Sevilla y FC Barcelona estaban más pendientes de sus inminentes semifinales europeas que del partido que ambos iban a disputar en el Sánchez Pizjuán la tarde del 24 de abril de 2006. Tanto, que no miraron al cielo y éste de pronto se abrió en canal para soltar un terrible aguacero y una granizada que anegó el césped en cuestión de minutos.
Las imágenes de televisión de la época mostraban a los jugadores azulgranas estupefactos, mirando cómo caía el agua por las escaleras de vestuarios. Mientras, los operarios de mantenimiento del Sevilla trataban de drenar a toda costa el terreno de juego. Pero no había forma de achicar tras esa tormenta.
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El Pizjuán se convirtió de súbito en una piscina embarrada e impracticable y en las entrañas del palco los presidentes Del Nido y Laporta se convencían a sí mismos de que lo mejor era no jugar bajo esas condiciones. Esa misma semana esperaba el Milán en el Camp Nou en la vuelta de semis de Champions tras el 0-1 de la ida en San Siro y el mismo jueves, el Schalke 04 que posteriormente caería eliminado por el inolvidable gol de Antonio Puerta.
Quedaba claro por tanto que primaban los compromisos europeos y había que preservar a los jugadores para que ninguno arriesgara su físico. El Barça estaba descontando los días para cantar el alirón de una liga que tenía ganada y dado que esa misma tarde no podía hacerlo porque el Valencia ganó en San Mamés, podía permitirse el lujo de no correr ninguna prisa por ser campeón. De hecho, lo fue muy pocas jornadas después justo en el descanso en un partido contra el Celta en Balaídos.
Pero volviendo a la tormenta del Pizjuán y al enfado de Frank Rijkaard, el entrenador azulgrana también era partidario de no jugar. Lo que le molestó realmente fue la cantidad de tiempo que se tardó en tomar la decisión del aplazamiento definitivo. El árbitro Fernando Teixeira Vitienes lo confirmó cuando ya no tuvo más remedio viendo que no se podía achicar más agua.
Entretanto, los jugadores de Barça y Sevilla estaban calentando haciendo rondos dentro del gimnasio del propio estadio y Rijkaard llegó a cambiar su alineación, llenando el once de suplentes en caso de que acabara jugando, para evitar así posibles lesiones.
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Rijkaard debió ser el último en enterarse, ya que pareció molesto en todo momento, especialmente en la conferencia de prensa que ofreció a los medios cuando el aplazamiento ya era oficial. Taciturno, dijo: “La decisión ha sido del árbitro y… bueno”. Y añadió: “No se puede esperar tanto tiempo y gastar energía para no jugar. Esto no es bueno”.
El Barça ganó aquella Liga y posteriormente la Champions League y el Sevilla hizo lo propio con la Copa de la UEFA. Ese enfado de Rijkaard y esa granizada acabaron siendo una anécdota, pero también pasará a la historia por ser el primer cabreo en público del entrenador holandés dirigiendo la nave azulgrana. El segundo, y último, fue cargándose la pared de plástico de un banquillo en un derbi contra el Espanyol. Pero esa anécdota ya será otro de nuestros ‘¿lo sabías?’
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