De todas las excentricidades que se le tuvieron que pasar por la mente la noche de antes, Daniil Medvedev terminó apostando por su afición a los videojuegos y escogiendo la figura del salmón. Ya saben: ‘L2 + izquierda’. Ese fue el último golpe del ruso en la final del US Open, un golpe directamente contra el suelo para celebrar que por fin era campeón de Grand Slam. Gustará más o menos pero, indagando un poco en los orígenes de este animal, se dan unas cuantas casualidades que merece la pena comentar.
El salmón, un pez de agua dulce que vive repartido por los océanos de todo el mundo. La conexión es fuerte ya desde la primera línea de la Wikipedia, teniendo en cuenta que el oficio de Medvedev también tiene que ver con largos viajes y torneos en varios continentes. Se sabe de los salmones que tienen la habilidad de volver al mismo lugar donde nacieron, lo cual les sirve para reproducirse. ¿Dónde ‘nació’ por primera vez la estela de Daniil? En Nueva York, en 2019, en aquel intento de remontada fallido ante Nadal. El mismo lugar al que regresó dos años después para engendrar su primer título de Grand Slam. Pero lo más curioso del salmón es su capacidad para nadar a contracorriente, de sobrellevar cualquier marea, un símil que nos viene al dedo para sintetizar al flamante nuevo rey de Flushing Meadows.

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Mucho se habló de la precocidad y el revés de Zverev, del estilo y plasticidad de Tsitsipas, de la evolución y potencial de Rublev, o de la derecha y el saque de Berrettini. Cuatro estupendos jugadores que estarán arriba mucho tiempo, sin ninguna duda. Sin embargo, el que ha terminado llevándose el gato al agua ha sido el salmón Medvedev, el elegido. Él es quien pasará a la historia por lograr lo que no pudieron los mencionados anteriormente: ser el primero de la #NextGen en superar a un miembro del Big3 en una final de Grand Slam. Pase lo que pase en el futuro, será el de Moscú quien abrió el camino, el que posiblemente ayude a sus compañeros de generación a creer que sí, que es posible, que Djokovic y Nadal no son invencibles en un quinto asalto.
¿Y cómo lo hizo? Aquí viene lo más gracioso, la comparativa más aguda. Se dice del salmón, experto en nadar a contracorriente, que no se sabe muy bien cómo lo hace, nadie se explica cómo se orienta, aunque sí está demostrado que su sentido del olfato está tremendamente desarrollado. Caso tan extraño como el de Medvedev, quien camina sin energía por la pista, tiene una técnica que te la firmaría un amateur y ofrece siempre un discurso despreocupado, vacilante, como si nada fuese con él. No llega a ser tan agrio como el de Kyrgios; la diferencia está en que Daniil sí entrena para ganar partidos. Con todas estas rarezas –que cada vez nos gustan más–, el ruso se ha convertido en alguien súper especial dentro del vestuario, además de un grandísimo competidor.
Especial es su tenis y es su personalidad. Lean sus entrevistas, escuchen sus ruedas de prensa, vean sus respuestas cada vez que le ponen un micrófono delante. Daniil está hecho de otra pasta. Es un jugador moderno, con los tiros necesarios para ser el líder en esta revolución, con presencia en redes sociales y cercanía con sus fans, pero siempre rodeado de una esencia canallesca que engancha, que te atrapa, que te deja con ganas de más. Según el ruso, nunca tuvo ídolos de pequeño, siempre quiso ser extraordinario en su camino, sin intención de copiar a nadie. Por eso se planta en cuartos de final de Roland Garros después de decir que odia la tierra batida, o se mete con Tsitsipas públicamente sin temor a lo que diga la prensa, o se vuelve popular por no celebrar ninguno de los títulos que gana. Bueno, miento, el US Open sí merecía una dosis extra de fantasía.

Djokovic y Medvedev.

Fuente de la imagen: Eurosport

“Estando en Wimbledon, pese a que la hierba no es mi mejor superficie porque no me siento tan cómodo, empecé a reunir mucha confianza en mi juego. Era tanta que una noche no pude dormir de la emoción y estuve diez minutos pensando qué pasaría si ganaba el torneo. No celebrarlo sería demasiado aburrido, ya que eso es lo que hago siempre, así que necesitaba hacer algo especial. Como sabéis, me encanta jugar al FIFA en la Play Station, donde existe una celebración que se llama el ‘pez muerto’. Hablé con mis amigos y les comenté la idea de hacerlo, algo que les pareció legendario. No es que quiera estar en los periódicos, o que la gente hable sobre esto, no me importan esos temas. Solo quería hacer algo especial, tener un guiño con mis amigos. ¿Y sabéis qué? Me hice incluso un poco de daño, no es fácil tirarse así sobre cemento, pero estoy feliz de haberlo hecho”.
Auténtico, sin más. No sabemos hasta dónde llenará sus vitrinas, lo que está claro es que a este chico se le cae el carisma allá por donde pasa. De momento el objetivo más importante está conseguido, el de pasar a la historia por ganar donde ganó, cómo ganó y a quién ganó. Ahora viene la segunda parte del chiste, ver de qué manera afecta en su rendimiento un episodio tan grande de repercusión y ruido a su alrededor. ¿Se acuerdan de Thiem? Ahí tiene un buen ejemplo del que aprender. Con un estilo muy personal, esa actitud desaborida y su naturaleza chirigotera, este salmón ya sabe lo que es estar en la cima. Llegó tarde a este mar, pero aprendió a nadar más rápido que el resto.
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