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Grandes relatos Eurosport: La última cronoescalada real del Tour que acabó en una mentira

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Lance Armstrong, relatos eurosport

Fuente de la imagen: Eurosport

PorAdrián G. Roca
28/03/2020 a 16:22 | Actualizado 28/03/2020 a 16:23
@adriangroca

El recorrido del Tour de Francia 2020 vuelve a plantear una cronoescalada para decidir la carrera. Esta fórmula, en desuso en la ronda gala pero más presente en el Giro de Italia, vivió su momento culminante en 2004 camino del Alpe d’Huez. En esa fecha y en aquel Tour es fácil aventurar quién fue el gran protagonista: Lance Armstrong.

Tal vez era una pose, pero el gesto de Lance Armstrong era de seriedad absoluta aquel jueves 23 de octubre de 2003. Sentado junto a su inseparable Johan Bruyneel y muy cerca de su único rival Jan Ullrich, el texano apagó su sonrisa ante las cámaras cuando el entonces jefe del Tour de Francia, Jean Marie LeBlanc, dio a conocer esa sorpresa que había guardado con tanto celo y que ni tan siquiera había filtrado a L'Équipe el día antes como manda la tradición.

Ni más ni menos que una cronoescalada al Alpe d´Huez. Quince kilómetros de ascensión pura a las 21 curvas más famosas del ciclismo mundial a sólo cinco días de llegar a París. Una jornada para reventarlo todo y para tratar de reventar al propio Armstrong, que en la edición de 2004 buscaría su sexta victoria consecutiva para superar a Miguel Indurain y al elenco de los más grandes de la historia. El dominio aplastante del US Postal se podía cuestionar con un diseño de recorrido que escondiera puertos inéditos, alguna trampa, menos finales en alto y esa traca justo antes del final alpino y la crono llana final en la que el norteamericano podría recuperar ese supuesto tiempo perdido.

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Si en el ciclismo contemporáneo el mantra es romper el dominio del Sky/Ineos con recorridos que se alejan de convencionalismos, en aquella época de férreo dominio texano se pretendió exactamente lo mismo. Repensar y diseñar un trazado que al menos hiciera parecer más difícil las victorias de Lance y aquel equipazo que sólo pensaba en triturar ambiciones rivales cada mes de julio.

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Aquel rodillo no funcionaba solo. Además de fuerza también había que aplicar maña, demasiada, rozando la obsesión. Por eso desde muchos meses antes Johan Bruyneel y el propio Lance Armstrong se pusieron manos a la obra para reconocer uno a uno cada nuevo puerto de paso y escudriñar cada metro cuadrado de las célebres curvas del Alpe d’Huez. Allí, en aquella décimo sexta etapa del Tour de Francia 2004 daría el golpe definitivo o bien trataría de recuperar el maillot amarillo o el terreno perdido que tanto ansiaban los organizadores de la carrera y gran parte de un público hastiado de verle ganar cada año de la misma manera.

“Para nosotros el Tour es la temporada. Estamos desde diciembre pensando en el Tour, en el equipo que traemos o en la preparación que haremos. El US Postal no existe más que para el Tour”, repetía constantemente Bruyneel. Nada nuevo en aquella época, salvo que en esa minuciosidad había que incluir una aventura poco corriente como una cronoescalada pura. “Será clave, habrá que prepararla muy bien. Es un Tour difícil que habrá que preparar desde el reconocimiento a fondo de los recorridos de las etapas”, señalaba el propio Armstrong a meses vista de que arrancara el desafío de ganar su sexta corona consecutiva.

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Y aquel día, llegó. Llegó incluso como deseaban los rectores de la carrera: sin un Armstrong aparentemente dominante y con un francés, Thomas Voeckler, que mucho antes había cogido el amarillo y que cada etapa vestido de líder lo convertía en un ejercicio de resistencia heroica. Como en Plateau de Beille, el día que Lance se puso serio, ganó la etapa y se acercó peligrosamente al liderato. En la víspera de la cronoescalada el texano ya se vistió de amarillo y en la rampa de salida de Bourg d’Oissans y en cada curva en plena ascensión tendría una visión y una posición privilegiada sobre sus rivales.

Jan Ullrich no lo era y, como en años anteriores, tampoco lo fue realmente Joseba Beloki. Sólo un joven Ivan Basso estaba peligrosamente cerca en la general, pero sin acabar de ser un rival de suficiente entidad y experiencia. El plan perfectamente trazado por el Tour de diseñar un recorrido manifiestamente ‘anti-Armstrong’ se volvió completamente en su contra en su día D y a su hora H.

