató en los dos primeros sets, para luego empujarle con más fuerza en los tres siguientes. Thiem se atrevió y le salió bien, ya no hay vuelta atrás. “Hasta el día de hoy me faltaba una parte importante por completar en mi palmarés, así que ahora estaré más relajado, espero jugar más suelto en los torneos importantes”. Pobre Dominic, no sabe que ahora viene lo más duro.

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