Todavía no me lo creo. Apenas unas horas después de saltar de año y dejar atrás un 2021 para olvidar, me junté con mi buen amigo José Morón para dejar atados nuestros pronósticos de cara a la nueva temporada. Un poco por aburrimiento y un mucho por esa fiebre de pronosticar el futuro que todo periodista lleva en la sangre. Al final todos soñamos con tuitear la famosa frase: ‘Como ya dije en su momento…’. Pero entre broma y broma siempre hay algo de verdad, incluido ese momento de inspiración en el que me dio por titular que Elena Rybakina iba a ganar un Grand Slam en 2022 (para los más incrédulos, lo pueden ver en el canal de Punto de Break). ¿Qué por qué dije eso? Porque sabía que podía hacerlo, demostrado ha quedado. La pregunta correcta sería: ¿por qué, entre un grupo de 30 candidatas a dar ese salto, la escogí a ella? Muy fácil, porque si no lo hubiera hecho, ahora no estaría escribiendo este artículo.

Elena Rybakina

Fuente de la imagen: Getty Images

Bromas aparte, qué bueno haber visto en Elena lo que quizá mucha gente no veía. Porque seamos sinceros, en el circuito profesional, hasta que no ganas un Grand Slam no eres nadie. Digamos que es el requisito fundamental para que el aficionado medio te ponga cara y empiece a seguirte, aunque a veces sea para esperar ese tropiezo en primera ronda que le haga sacar lo peor que lleva dentro. Rybakina estaba muy lejos de ese franja de popularidad, una jugadora joven, con talento para convivir dentro del top25, pero sin la constancia necesaria para llegar lejos en los grandes torneos. He aquí el premio de quienes solemos ver más allá de esos torneos, la recompensa de asistir a una premiere antes de que el resto vean la película el día del estreno.
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Era ahí donde la kazaja ya cumplía todas las premisas: envergadura, un saque demencial y esa actitud fría que en ocasiones ayuda a mantenerte en pie cuando sopla el viento en contra. Sus cuartos de final en Roland Garros del año pasado solo fueron un aviso de que lo mejor estaba por venir. Pero bueno, reconozco que por delante de ella se podrían haber soltado otros nombres que hubieran convencido más. Jugadoras que todavía no hayan ganado un Grand Slam, así a bote pronto me salen Badosa, Sabalenka, Pegula, Sakkari, Pliskova, Anisimova o Mertens, por ejemplo. También Jabeur, que se quedó a las puertas este domingo; o Cori Gauff, subcampeona en Roland Garros; o Danielle Collins, superada cómodamente en la última final del Open de Australia. La lista es infinita, pero elegí a Rybakina, aunque asumo que jamás hubiera pensado que fuera a dar el golpe en Wimbledon. Su movilidad era lo que más me preocupaba, un aspecto que en tierra batida le da cierto margen para llegar a la bola y soltar el latigazo de derecha que tanto nos encanta. En hierba, con el hándicap de mantenerse agachada todo el tiempo, para una tenista que mide 1’84m no es lo más cómodo. Pero ahí está la tía, sorprendiendo hasta al hombre que apostó por ella hace siete meses. Su pequeña revolución terminó con sus manos abrazando el trofeo de campeona, compartiendo fotografía con Novak Djokovic y convirtiéndose en la primera kazaja de la historia en ganar un Grand Slam. Nacida en Moscú, que a nadie se le olvide.

Elena Rybakina y Ons Jabeur, en la final de Wimbledon 2022

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Eso sí, lo que nunca le perdonaré es su manera de celebrar el último punto de la final. Bueno, qué digo celebrar, a eso no se le puede llamar celebrar. Si me ponen ese corte fuera de contexto, perfectamente podría ser un cambio de lado con 3-2 en el primer set. Tampoco es que sea fan de la salmonada de Medvedev en el último US Open, pero Daniil al menos tenía algo pensado, dejó su impronta de algún modo. En cuanto a Rybakina, tanta era la tensión acumulada, que dejó escapar una oportunidad única en la vida de sentirse invencible, ese vídeo que aunque pasen los años no te cansas de visualizar y enseñar a tu familia. Eran tan fácil como desplomarse y dejar que tu espalda y el pasto entraran en comunión, pero nada, en el momento de mayor éxtasis tuvo que activarse el Modo Rusa. Claro que, horas después, todo lo que quiso mantener bajo llave en el momento caliente, terminó saliendo a borbotones en la frialdad de la rueda de prensa.
Me emocioné mucho en la rueda de prensa pensando en mis padres, es difícil mantener dentro esas cosas, mejor tirar una raqueta en la pista que llorar aquí delante del periodista (risas). Pero sí, mis padres sacrificaron mucho de su tiempo y de su vida para apoyarme. Aunque no sabían si llegaría a ser tenista profesional, siempre creyeron en mí, me apoyaron porque veían que me divertía, que disfrutaba con los entrenamientos después de la escuela. Es increíble que al final se haya cumplido este cuento de hadas. Ahora me he demostrado a mí misma que puedo ganar un Grand Slam, quizá a más de uno. Ese es el objetivo por el que voy a trabajar
¿Y ahora qué? ¿Rybakina campeona del US Open? ¿Finalista al menos? Calma, ya saben cómo funciona esto, de un modo totalmente distinto al circuito ATP. Mientras allí llevan 20 años ganando los mismos, en la WTA se mantiene una ideología más comunista, la filosofía del reparto, de la máxima igualdad entre sus ciudadanas. E insisto, no es por falta de nivel, que os veo venir. Ahora mismo el nivel medio está mal alto que nunca. ¿Saben lo complicado que es ganar un Grand Slam? ¿La dificultad que tiene levantar siete partidos en quince días? El vestuario femenino tiene un nivel de campeonas riquísimo, lo único que faltan son leyendas. En los chicos, leyendas hay tres, pero miren al resto. ¿Cuántos hay actualmente que hayan ganado más Slams que Barty o Swiatek? Nos sobran dedos de una mano. Disfrutemos de esta época tan divertida, cargada de historias emocionantes e inesperadas. Esta vez fue el Rybakinazo, ¿qué nos esperará en Nueva York?
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