No se trata de informar, sino de publicitar. Si un jugador bate el récord de lanzamiento de hueso de aceitunas, allí están varios medios de comunicación para contárnoslo, por tierra, mar y aire. Si un futbolista de ese mismo equipo presenta una línea de ropa interior, allí está la prensa para abrasar al personal con el masaje de turno. Si un delantero estrena flamante deportivo, allí que el periodismo (¿?) se echa al monte para tirar de rotonda. De hecho, uno tiene el convencimiento íntimo de que, en el caso hipotético de que los presidentes de Madrid y Barça se animasen a participar en un concurso público de micción, entre lo que queda del periodismo deportivo de este país, habría auténticas bofetadas para ver a quién salpica primero.

Se trata de vender, día a día, minuto a minuto, en un bucle infinito, cualquier soberana memez y determinada pamema relacionada con la "actualidad" de Madrid y Barça, por ridícula que sea, hasta en la sopa. Así es el nuevo periodismo: servicial y pelota con el poderoso, rastrero con el débil. La audiencia (¿?) manda, dicen. Como si la audiencia tuviese voz y voto, como si los operadores y sus respectivos periodistas les hubiesen preguntado a los espectadores si les parece ideal que todos los días del año, llueva, haga frío o calor, les hablen de las bondades, maldades e idiocias de los dos grandes, o como si a los que encienden la televisión les maravillase, sobre manera, que lo superficial sea noticia y lo que pasa en el campo pase inadvertido.

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Aritz Aduriz (San Sebastián, 1981), un delantero como la copa de un pino y tres abetos, un superviviente que conoce su oficio de delantero centro, lleva toda su vida haciendo goles. Forjado en la fábrica del Antiguoko y modelado en el Aurrerá, nómada con el 9 a la espalda (Athletic, Burgos, Valladolid, Athletic, Mallorca, Valencia y de nuevo, Athletic), jamás ha sido objeto de la publicidad abrasiva de los medios de (in) comunicación, ni ha contado con el trato de favor de las incansables terminales mediáticas de madridistas y culés. De haber sido el 9 del Madrid y del Barça, siendo español, sin lugar a dudas, habría abierto todos los informativos. Es más, media España estaría, al unísono, exigiendo su presencia en la selección. De hecho, de formar parte de la plantilla de merengues y culés, los falsos profetas estarían instando al personal a organizar peregrinaciones a casa de Vicente Del Bosque, aireando que su no presencia en la selección es una falta de respeto (término muy de moda) y una aberración.

Aduriz juega en el Athletic. Está a un gol de los cien con la rojiblanca y lleva más que cualquier delantero nacional (14 goles en 14 partidos). Una estadística demoledora que, en cualquier otro país, sería objeto de debate por parte de un periodismo serio. Aquí, por descontado, su registro recibe trato de chascarrillo de barra de bar, porque lo crucial es debatir sobre si decir la concha de su madre es un insulto grave o un argentinismo. Ni un solo medio de comunicación es capaz de resistirse, por un simple día, al imperio de la publicidad diaria del Madrid y el Barcelona. Es improbable que los que no se podrían poner de acuerdo ni en el color de una deposición dejen de ignorar y despreciar los logros de quienes no militan en esos clubes. Conviene contarle a la opinión pública que sólo Robert Lewandowski (17 goles en 14 encuentros) tiene mejores números que el nueve del Athletic. Animal competitivo, Aduriz, como su nuevo socio, Raúl García, no vende humo, sólo hace goles. Delantero guipuzcoano, leyenda de San Mamés, Aduriz tiene 34 años y desea seguir jugando hasta los 36. No tiene quien le escriba, quien le reivindique o le halague. Nunca tuvo prensa ni la tendrá jamás, porque no juega en el Madrid, ni en el Barcelona. Ni falta que le hace, está ocupado. Él solo marca goles. Ya saben, eso no cuenta. Es cosa del periodismo aburrido.

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