Armstrong comenzó aquella cronoescalada hacia la cima más reconocida y reconocible con una gorra con la visera echada hacia atrás. Ni tan siquiera el casco era obligatorio. Y sin ningún aspaviento aerodinámico en su bicicleta. Sin acoples en el manillar, sin máquina específica de contrarreloj, sin ruedas de perfil o lenticulares. Tan sólo con un traje buzo y unos cubrezapatillas con su célebre marca deportiva comercial serigrafiada.

Conforme iba superando curvas se quitó la gorra, se bajó la cremallera del buzo y abrió la boca con su característico gesto en pleno esfuerzo. En los tramos rectos iba viendo a Ivan Basso y a escasos kilómetros de meta dobló a un muy superado italiano. En ese momento ya se veía el terreno vallado próximo a la meta y París, un poco más cerca. Al cruzar la meta el propio Armstrong y todo el mundo ya eran conscientes de que su sexto Tour de Francia no se podía escapar.

Pero aquella última cronoescalada pura del Tour de Francia hasta que la de La Planche des Belles Filles tome el testigo en 2020 escondió más detalles aparte de este golpe de autoridad. La marea humana que llena el Alpe d’Huez cada vez que se convierte en escenario predilecto del Tour de Francia mostró pocas simpatías por Armstrong. Una etapa de estas dimensiones y con este formato es una lucha agónica del ciclista contra la montaña. Ambos a solas pero con centenares de invitados a escasos centímetros de cada protagonista.

Los abucheos y algún insulto vertidos contra el campeón texano o contra algunos de sus compañeros de equipo como Chechu Rubiera fueron el pretexto perfecto para que Armstrong diera la vuelta a la situación y se cobrara una vendetta encubierta contra el propio Tour de Francia y quienes diseñaron esta etapa. “La montaña es especial para el ciclismo y para el Tour. Había muchísimo público y he pasado mucho miedo. Había aficionados alemanes muy desagradables. Creo que el Tour debería repensarse este tipo de cronoescaladas porque el público está demasiado encima”, sentenció.

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Buceando en el resto de aquellas declaraciones después del palo vino la zanahoria, con las pertinentes alabanzas a la carrera, al público francés y a Francia como nación. Un discurso mitad improvisado y mitad perfectamente calculado para, fiel a su estilo, ganar también la carrera fuera de la carretera y sin estar subido a la bicicleta: “A mí no me afecta. Al contrario, me estimula más y me motiva. No merma en nada mi amor por el Tour y por Francia”.

Tanto o más miedo pasó su mejor lugarteniente Chechu Rubiera, quien no se cortó tras vivir esa experiencia en la cima alpina por excelencia: “Jamás me habían abucheado tanto. Nunca vi algo parecido, la mitad de la gente estaba en contra nuestra. Es una pena porque hasta ahora el público del ciclismo podría tener partidarios y animar a unos más que a otros, pero animaba a todos. Jamás insultaba”, dijo el asturiano.

Había muchísimo público y he pasado mucho miedo. Había aficionados alemanes muy desagradables. Creo que el Tour debería repensarse este tipo de cronoescaladas (Armstrong)

Por tanto, la cronoescalada que debía tumbar a Armstrong y aquel Tour de Francia 2004 diseñado entre trampas, puertos nuevos y terreno para que no dominara desde el inicio acabó siendo un pasatiempo más en su cuenta particular. Ni las dudas de rendimiento que sembró en 2003, ni las supuestas ganas de los organizadores de plantear una carrera renovada y diferente y ni tan siquiera los problemas personales que vivió el ciclista con su divorcio y la difícil custodia de sus hijos cambiaron sus ganas de ganar y seguir machacando.

Si en el Giro de Italia las cronoescaladas siguen siendo una bella constante con cuentagotas, el Tour de Francia pareció haber escuchado a pies juntillas esa recomendación de Armstrong tras una nueva conquista en el Alpe d’Huez. En los siguientes años no se volvió a repetir una etapa de estas características, ni tan siquiera parecida.

Aquella última cronoescalada real que tuvo el Tour de Francia acabó derivando en otra de sus muchas exhibiciones. Las mismas que con el paso del tiempo y su posterior confesión se acabaron borrando de su palmarés, aunque no tanto de la memoria colectiva. Por eso aquella última cronoescalada real del Tour de Francia fue una realidad en 2004 pero una mentira hoy en día.

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