Pese a que son más altos, más fuertes y más jóvenes, nadie apostaba este domingo por un desenlace del US Open 2021 que no fuera la imagen de Novak Djokovic levantando el título de campeón. Las recientes decepciones de Tsitsipas, Berrettini o el propio Daniil Medvedev nos habían subrayado que la #NextGen seguía un paso por detrás en cuanto a fortaleza mental, determinación e instinto competitivo. Eran tantos los números que nos olvidamos de los sentimientos, no nos dimos cuenta que el serbio también sufre, también se apaga, incluso se hace pequeño cuando la presión se hace insoportable. Y pasó, aunque acabó siendo el mayor ejercicio de liberación que pudo tener el número 1 mundial.
La historia de Djokovic la conocemos todos pero, por si acaso, vamos a resumirla en un par de líneas. Habla de Novak es hablar del hombre que llegó para romper el bipartidismo en el circuito, o que no sabía era que el reparto de títulos con Federer y Nadal no significaba reparto de cariño. De hecho, cuanto más pesaban sus bolsillos, más se llenaban sus oídos de pitos, críticas y esa facilidad para menospreciar cada uno de sus logros. Anoche el de Belgrado peleaba por dar el sorpasso definitivo: superar en número de Grand Slams al suizo y al español. Luchaba para ponerse a la altura del mismo Rod Laver y confirmar que él, Novak Djokovic, cerraba el debate de un guantazo sobre quién es el mejor tenista masculino de la historia del tenis. Así se presentaba la sinopsis de la final, aunque luego en la sala se proyectase una película totalmente distinta.
El partido está roto en la tercera manga con 6-4, 6-4 y 5-1 para el ruso, cuando una reacción del balcánico retrasa lo inevitable. Es su último aliento, el orgullo del campeón derrotado, compañado de esa sonrisa nerviosa de quien busca un apoyo y no sabe dónde. Lo intentó hace diez años en las semifinales ante Federer, el día que salvando 2MP creyó haberse ganado el respeto de la Arthur Ashe, pero no hubo respuesta. Qué curioso que esta vez, siendo para muchos el mayor villano del circuito, la grada sí decidió arroparle. Es entonces cuando ocurre lo imposible, y no estamos hablando de remontadas. Después de ganar tres juegos seguidos, Djokovic se dirige al banco y se esconde bajo la toalla, donde rompe a llorar como un niño, expulsando todos los sapos y venenos que ha tenido que tragar durante años. ¿Por qué hoy sí merecía ese calor? ¿Por qué la gente no estuvo con él en sus días de gloria? Muy fácil. Porque esta vez era cuando más lo necesitaba.
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Sus lágrimas siguieron salpicando en el siguiente juego, que sería el último del partido, pero campeón o subcampeón eran términos que ya no estaban en la mente del serbio. “Han sido muchas emociones diferentes, por supuesto que una parte de mí se va muy triste, esta derrota es difícil de asimilar considerando todo lo que estaba en juego. Por otro lado, sentí algo que nunca había sentido en Nueva York, la multitud me hizo vivir algo muy especial. Era algo que no esperaba, una cantidad de apoyo así, tanta energía y amor por parte de la gente es algo que no olvidaré nunca. Para mí es tan fuerte como ganar 21 Grand Slams, así es como me siento ahora, de verdad. De alguna forma me tocaron el corazón, pese a ser un atleta profesional que siempre busca la victoria, son este tipo de momentos los que uno desea vivir. Estas conexión que he establecido con el público estadounidense durará mucho tiempo”, declaró horas después ante la prensa, todavía emocionado.
Esa gente que aplaudía eran los mismos que hace dos semanas le silbaban en primera ronda ante Holger Rune, sin ningún motivo. ¿Qué ha cambiado?
Digamos que Novak se volvió humano, frágil, verle tan vulnerable ante un Medvedev superlativo terminó con las hostilidades del público y tendió lazos de empatía con el balcánico. La grandeza de los campeones se mide también en días como éste, donde no te sale nada y te quedas a las puertas de adueñarte de la historia. Djokovic, un depredador de récords acostumbrado al triunfo, se fue con las manos vacías de Nueva York, pero con el corazón colmado de paz, amor y alivio, mucho alivio. Cuando 22.000 personas te tocan el alma de esa manera es imposible perder.
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