El tenista del millón de multas. Nick Kyrgios va por libre, pero no tanto.
A ojos del aficionado medio al tenis, Nick es un superdotado desequilibrado, díscolo y poco aplicado, casi perdido para la causa aunque capaz de derrotar en su primer enfrentamiento a cada uno de los tres miembros del 'Big 3' (Nadal, Federer y Djokovic). Si sabes poca cosa de él, jamás le confiarías el cuidado de tu mascota o las llaves de tu coche.
“Hago lo que me da la gana”, espeta en la sala de prensa de Wimbledon a un periodista que le anuncia el probable castigo que recibirá por saltar a la pista con deportivas rojas, incumpliendo el estricto código de vestimenta del torneo. “No estoy por encima de las normas, sólo me pongo mis Jordan rojas”, añade. Y hay que creer lo que dice, porque lo dice tranquilo, desafiante pero sereno, civilmente desobediente. Kyrgios rompe las leyes a conciencia y acepta las consecuencias como quien hace una sentada para evitar el desahucio de una familia humilde o quien se encadena a un árbol para que no talen el bosque. Su causa justa es él mismo. “Toda publicidad es buena”, concluye muy ufano.
Wimbledon
La altanera reflexión de Kyrgios: "Habría ganado Wimbledon a cualquiera que no fuera Djokovic"
29/07/2022 A LAS 18:29

Nick Kyrgios

Fuente de la imagen: Eurosport

Nick Kyrgios ha elegido ser el villano, en parte porque su temperamento volátil, explosivo, le hizo ganar muy pronto ese papel en un 'casting' sin apenas oposición dentro del circuito. Al final, es la vida la que le ha conducido por este camino, y ahora se ve obligado a alimentar un personaje del que a menudo se cansa, con el que no se identifica plenamente y del que es improbable que se sienta orgulloso, aunque le siga resultando útil para gestionar la presión y ciertas emociones. Porque los antihéroes venden mucho en los tiempos que corren. Ahora todo el mundo parece dispuesto a destruirlo todo, a transgredir todas las normas, a romper todas las convenciones y superar todos los límites, como si nada mereciera la pena. El malvado atormentado tiene sus razones, como bien sabe cualquiera que haya leído alguna vez un cómic. Y nunca faltarán imbéciles que lo apoyen.
Pero Nick no es malvado, ni de lejos. Puede que sí se haya comportado de forma cruel con el enemigo ocasional (“Kokkinakis se folló a tu novia, siento decírtelo, colega”, le soltó a Wawrinka en pleno partido). Puede que haya insultado y escupido y discutido y gritado mucho más de lo aceptable. Ni es ni quiere ser un modelo conducta, mucho menos de deportista. Puede también que sea bastante egoísta en lo relativo a la satisfacción inmediata de sus deseos, hedonista, anárquicamente individualista, incluso podríamos afirmar que un poco esteta, en la medida en que el arte (lo bello de la vida) está para él muy por encima de la victoria y de la derrota. “No quiero hacer perder el tiempo a ningún entrenador, porque no me importa alcanzar o no mi máximo potencial”, aseveró muchas veces. Ahora bien, nada de eso lo convierte en el líder de una contrarrevolución cultural o anticultural, neopopulista, en el tenis.

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Él es sin más descarnadamente sincero, a menudo demasiado, víctima de su propia incontinencia. Te destrozará en público si has obrado mal, y después defenderá a muerte tu libertad cuando piense que está siendo atacada. Contra el pronóstico más previsible, cumplió las normas anticovid con responsabilidad ejemplar y afeó las conductas desviadas en materia de salud pública de sus compañeros de profesión (Djokovic, Zverev). Pero clamó a los cuatro vientos contra el trato degradante que las autoridades de su país, Australia, dispensaron a Novak por no estar vacunado. En la práctica, y desde una posición de partida antagónica en lo referente a la covid-19, defendió el derecho del serbio a no vacunarse. Lo hizo él, asmático hondamente preocupado por su salud. Lo hizo el niño-adulto Nick, el que siendo adolescente hubo de desarrollar un tenis propio, especialmente agresivo, porque carecía de condición física para sostener intercambios largos desde el fondo.
Lo mejor de Nick es esa rara lealtad a sus principios, sean los que sean, y el hecho de anteponerla a sus propios intereses. La percepción de la injusticia enciende su fuego interno como pocas cosas, y está en el origen de un alto porcentaje de los altercados que ha protagonizado en competición. “Si alguna vez Rafa juega tan rápido como yo hoy, me retiro del tenis”, bramó cuando un árbitro le llamó la atención por tomarse demasiado tiempo entre saques. En otras ocasiones, es cierto, son sólo caprichos, como el circo que montó aquella vez en un torneo cuando no había manera de que alguien le trajera unas puñeteras toallas blancas. Él sólo quería que fueran blancas, joder.

Nick Kyrgios en Mallorca 2022

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¿Lo peor? Lo peor se ve todos los días, muy a menudo, está en todos los artículos y en todas las noticias. Y es normal, Nick se lo ha ganado a pulso. Pero hablamos de un veinteañero que no come animales porque le dan pena, le gustan, no quiere hacerles daño. Hablamos del impulsor de la campaña de donación masiva de dinero por parte de tenistas profesionales australianos para contribuir en la lucha contra los incendios forestales que asolaron el país. Estamos ante un ecologista convencido, quizá no muy informado pero sí diligente en lo que estima que está en su mano, militante. Un tenista profesional que, sin miedo a represalias de patrocinadores, apareció un día con una camiseta antitrumpista, en la que el ahora expresidente de los Estados Unidos figuraba reflejado como si fuera el auténtico demonio. “La imagen habla por sí misma”, se limitó a explicar.
Ya con veintitantos años, el profesional multimillonario Nick Kyrgios se seguía dejando revisar el correo electrónico por su mamá, princesa malaya casada con un pintor de brocha gorda de origen griego. No hay que ser un genio para darse cuenta de que Nick ha sufrido graves problemas de salud mental. Él mismo ha hablado de ellos en alguna ocasión. Ha contrapuesto las canchas llenas de aficionados, los millones de espectadores por todo el mundo, con la soledad del veinteañero perdido en un planeta grande y complejo, el muchacho que sólo cree necesitar una consola, algo de comida a domicilio y por favor que nadie lo moleste durante horas. Bueno, y quizá alguna que otra droga. El chico deprimido que coquetea con el suicidio y llega a autolesionarse el brazo.
Antes de su primera final de Grand Slam, en Wimbledon 2022, Nick cuelga una foto del crío con sobrepeso que un día fue. Aparece mofletudo y cariacontecido, sujetando una raqueta. “Le ha costado alcanzar la alegría, valorar dónde está”, dice su mamá. Resulta que también ha encontrado el amor, parece. Resumida así, no es una historia tan excéntrica. Más bien se antoja la de un chico normal.
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