Miguel Indurain trituraba rivales julio sí y julio también desde 1991. También se dedicó a hacer lo propio en vísperas de la que debería haber sido la victoria que le habría elevado al olimpo definitivo del ciclismo: ser el único de todos los tiempos en vestirse de amarillo seis veces en París, y todas ellas de forma consecutiva. Esa historia ya se conoce de sobra y recordarla es un ejercicio doloroso. Como sólo los aficionados más fieles son capaces de recordar con todo lujo de detalles cómo Miguelón minó la moral de sus rivales en la Dauphiné Liberé de 1996, se hace imprescindible volver a poner sobre la mesa la que fue su última gran victoria aplastante, con permiso del oro olímpico contrarreloj en Atlanta.

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La Dauphiné Liberé es otra de esas carreras importantes que debe su existencia y su nombre al Periodismo y que desde siempre ha sido considerada la antesala perfecta para preparar el Tour de Francia y especialmente para determinar quién es el candidato oficial en julio. Si en los años setenta siempre ganaban los alemanes jugando a fútbol, en los noventa y comienzos de los 2000 quien ganaba en el Delfinado tenía casi asegurado correr la misma suerte que Alemania. O sea, ganar. Indurain la ganó en 1995 y repitió, no sin esfuerzo extra ni una nueva exhibición mediante su victoria en aquella ya lejana 48 edició de la Dauphiné Liberé n que arrancó en Megève y acabó de la mejor manera posible para él en Grenoble.

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Llegó imparable y se fue invencible

Victoria en el prólogo y general de la Vuelta al Alentejo, victoria en la etapa contrarreloj y general de la Vuelta a Asturias, victoria de etapa en montaña y general de la ya extinta Bicicleta Vasca. Así llegaba el navarro a aquella Dauphiné con miras a su sexto Tour de Francia: arrasando allá por dónde corría y con la única preocupación de afinar su puesta a punto e incluso de reducir su peso, tal y como insistiría tras ganar la última etapa y sentenciar la general en Grenoble. Su mentor y portavoz ante los medios, José Miguel Echávarri, así lo atestiguaba ante los medios conteniendo la euforia y señalando que este nuevo triunfo tan sólo formaba parte de su preparación y que era "un regalo que el propio Miguel se hacía a sí mismo". Cabían pocas dudas de que Indurain reventaría la historia de este deporte un mes y medio después en los Campos Elíseos, porque en este último baile real no dio tregua alguna a Laurent Jalabert, ni a Tony Rominger ni a nadie. Empezó su remontada en la contrarreloj de 42 kilómetros en Beaumes de Venise y sentenció a la estrella de la ONCE en la ascensión al mítico Izoard.

En la etapa anterior del Mont Ventoux, Laurent Jalabert ostentaba el liderato de la carrera e incluso parecía que lo iba a defender de una forma sólida. La potente formación de Manolo Saiz y el polivalente ciclista galo debían dedicarse a controlar la carrera y a no perder más tiempo del pensado en esa crono larga que dominó Indurain. Incluso Jaja se veía superior a Miguelón al decir: “Perder sólo cincuenta segundos respecto a Indurain es para sentirse satisfecho (…) creo que tengo posibilidades de ganar porque hasta ahora no he tenido dificultades en la montaña y las dos etapas que quedan me favorecen”.

No fueron palabras osadas sino más bien declaraciones cargadas de confianza para el francés que hacía soñar a su país con suceder a Bernard Hinault en lo más alto del podio de París. Pero Miguel apenas tardó unas horas en poner las cosas en su sitio y despertó de ese sueño efímero a la afición gala camino del Izoard, en una jornada con otros dos colosos alpinos. Marcó su ritmo infernal que nadie podía seguir cuesta arriba y Jalabert sólo duró dos asaltos. Miguelón aguantó las acometidas de otros ciclistas como Leblanc que pugnaban por la etapa e incluso a una tromba de agua que complicó los descensos camino de la meta de Briançon. Allí no dejó ganar -como acostumbraba- a su compañero de fuga, más bien destrozó en un desigual esprint a Laurent Madouas.

El prime baile, o más bien el segundo contando la crono, ya había sido ejecutado con toda su crudeza. Jalabert apareció lejísimos y se quedó a 1:44 minutos del nuevo líder y tanto Tony Rominger como un joven Richard Virenque ya estaban lejísimos siquiera de amenazar a Miguel en la última jornada de media montaña hacia Grenoble. De hecho, Jalabert se retiró por problemas de salud e Indurain no pugnó por una etapa que ganó Luc Leblanc y en la que dejó ir por delante pero siempre controlando a Tony Rominger.

Los grandes titulares de la época encumbraron a Miguel Indurain tras esta nueva prestigiosa y colosal victoria, la cuarta consecutiva en su calendario competitivo de 1996 y la que hacía presagiar casi con total seguridad que ese aplastamiento se haría extensivo al Tour de Francia.

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Siempre prudente, Miguelón sabía que Tony Rominger iba a menos, que el joven Virenque perdería medio día en las cronos y que sin anteriores rivales de la talla de LeMond, Chiapucci o Bugno, sólo ciclistas de una nueva generación podían amenazar su reinado en la mejor carrera del mundo. De hecho, sólo Jalabert parecía estar en condiciones de amenazar ese sexto Tour de Miguel Indurain, pero ni tan siquiera fue capaz de acabarlo. Aquella Dauphiné también la corrió Bjarne Riis, pero de forma discreta y sin dejar ni rastro de cualquier atisbo de exhibiciones sobrehumanas con las que se coronó como el primer danés en ganar el Tour de Francia.

El mismo día que se subió por última ocasión a lo más alto del podio en una prueba por etapas, el 9 de junio de 1996, un escalón más abajo finalizó Abraham Olano el Giro de Italia ante el ruso Pavel Tonkov. El destino y la prensa de la época decretaron que el guipuzcoano sería su sucesor natural, en lo que no cayó nadie tras aquella Dauphiné Liberé de 1996 fue que Miguelón no acabaría ganando aquel Tour de Francia y que su última imagen de éxito -y sonriendo- la tendría junto a él en unos Juegos Olímpicos, y con una medalla colgada en sus respectivos cuellos.

Asociar Miguel Indurain y el año 1996 evoca a esa pájara camino de Les Arcs, a su cara desencajada y a su gigante cuerpo doblegado por el frío y únicamente protegido por unos guantes de puro invierno en pleno mes de julio. También recuerda aquella imagen, tanto o más dura, bajándose de la bicicleta para siempre en el hotel El Capitán de Cangas de Onís. Por eso era una cuestión de justicia recordar que en aquel maldito año también arrasó a sus rivales y se vistió de amarillo.

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